Jorge Eduardo Arellano
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Veinte años han pasado desde que el Primer informe de evaluación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, base para la negociación del Convenio Marco de las Naciones sobre el Cambio Climático, arrojó datos indicando aumentos de la temperatura media de la Tierra de 0,3 grados por década si se mantenían los niveles de emisión de los gases que contribuyen al efecto invernadero. A lo largo de estas dos décadas el mundo ha sido testigo de un escabroso, complejo e interminable proceso de negociación para llegar a un acuerdo sobre una acción concertada mundial que logre efectiva y significativa de las emisiones de los gases de efecto invernadero responsables del calentamiento del planeta. A pesar de que se cuentan por docenas, las principales reuniones o conferencias en la cumbre dedicadas al tema más publicitadas han sido la de Diciembre 1997 cuando se firmó el acuerdo internacional sin precedentes conocido como el Protocolo de Kioto que se tradujo en un acuerdo para conseguir, durante el período 2008-2012, la reducción en un 5,2%, con respecto a 1990, de las emisiones de los seis gases, entre ellos el dióxido de carbono, el metano y el anhídrido carbónico, que más potencian el efecto invernadero. Esta III Conferencia de las Partes del Convenio Marco sobre Cambio Climático, agrupó a representantes de 125 países. Cabe recordar que este Protocolo concluye en 2012. De los grandes emisores de gases sólo se adhirieron la Unión Europea y Japón, mientras que China, Australia y Estados Unidos no lo hicieron. Y no menos importante por su sonado fracaso, la cumbre de Copenhague de Diciembre de 2009. En esta ocasión, unos 150 jefes de estado y de gobierno no lograron sino una declaración relativa al cambio climático, algo que no fue rubricado por varios países presentes que señalaron una especie de maniobra secreta entre los grandes contaminantes y países llamados emergentes para impedir un acuerdo vinculante (la declaración se adoptó en una sala con representantes de EU, China, India, Brasil y Sudáfrica).

¿Cuáles son las perspectivas antes de Cancún? Poco prometedoras, por decirlo de alguna manera. Aunque parezca muy obvio hay que repetirlo, los Estados Unidos no tienen ninguna voluntad real para someterse a acuerdos vinculantes. Y siendo el principal emisor del mundo per cápita o por unidad de producto bruto, con una economía muy intensiva en energía y una generación de electricidad que sigue basándose esencialmente en el carbón (nada menos que la mitad de toda la electricidad producida en dicho país procede del carbón, el más contaminante de los combustibles fósiles), sus decisiones son casi determinantes en cualquier (des) acuerdo. China y los Estados Unidos generan el 50% de las emisiones de gases y ninguno está obligado por ningún tratado a reducirlas. Individualmente ambos han declarado sus intenciones. China se ha fijado como objetivo la reducción de sus emisiones de carbono por unidad del PIB de 40 a 45% entre 2005 y 2020. Estados Unidos se ha comprometido a reducirlas en un 17% de aquí al 2020 con relación al nivel del 2005. Este último país, si bien declara que el foro natural para proseguir las negociaciones es la convención de la ONU para el cambio climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés), no oculta que ante un nuevo fracaso se pueden “buscar otros caminos o foros”, al tenor de lo expresado recientemente ante periodistas europeos por Todd Stern, uno de sus negociadores.

Pero hay más. Estado Unidos lleva un as bajo la manga para tratar de desviar la atención sobre la disminución del CO2. En Cancún insistirán en incluir en el Protocolo de Montreal , el tratado firmado en 1989 que sirvió para prohibir las sustancias que dañaban la capa de ozono, un tipo de sustancias de efecto invernadero, los hidrofluorocarbonos (HFC). Estos químicos, usados en la refrigeración, tienen un alto poder de calentamiento y su uso crece rápido porque sustituyen a los clorofluorocarbonos (CFC), que ya prohibió el Protocolo de Montreal. Pero este protocolo no fue pensado en función del cambio climático y además, desde ya se cuenta con la fuerte negativa de Brasil, China y la India. Esta propuesta fue presentada en Bangkok en días pasados y al parecer cuenta con la simpatía de 91 países, entre los que destacan los miembros de la UE y los desarrollados además de México. No obstante, hasta ahora esto no cuenta con el apoyo de los más de 190 países que han ratificado el protocolo de Montreal. Elliot Diringer, del Pew Center de Cambio Climático Global, un centro de estudios en Washington, afirma sin ambages: “La gente tiene que ser realista. No habrá un acuerdo vinculante contra el cambio climático en Cancún ni probablemente en unos años”. Los europeos prevén desde ya un nuevo fracaso en el balneario mexicano aunque divergen entre ellos. Italia y Gran Bretaña condicionan una aprobación de la UE a un nuevo protocolo al establecimiento de obligaciones para China y los Estados Unidos. Francia, con una dosis de realismo afirma que eso no es realista. El señor Barroso, presidente de la Comisión Europea, es más directo; considera imposible un acuerdo internacional en Cancún. “La oferta de la UE de reducir en un 30% sus emisiones en 2020 está sobre la mesa como una oferta condicionada…” a que otros hagan algo similar, se entiende. La canciller de México, país anfitrión, expresó recientemente que no están dadas las condiciones para la adopción de un nuevo protocolo…Se necesitarán algo más que dotes de prestidigitación para superar en Cancún aquellos imprecisos compromisos contenidos en la declaración vaga de Copenhague.


*Sociólogo.