Jorge Eduardo Arellano
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No me despido de ustedes. Deseo sólo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título ‘Reflexiones del compañero Fidel’”, ha escrito, a modo de explicación, el todavía comandante en jefe y presidente de Cuba, Fidel Castro. A medida que pasaba el tiempo iba resultando obvio que la salud no le permitiría a Fidel seguir ejerciendo unos cargos oficiales que requieren de mucha actividad. En su caso personal, de hiperactividad, dado su conocido temperamento y carácter. También estaba dentro de lo previsible que Fidel decidiera renunciar a sus cargos oficiales por razones de salud y edad. Pero su renuncia no obedece sólo ni únicamente a ese tipo de razones. Puede, incluso, que la salud ni siquiera sea la causa última de esa renuncia, pues nada le habría impedido prolongar la situación existente. Puede que sea, simplemente, una excusa para que el odiado o amado –jamás indiferente- dirigente revolucionario dirija su última jugada maestra: la de preparar, vivo y lúcido, su propia transición y la de Cuba.

No es posible olvidar, en este momento singular, la figura de otro dirigente comunista que, aduciendo razones de salud, abandonó voluntariamente el gobierno. En 1989, a los 85 años de edad, Deng Xiaoping renunció a todos sus cargos oficiales al frente de la República Popular China. La única designación oficial que mantuvo fue la de presidente de la Federación
China de Ping pong. No obstante, Deng siguió ejerciendo el poder desde su cargo deportivo y, hasta su muerte, en 1997, a los 92 años, continuó reuniendo un gran poder. Nadie puso en duda su condición de líder supremo de China.

Fidel Castro ha renunciado a los cargos de gobierno, pero no ha dimitido del poder, que es multiforme y no precisa de despachos ni cargos oficiales. Ésta es una de las claves para entender el hecho. Un hombre de su trayectoria, influencia y peso puede renunciar a todos los puestos de gobierno que desee, pero no puede desposeerse a sí mismo del peso político y de la influencia ganados a lo largo de medio siglo de ejercicio continuado de poder. Medio siglo que cambió el rumbo de Cuba y del continente y que hizo de Fidel uno de los grandes hombres del siglo XX y, por supuesto, la más
grande e influyente figura latinoamericana de la segunda mitad del pasado siglo.

En las circunstancias personales por las que pasa (edad y salud) y en las circunstancias regionales y mundiales (ascenso de la izquierda al gobierno en casi toda Latinoamérica, emergencia de China, declive de EU) el dirigente cubano ha entendido –como pudo entenderlo Deng- que la muerte es un hecho inevitable y que renunciar a sus cargos era el último servicio que podía prestar a su patria y a su partido. No renunciar por renunciar, sino para dirigir, desde su nuevo estatus de auto-jubilado, su propia sucesión. Algo, además, que no es ningún secreto, pues lo ha dicho el propio Fidel, en el mensaje dirigido al pueblo cubano: “Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación después de tantos años de lucha”.

Prepararlo es poner en marcha todos los cambios y medidas que garanticen, dentro de lo posible, la supervivencia del sistema, la mejora de las condiciones de vida de la población y los cambios inevitables en la economía, que adapten Cuba a las nuevas realidades mundiales. Pero sobre todo, es tomar las medidas que le permitan a Cuba conservar su independencia y autonomía frente a la voracidad de EU y los deseos de venganza del anquilosado y febrilmente anticastrista exilio cubano de Florida.

Pocas personalidades en la época presente generan tantas expectativas como Fidel Castro. Pocos países levantan tanta curiosidad y respeto como Cuba. Resistir medio siglo el acoso del mayor poder militar y económico de la historia y, más sorprendente si cabe, sobrevivir al suicidio de la URSS y a la desaparición del bloque comunista, son hechos que bordan la épica. Para entender tal empecinamiento, debe asumirse que una amplia mayoría de cubanos defiende su isla por patriotismo y que es el patriotismo, más que la ideología comunista, lo que les ha mantenido unidos en las largas horas de horno que les ha tocado vivir.

No es posible saber cuánto tiempo seguirá Fidel entre nosotros. Mientras pueda, desde su retiro, como hizo Deng, seguirá combatiendo ideológicamente por lo que ha creído y cree, usando las páginas de Gramna como trinchera. Y los gobernantes que sean electos seguirán buscándolo, porque nadie pondrá en duda su liderazgo. Es un adiós, sí, pero no total ni definitivo. Un adiós con el ojo avizor y la consulta abierta.


* Profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid