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Los procesos de integración económica y política son ciertamente complejos, pero es la voluntad y la visión de estadistas de los gobernantes, las que facilitan orientarlos de forma eficaz. Ahora mismo la Unión Europea hace frente de forma conjunta a los problemas financieros de varios de sus miembros, reconsiderando al mismo tiempo --en el contexto de la realidad mundial de hoy-- algunos postulados que la sustentan. Sin embargo, en nuestra región parecemos retroceder en los pasos precedentes en esa materia, acaso porque sus bases son insuficientes.

Un profesor español de Derecho Comunitario, solía comentar refiriéndose a la integración de los países centroamericanos: “Es que vosotros habéis empezado el proceso con la cabeza para abajo”. Comparaba el académico, el proceso de integración de nuestra región con el iniciado en Europa en el período de post guerra, cuando varios países europeos sentaron las bases de la actual Unión Europea en primer lugar con la producción común de carbón y acero, y sucesivamente constituyeron instancias comunitarias en lo político y también en lo militar. En Centro América el proceso de integración, en su nueva etapa, se inicia a partir de 1987 con la firma del Tratado “Esquipulas II” que aceptaba oficialmente el plan de paz para la pacificación de América Central presentado por Óscar Arias, a la sazón Presidente de Costa Rica, pero que tuvo como antecedentes --por cierto pocas veces nombrados-- los denodados esfuerzos del entonces Presidente de Guatemala, Vinicio Cerezo.

En 1991, habiendo dado pasos firmes para la paz, se suscribió el nuevo marco institucional regional con la constitución del Sistema de Integración Centroamericana. Y aunque el Tratado Constitutivo del Parlamento Centroamericano ya había sido convenido en 1987, esta instancia exclusivamente deliberativa, quedó instalada --con la ausencia de Costa Rica-- hasta en octubre de 1991. Sin embargo muy poco --casi nada--, se ha logrado en la integración económica de la región. Las diferencias estructurales entre las economías particulares, la no diversificación de su producción y de los destinos de la exportación, saltan como los principales problemas.

Pero son las diferencias en el plano político las que obstaculizan, y hasta ahora impiden, una verdadera integración. Las políticas públicas divergentes --o inexistentes-- de cada Estado respecto a los principales problemas comunes regionales son un verdadero valladar.

El Parlacén sigue siendo sólo una instancia que da consejos, ahora también con la ausencia del Estado de Panamá, y el SICA una voz ausente en los principales problemas regionales. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, fue impuesto más por factores externos que por la iniciativa y empuje de los países de la región.

De otra parte, los países centroamericanos no están dando una repuesta conjunta al crimen organizado, especialmente el narcotráfico, por el contrario, la falta de voluntad para enfrentarlo es argumentada como una de las razones para acicatear la actual crisis entre Nicaragua y Costa Rica.

La pobreza extrema de una gran parte de la población, las consecuencias de las guerra civiles que apenas hace veinticinco años se vivían en tres países centroamericanos y que amenazaban regionalizarse, y en el caso de Nicaragua, la subversión contra la democracia desde el gobierno mismo, son elementos claves que hacen de los países centroamericanos objetivos vulnerables a la amenaza del crimen internacional.

Por otro lado, si el gobierno de Daniel Ortega intentaba una integración de “nuevo tipo” con la Honduras de Manuel Zelaya y el gobierno de Mauricio Funes en El Salvador, sumándolos al proyecto geopolítico de Hugo Chávez, esas intenciones se vieron frustradas con la destitución del ex presidente hondureño y la toma de distancia del proyecto ALBA --por lo demás correcta-- del presidente salvadoreño.

El actual diferendo fronterizo de Costa Rica con Nicaragua y la manifiesta inconformidad de Honduras con el fallo de La Haya de 2007, respecto a las fronteras marítimas comunes, son los factores más relevantes en la última crisis en una región que está lejos de integrarse.

En ese contexto, Nicaragua es la que más pierde: es el país más pobre de la región, sufre la mayor debilidad institucional y está políticamente aislada en sus posiciones en el principal conflicto internacional que enfrenta.

Como quiera que sea, la integración regional efectiva, es una necesidad histórica que, al parecer, tardará mucho más tiempo en materializarse. Mientras, diría el profesor español, Centro América sigue de cabeza.