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Es viernes de un fresco día de diciembre. La Navidad, en medio de ese duro trajinar de la vida diaria, se anuncia alegre y bullanguera con chischiles y matracas. Ha terminado el curso. Los muchachos y muchachas, muy contentos, se abrazan y se despiden. El colegio cierra sus puertas, y profesores y alumnos van a esperar el próximo año para iniciar el reencuentro de viejos amigos y compañeros de estudio. ¡Han llegado las vacaciones!
Luis Alfonso y Francisco Javier son dos grandes amigos y compañeros de clase. Y excelentes alumnos. Ellos han concertado para el sábado un paseo al mar. Con ellos irá don Ricardo, papá de Luis Alfonso.

Poco a poco la noche empezó a pintar estrellas y quiebraplatas en su enorme aposento abovedado. Sueño tranquilo.

¡Un nuevo día! El rin-rin-rin del despertador ha cortado el viaje juvenil de los sueños para emprender otro, ahora muy despierto, por la ruta de la realidad que conduce a las hermosas playas de “El Velero”. “Boby”, el pequeño perro de la casa, golpea insistente con la cola a los durmientes viajeros. Pero el llamado más efectivo es el de don Ricardo: “¡Arriba! Pronto saldremos”.

Todo está listo. Y antes de abordar el vehículo, doña Estelita, la mamá, levanta la mano derecha y moviendo el índice advierte: “¡Mucha prudencia con el mar! ¡Y que Dios los acompañe!”.

Sale el pequeño grupo. Llegan a la carretera. El semáforo está con luz roja. Se detienen. Una sirena anuncia desde lejos el avance de una ambulancia que pronto pasa frente a los viajeros, rápida, con una cruz roja pintada en un costado.

Por fin, luz verde. Cruzan. Cerca de un edificio ven una señal pintada en un rombo: un adulto conduce de la mano a un niño con una mochila. “¡Cuidado! –piensa don Ricardo- ¡Escuela próxima!”. Y disminuye la velocidad. Pero un conductor delante de ellos no respeta la señal; un policía suena el silbato y con la mano derecha extendida a la altura del hombro se pone enfrente del transgresor que se detiene. Es Chemita, un amigo de los viajeros. Luis Alfonso lo reconoce y quiere decirle algo al policía, pero don Ricardo le dirige la mirada y se pone el índice de la mano derecha entre los labios cerrados, y volviéndose hacia Chemita lo saluda levantando la mano. Siguen su ruta.

Día soleado. Antes de salir de la ciudad, se detienen. Lentamente avanza un grupo de personas vestidas de negro. Dos mujeres caminan llorando al lado de un féretro cubierto de coronas. ¡Qué ironía! En sentido contrario avanza otro grupo de jóvenes vestidos todos de blanco: es la primera comunión de María José, una amiga de Francisco Javier, quien grita desde la ventanilla del carro: “¡María José… María José!”. Y ella, con un hermoso rosario y una candela entre las manos le responde con una mirada y una sonrisa.

Por fin dejan la ciudad y avanzan sobre una carretera larga y despejada.

“¡El mar… el mar!” –gritan los viajeros. A lo lejos un barco tocando el cielo con el mástil, lento va hundiéndose en el abismo del horizonte. Han llegado. Francisco Javier, en la arena y frente al mar, compone su garganta y declama el bello poema de la poeta panameña María Olimpia de Obaldía, “Yo quiero ser marinero”:

Yo quiero ser marinero.

¡Qué bonita está la mar!
¡Con sus olas verdeplata
parece un cañaveral!

Yo quiero ser marinero.

¡Parece un jardín el mar
cuando deshoja la espuma
como flores de azahar...!

Yo quiero ser marinero
¡Qué bonito canta el mar!
Su canción es ronca y fuerte
porque encierra inmensidad.


Yo quiero ser marinero.

¡Qué luminoso está el mar
cuando se miran los astros
en su límpido cristal.


Yo quiero ser marinero.

¡Qué misterioso está el mar,
en las noches sin estrellas
y en horas de tempestad!

Yo quiero ser marinero.

¡Qué grande y libre es el mar!
¡Sobre sus ondas yo quiero
gozar de la libertad!

“¡Bravo… bravo!” –grita un pequeño grupo que llega sonriente y alegre. Es Chemita con su papá y un amiguito inseparable de sobrenombre “Garrapata”.

Pronto se zambullen en sus aguas frescas, con su espuma “impregnada de yodo y salitre”. No paran aquellos muchachos de gritar, reír y jugar. Corren por la playa, recogen conchas y piedras blancas, construyen castillos y presas de arena que rápido pintan con los más variados colores de la imaginación…
Mientras tanto el sol, sin descanso, ha pasado todo el día con su ardiente brocha de bronce dele que dele en la espalda indefensa de los bañistas.

Ha sido un día de mucha alegría, aire, agua y sol. Y la hora del regreso ha llegado sin haber pensado en ello un instante siquiera: “¡Vamos, muchachos!” –grita don Ricardo-. “¡Vámonos a casa!”.

Doña Estelita, ya inquieta por el regreso de los viajeros, se asoma a la puerta. El cielo estaba arropado entre nubes densas. “¡Qué raro! –piensa- ¡Oscurana en medio diciembre!”. De pronto, un vehículo anuncia su llegada con cambios de luces. ¡Guau! – ladra “Boby” de contento - .Era el feliz retorno de un viaje que llegaba a su fin con el día, pero inolvidable en el recuerdo juvenil de dos buenos amigos.


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