Jorge Eduardo Arellano
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De los últimos Presidentes que hemos tenido, sólo extraño a Doña Violeta –a ella en lo personal, pero francamente no a la mayoría de su equipo de tecnócratas fríos e insensibles--, porque trataba de gobernar para todos. Es lo que no puede hacer Daniel Ortega Saavedra. En uno de sus últimos discursos, de manera agresiva y violenta llamó “traidores” y “vende patria” a quienes han criticado diversos aspectos del contenido de los tres proyectos relacionados a la defensa y seguridad nacional que envió con carácter de urgencia a la Asamblea Nacional. ¿Qué es esa barbaridad, ese desatino?

¿Qué es eso? “Traidores”, “Vende patria”, son términos que no sólo descalifican, sino terribles, escalofriantes, por peligrosos, tanto, que pueden conducir hasta la muerte a quienes son endilgados con estos rótulos homicidas que suele soltar el Presidente Ortega, como si no pudiera actuar como un verdadero estadista, representando a toda la sociedad, con respeto y tolerancia. A Carlos Guadamuz lo llamaron traidor y poco después fue asesinado por alguien vinculado con el Frente. El peligro de muerte es real.

Más que ningún otro ciudadano nicaragüense, el Presidente de la República debe actuar con mesura y prudencia, debe saber escoger muy bien las palabras que va a decir, debe ser muy cuidadoso con lo que expresa, con cada término, concepto, frase, oración, con cada párrafo. Por eso es aconsejable escribir de previo los discursos y leerlos, lo cual él no hace, prefiere lo espontáneo y casi improvisado, y con frecuencia se dispara con desmesura y comete sus ya legendarios yerros, como cuando en medio del diferendo con Costa Rica, la emprendió contra al menos siete gobiernos latinoamericanos. Cuando más aliados necesitaba, se buscó enemistades. ¿En qué cabeza cabe eso?

Es natural que haya críticos, más bien debería agradecer su existencia, porque con sus señalamientos ayudan a identificar problemas, contradicciones, errores, roces constitucionales, etcétera, y a corregirlos, pero no, no admite objeciones porque se ubica en una posición autoritaria, de aprendiz de dictador, no escucha, y sólo atiende a lo que cree, como si el resto del mundo no pensara. Desaprovecha a observadores y especialistas que se dieron el tiempo de leer los proyectos de ley, de comprenderlos, de escrutarlos, y de hacer sus primeras interpretaciones.

No es difícil comprender que los proyectos de ley de Defensa Nacional, Régimen Jurídico de Fronteras y Seguridad Nacional, son de tanta envergadura y trascendencia, que requieren un estudio cuidadoso. ¿Entonces por qué el Presidente solicita trámite de urgencia? ¿Por qué el apuro? ¿Por qué no quiere que se analicen y debatan? Estas leyes tan primordiales deben ser conocidas y discutidas por todos los sectores sociales, dada su complejidad y graves implicaciones, pues tienen que ver con todo el tejido social, con la institucionalidad del país y con los derechos y garantías ciudadanas, entre otros.

El inusitado apuro del Presidente, su interés en que estas leyes tan fundamentales se aprueben sin debate, más bien provoca suspicacias. A ello se agrega que él no goza de credibilidad en amplios sectores sociales, debido a su autoritarismo, a su secretismo y a su constante irrespeto a la ley y a la Constitución Política de la República. ¿Cómo va a inspirar credibilidad quien es capaz incluso de pasar encima de la Carta Magna ensuciándola con sus botas llenas de lodo, utilizando las más viles triquiñuelas jurídicas, poniendo en entredicho a la Corte Suprema de Justicia y en ridículo a sus obedientes magistrados partidarios, para cumplir a cualquier costo con su propósito de reelegirse?

En ese mismo discurso al que me refiero, el Presidente Ortega dijo que hay que ser racionales, pero él no lo es, no lo fue en ese momento y pudo haberlo sido si hubiera aprovechado para desmontar la batería de cuestionamientos que han provocado sus tres iniciativas de ley. Por ejemplo, sobre la posibilidad de que quede abierto el reclutamiento militar, lo que dijo es que el Ejército no lo ha hecho. Si nadie ha dicho eso, lo que se ha apuntado es hacia el futuro, por la discrecionalidad que encierran diferentes aspectos sensibles de los tres proyectos, que no quedan especificados, sino que lo serán en sendos reglamentos que hará el propio Poder Ejecutivo. ¿El concepto “movilización nacional” utilizado en la ley propuesta, implica reclutamiento? ¿Queda claro en el proyecto? Debió haberse referido a ello. Pero no, puro aire, puro palabrerío hostil, hiriente, agresivo, bravucón. Estas son sus maneras de dialogar, estos son sus valores. Esta es la educación del Mandatario a la juventud nicaragüense.

El discurso del Presidente Daniel Ortega no se corresponde con el de un estadista, sino más bien con una especie de buscapleitos, es como un malcriado que siempre está dispuesto a pelearse con todo el mundo, en vez de tender puentes de entendimiento. Es el problema del autoritarismo, que se encierra en sí mismo, que no respeta otras ideas, que no tolera, no puede, se basa en su poder, quiere ejercerlo sin restricciones, como ahora quisiera que todo el pueblo nicaragüense le extendiera un cheque en blanco. ¿Son iniciativas de ley del Presidente? A pues sin son de él, ni las leamos, aprobémoslas y nada más. No puede ser. No es racional. Más bien es extremadamente peligroso.

La historia indica que las reelecciones han sido nefastas, en varias ocasiones preludio de guerras sangrientas, muy dolorosas y costosas en vidas humanas y en continuos estancamientos de nuestro desarrollo. A menos que el Presidente Daniel Ortega cambie la historia, en una especie de giro de timón, de punto de inflexión, no existe ningún elemento racional que haga pensar que será buena su reelección, y menos como está logrando crear la posibilidad de postularse, violando la Constitución. Es quien cree que todo lo puede, incluso que se aprueben leyes sobre la defensa y seguridad nacional, sin que se lean. Él ordena: --¡Apruébese!--. Y quiere escuchar de inmediato: --¡Aprobado!--. Lo peor es que estas leyes podrían aumentar desmesuradamente su poder.

La política de Defensa Nacional de un país debe ser algo público, no así su estrategia, que se maneja con sigilo, pero en la iniciativa del Presidente, es clandestina y compartimentada. El Mandatario habría dado un ejemplo de racionalidad si hubiera despejado este punto. Pudo hablar también de las organizaciones civiles con las que la Policía articularía esfuerzos para el mantenimiento del orden interno, como dice la ley. ¿Qué papel jugarían el organismo partidario CPC, por ejemplo? ¿Si para el Presidente no existen otras expresiones de la sociedad civil, para la Policía sí? Racionalidad, dijo. Está bien. Razonemos. Choquemos argumentos. No nos escondamos en el poder y la autoridad y menos en el abuso de la autoridad conferida por el voto
popular.

Al Presidente le encanta decirle conspiradores a sus críticos. A los periodistas nos ha calificado así. Y según la ley, ¿él determinará quién es terrorista o conspirador? Líbranos Señor de semejante situación. Presidente: hay demasiados resquicios que deben ser subsanados. Hay que discutir, antes de aprobar.


*Editor Revista Medios y Mensajes.