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Una vez, dos hombres se encontraron a la puerta de la casa de un Maestro Zen. Uno le preguntó al otro:
-- ¿Has venido, como yo, a escuchar sus enseñanzas?
-- No, para mí es suficiente con ver cómo se ata sus sandalias.

-- ¿Cómo?
-- O se las desata, me da igual.

Quedarse mirando el dedo del hombre que señala la luna, no es muy adecuado. Mucho menos es quedarnos mirando al hombre. Pero, para reconocer a un auténtico Maestro, no hace falta escuchar sus enseñanzas. Es a través de sus actos. En lo más sencillo y cotidiano imprime un sello especial que se rubrica con la paz y la alegría que inspira en su entorno.

No se trata tan sólo de autoridad, que la tiene, sino de integración y de armonía. Porque está en camino de superar las contradicciones intuyendo la perfecta unidad de todo lo que existe.

Al Maestro le basta con ver, de una ojeada, cómo ha dejado cada uno sus sandalias en el suelo. Así podrá ayudarles mejor. Algunos tienen prisa por entrar a sentarse. ¡Cómo si en el dojo se hiciera algo más importante y profundo que descalzarse!