Adela Cortina
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“Hay días que me levanto con una esperanza demencial,
momentos en los que siento que las posibilidades
de una vida más humana están al alcance
de nuestras manos. Este es uno de esos días”.
Ernesto Sábato


En este cambio de época que apenas abre sus alas, las transformaciones vertiginosas provocadas por la revolución científico-técnica, sacuden los cimientos sobre los que se asientan nuestras sociedades. Viejas certezas son barridas, la configuración de nuestras vidas trastocadas, el concepto de familia nuclear rebasado, las explicaciones sobre el origen de la vida desafiadas, el concepto de Estado-Nación entró en una crisis irreversible, la economía virtual genera nuevas crisis económicas; los valores éticos y morales que orientan y presiden nuestros actos, resultan insuficientes para guiar nuestros pasos ante los enormes desafíos que imponen estos cambios, debido a los descubrimientos ocurridos en los ámbitos de la biología y la electrónica. El conocimiento pasó a ser pivote central de todas estas transformaciones. Nada permanece igual todo cambia.

Navegamos en el reino de la incertidumbre. Los aportes de Herbert Marcuse son incuestionables, no hay ciencia sino ciencia aplicada. Continuar manteniendo el dualismo entre ciencia y tecnología ya no tiene sentido. Los grandes descubrimientos científicos asombran. Marcan una nueva cartografía. Entre perplejos y azorados, marchamos a la velocidad del vértigo. El mercado y la comunicación son dos referentes fundamentales de la sociedad contemporánea. Nada escapa a la golosidad del mercado, ni al alcance planetario de la comunicación. Todo resulta canjeable, hasta la vida misma. Surgen nuevas formas de relacionamiento social, otra sensibilidad ha venido perfilándose, a través de las filtraciones realizadas en tiempo real por los grandes imperios mediáticos. Como apuntó el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn, si ha crecido el bosque, también el mango del hacha que lo corta.

A finales de los años sesenta, Marcuse proclamó desde el ámbito de la filosofía, que los descubrimientos científico-técnicos, preludiaban el fin de la utopía y Ernest Mandel dijo lo mismo desde el campo de la economía política. Sus constataciones no dejaban espacio a la duda. Las condiciones para la emancipación plena del ser humano habían sido creadas. Era imperativo indagar por qué en la práctica no sucedía lo contrario. ¿Qué factores políticos frustraban la liberación del ser humano? ¿Cuáles eran los valores éticos sobre los que descansaba la sociedad, que impedían al ser humano disfrutar de los logros alcanzados por la ciencia y la tecnología? ¿Qué tenía que hacerse para arribar a la tierra prometida? ¿De qué manera convencer al otro acerca de la importancia de desprenderse del egoísmo y compartir los resultados derivados del aceleramiento del desarrollo científico?
Por mucho que uno quiera evadir toda referencia al reparto colonial, el nuevo modelo de acumulación de capital surgido al concluir la segunda guerra mundial, impone hacerlo. Cualquier omisión evitaría conocer la forma en que la riqueza extraída de las colonias, contribuyó de manera determinante a dinamizar los procesos del desarrollo científico y la creación de polos tecnológicos en las metrópolis. Eludir los factores histórico-políticos equivaldría a hipostasiar la realidad. El mundo fue más completo a partir del descubrimiento de América, como apunta Carlos Fuentes, en el Espejo enterrado. La revisión histórica realizada con el propósito de enjuiciar los valores diseminados y heredados por Occidente, tanto por Joseph Spengler, Aleksandr Solzhenitsyn, Albert Camus y Jean Paul Sartre, es una recriminación a la dualidad del humanismo occidental. Los cuatro revientan las pústulas que asoman sobre las posaderas en que descansa el cuerpo discursivo de los valores occidentales.

Contrario a las tesis de algunos iluminados me resisto a dar de baja la historia. A pesar de la ruptura y el momento de inflexión que vivimos, nadie puede hacer tabla rasa del pasado, ni siquiera aquellos que apuntan la necesidad de hacer borrón y cuenta nueva. Sería tropezar de nuevo con la misma piedra. El modelo de acumulación de capital hegemónico continúa expandiéndose inexorablemente y hasta puede prescindir ahora de sus viejas colonias. Como advierte Manuel Castells en La era de la información, el denominado Tercer Mundo resulta prescindible. Su constatación supone estar conscientes que el capitalismo contemporáneo valora cada vez más el ámbito de la economía y el acrecentamiento de las ganancias. El mercado ha sido convertido en absoluto; valor supremo y eje articulador de las normas éticas que gobiernan su comportamiento. Importa más aparentar que ser. El hedonismo instaló su casa de campaña y casi todos desean guarecerse bajo sus toldos.

Las grandes promesas y esperanzas que deparan para la humanidad los descubrimientos biológicos, las posibilidades infinitas que abren para la cura de las enfermedades y padecimientos que afligen a la humanidad, también constituyen un desafío ético. Cuando Michael Sandel, profesor de la Universidad de Harvard, se acerca al tema desde una doble perspectiva: expone las promesas que ofrece la biología en el campo de la eugenesia, sin dejar de examinar en su recorrido histórico, las intromisiones de los poderes públicos y privados en su aplicación y los desafíos éticos que impone. Sus reflexiones parten de las propuestas del británico Francis Galton, primero en ofertar la posibilidad de “producir una raza de hombres altamente dotados mediante una sabia política de matrimonios a lo largo de varias generaciones consecutivas”. Aún cuando el Estado no interviniese, dejando al arbitrio de las personas elegir si se acogen o no a modificar las características genéticas de sus hijos, entramos a un nuevo campo de reflexión, donde el concepto de libertad vuelve a convertirse en objeto de análisis. ¿La libertad tiene límites?
Sandel examina todas las implicaciones éticas que supone la aplicación de la ingeniería genética. Si en el siglo XVIII Juan Jacobo Rousseau planteó que la perfectibilidad era la característica fundamental del ser humano, refiriéndose a la capacidad que tenía de adquirir todas las cualidades y virtudes más sobresalientes; en el siglo XXI el perfeccionamiento humano corre en otra dirección: su acento está puesto en mejorar sus cualidades genéticas. Las invasiones intrusivas de la cirugía estética están pasando a un segundo plano. Antes de doblar el siglo XX, el político y académico norteamericano Zbigiew Brzezinski, indicó que los descubrimientos biológicos habían renovando el interés por la eugenesia. El nacimiento de los hijos se convertía en la principal preocupación de los padres. Una inquietud lógica si no fuese porque implica pedirlos a la carta, incurriendo en gastos a los que no puede acceder la inmensa mayoría de las personas. Los beneficios de la ciencia caen de nuevo en las redes del mercado.

Para evitar descarrilamientos, la Unesco se interesó por prescribir Los derechos del genoma humano, (1997). Los especialistas en bioética advertían sobre los riesgos de la clonación y la ingeniería genética. Académicos e investigadores de distintas disciplinas, coincidían en plantear que la revolución genética demandaba una revisión a fondo de los preceptos éticos. Prescribían unánimemente que los nuevos aportes científicos exigían como correlato una nueva ética. La clonación de dos ratones realizadas por la Universidad de Harvard en 1984, trece años antes que la clonación de la oveja Dolby sonara las campanas a rebato, hizo exclamar admirado a Castells: “El hombre le arrebataba a Dios por primera vez, el poder de la creación”. Nada podía continuar igual; todas las creencias religiosas se tambaleaban y se ponían en duda. El aforismo de Protágoras recuperaba toda su vigencia: el hombre, para el filósofo griego, era la medida de todas las cosas. Desde hace rato varios filósofos han dicho sin asombro: Dios ha muerto. La preocupación de Camus consistía en saber si es posible o no ser santos sin Dios.

La bioingeniería permitía la optimización muscular, de la memoria, la altura y la selección del género. La línea divisoria que separa las capacidades curativas que ofrece la bioingeniería y su utilización como dispositivo del perfeccionamiento a disposición de los consumidores resultan ostensibles. En Estados Unidos existen clínicas especializadas en la clonación de perros y gatos; así como también bancos de espermas para la fertilización in vitro. Adolfo Hitler se inspiró en la legislación eugenésica norteamericana. Sus planteamientos en Mein Kapf, pretendían que personas con determinadas características genéticas no tuviesen descendencia, prescripción que integró después en su programa de gobierno al llegar al poder en 1933. La ley de esterilización que emitió, mereció elogios de los eugenistas estadounidenses. Estaban de amor pagado. Los derechos del genoma humano fueron emitidos con la finalidad de crear barreras y anticuerpos, para frenar todo intento de desaparecer algunas razas o para evitar el escarnio de distintas etnias.

Un año antes que el fundador del Nacional Socialismo se empeñara en crear una raza superior, el escritor norteamericano Aldous Huxley, publicó Un mundo feliz (1932). Como todos los grandes maestros de literatura, Huxley se había anticipado en concebir una sociedad que recurre a la genética y la clonación para el condicionamiento y control de los individuos. Los sueños y delirios de los seres humanos son recreados con igual intensidad por el esteticista Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray, resulta dramático y visionario: Lord Henry Wotton convence a Dorian Gray, que debe lograr que su belleza física se mantenga intacta. A cambio Gray vendió su alma al diablo. Mientras tanto el cuadro que le hizo Basil Hallward envejece. Una demostración de los extremos a los que somos capaces de llegar con tal de no envejecer. La ingeniería genética promete retardar el envejecimiento; ya no habrá necesidad de vender el alma al diablo.