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Si uno revisa una pequeña parte de la bibliografía existente (además de novelas y películas) sobre la Alemania nazi, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, no deja de sorprender la relativa naturalidad con que una sociedad democrática, (también relativamente) culta y desarrollada para su época, asumió en general las ideas de un fanático. A Hitler le fue suficiente un libro (Mi lucha), y frases simplistas de buenos muy buenos (los arios) contra malos, muy malos (que eran los otros, por ejemplo, los judíos). A aquel hombre le bastó con tocar la tecla más sensible del odio de millones de personas hacia el resto del mundo. No hay nada más oscuro y dramático que otorgarle a un pueblo el sueño de una misión: Israel ha creído siempre ser el pueblo elegido y lo justifica nada menos que con la Biblia (donde se narra cómo Dios le otorga poder de diezmar a poblaciones enemigas para vengar su padecimiento), y Alemania, en su día, sin la Biblia, pero con otros libros en los que creer se contempló como la luz del mundo. Hoy Israel sigue pensándose y creyendo del mismo modo y es el caso también de Estados Unidos, la nueva Israel de sus padres fundadores.

En la Alemania nazi, no todo el mundo se plegó a las órdenes de Hitler. Y si muchos jóvenes se unían a las juventudes hitlerianas, no era sólo por convicción sino por miedo. Lo cierto es que la inmensa mayoría dejó que Hitler gobernara, se acobardaron y guardaron silencio, o peor aún, miraron para otro lado, y optaron por no saber. El mundo acababa en Alemania. El resto no tenía nada que ver con ellos.

Algunos amigos españoles, con los que todavía puedo hablar sin pelarnos, y que defendieron la política de Aznar cuando apoyó a Bush en la invasión de Irak, excusan al ex presidente de España con el argumento de que la intención era buena para el futuro del país, a nivel económico, y que al fin y al cabo, las víctimas iraquíes caerían por disparos de los norteamericanos.

En Estados Unidos, donde estuve con relativa frecuencia durante los años de Bush, ocurrió algo que no pude entender nunca. La simplificación de frases tan tontas como “guerra contra el terror”, o la fabricación de mentiras como las del arsenal de destrucción masiva que nunca se encontró en Irak, hicieron que, junto al dolor de las torres gemelas, todo un pueblo, y muchísimos hombres y mujeres de Ciencia y de Humanidades apoyaran a una sola voz la necesidad de invadir países enteros en busca de un par de tipos muy malos (y la simplificación no es mía: en Irak, se estampó la foto de los más buscados en una baraja de naipes, y en Afganistán, uno de los objetivos públicos de destrozar una nación consiste en encontrar a Bin Laden y sus secuaces).

Las revelaciones y confesiones de quienes participaron en esas mentiras que acabaron con la vida de cientos de miles de personas inocentes en Irak y Afganistán (donde siguen cayendo) a manos del salvaje ejército de los Estados Unidos, son terroríficas. Los documentos filtrados a internet por Wikileaks donde se muestra la práctica perfectamente planificada de tortura por parte de las más altas autoridades norteamericanas, son abrumadores. Nos enseñan cómo el ejército de Estados Unidos mata civiles sin piedad, cómo su Inteligencia juega a los naipes con los gobiernos según sus propios intereses, y cómo desprecian o utilizan las instituciones que no son suyas. Es decir, nada nuevo o diferente a lo que ya sabíamos, pero sencillamente comprobado.

Durante los años de Bush (arbusto en español), esa vergüenza para la humanidad, no por su persona sino por quienes dejaron que un tipo como él tuviese el poder que tuvo, hubo, recordarán, manifestaciones masivas en todos los países para que aquel disparate de Irak no se llevase a cabo. En Estados Unidos las manifestaciones fueron más discretas. Imperó el silencio, un silencio estúpido y sordo que no cuestionó casi nunca las atrocidades que empezó a cometer esa marioneta tétrica del horror en que se convirtió Bush junior.

Dentro de poco, en los libros que estudien nuestros hijos, no habrá una explicación fácil para explicar todo lo que hemos visto y consentido. Lo que estamos sabiendo por Wikileaks, tenga o no un origen de dobles intereses, es sólo lo que han permitido que veamos. Pero es para que gobiernos enteros dimitan de pura vergüenza ante la mentira y el descaro con que han insultado a sus ciudadanos. Ya no hablamos de buena parte de la administración de Obama.

Y me temo que, sin embargo, ante este escándalo, uno de los mayores de la historia, nada ocurrirá. Obama (premio Nobel irrisorio de la paz) podrá seguir invadiendo Afganistán, Bush presumiendo de sus memorias recién publicadas (y el tipo se atreve a sonreír en público mientras las firma), y Estados Unidos seguirá revolviéndose en sí misma, disparando a su propia cabeza mientras invade países que no sabe situar en el mapa, o echando por tierra cualquier iniciativa interna positiva. Y nada ocurrirá. Hasta Nicaragua envió soldados al servicio de los inter eses norteamericanos en Irak, ¿recuerdan? Todo mundo quería algo a cambio, como zopilotes sobre un cadáver. ¿Qué obtuvo Bolaños a cambio?
Y nada ocurrirá. Porque todo el espíritu de moral, de transparencia en las relaciones internacionales y de solidaridad entre naciones que inspiró la palabrería de posguerra era una poética mentira de la que se reía Estados Unidos. Y hemos sucumbido o consentido, y hemos preferido no saber, no mirar más lo que otros siguen robando y matando armados de nuestro silencio. Al fin y al cabo, el resto del mundo no existe más allá de mi plato. Ante el golpe del fuerte, ante el grito, a la mayoría de nosotros nos cuesta reaccionar. Tumbamos dictaduras, sí, pero después de cuarenta años de dudas. Y los que se levantan, los que protestan, las voces disidentes van cayendo, aburriéndose, muriéndose, para que algún día alguien les haga un monumento y las recuerde. Y siempre tarde. Para este lado de la humanidad, de la que yo también llevo dentro, de mi silencio cobarde ante todo lo que he visto, no encuentro perdón, ni esperanza.

Otros muchachos, dentro de poco, nos estudiarán en los libros, y se preguntarán cómo fue posible que conviviésemos con todo esto sin hacer nada, lo mismo que hacemos nosotros al mirar hacia el horror de la Alemania nazi. Pero esto no es una comparación, sino un dolor. En cuanto al país de Bush, que es el mismo que el de Obama y la señora Clinton, siempre me hace recordar el final de una novela en el que al final se decía que Estados Unidos sólo puede esperar ya que los muertos les perdonen. De los que vivimos este tiempo oscuro, no podemos saber lo que dirán cuando nos hayamos muerto. Quizá nos miren con estupor mientras pasábamos horas chateando, o leyendo artículos como éste, llenos de palabras que dan rabia porque no disparan ni se clavan en la piel ni te hacen levantarte de la silla, sino que mueren aquí, como mi tiempo, al final de un espacio en blanco, que es tan distinto de lo que fueron nuestros sueños. A veces, sólo cuando las cosas se ponen color de hormiga, es cuando cobramos valor para empezar de nuevo.


franciscosancho@hotmail.com