Silvia Hernández
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Un detalle de esplendor es una sonrisa. Un niño abrazando a una niña sus protagonistas. Una madre ausente, un susurro pendiente. Muy cerca de nosotros, la calle con poca luz y muchos automóviles transitando el espejo suelto de un país. Las palabras del mundo que se escuchan no colman de compañía, ni arropan el aullido del frío decembrino. Una noche salta sin redes de consuelo. Una plática que dejó pendiente el tiempo, me manda a hablar con las estrellas (desnudas) que acusan recibo de alguna nostalgia sin brazos y hermosa boca.

La tranquilidad no reconoce el viaje por el suburbio que dejaste años atrás, cuando aún no amanecía en el cuello, y el corazón apenas mediaba entre el aire y los ojos desmesuradamente abiertos para una despedida. Recuerdo, dijo él, (como hablando a su cuerpo) que una lágrima se alistó entre las sombras para no sucumbir ante el rudo silencio. Ella, (a su regreso) con su piel afilada se metió en sus pupilas para convencerlo, que siempre agitó el amor (el de ellos) en pleno día.

Diciembre es el mes que roza la penumbra sin respuestas. Lleva en la brisa elástica, (se impone la costumbre) el deslumbrante afán de un duende rojo que no se harta la tristeza. A diciembre lo han visto correr haciendo a un lado las distancias enmudecidas de las canciones orilladas a la mansedumbre. “Aquí diciembre es menos que ayer”, es un aviso arrastrado por el viento. Una conversación que perdió mucha sangre, gira en derredor del diciembre sordo, (que muchos se niegan a conocer) ¿Por qué idolatrar diciembre?
Por más lucecitas que le pongan, diciembre es un mal vecino: que no alcanza a todos, ni llega a todas las casas con sus domésticos pasos. Se encapricha con regalos, y asusta a las cucarachas, que después de la fiesta deambulan en las canastas de colores y mucha propaganda. Diciembre se va de prisa a remontar la memoria de sus caídas: en las cárceles, hospitales, sanatorios o ciudades con tristeza. Uno nunca sabe cómo se comporta con los sitiados por el hambre y con los que son tocados por la felicidad.

La Managua del 72 se empapeló de festivos colores y fue el terremoto quien le arrebató las ínfulas al diciembre que los comerciantes no pudieron vender. La noche se encargó de señalar las diferencias del diciembre dividido. Ese diciembre de los escaparates y escaleras eléctricas, se congeló en las fotografías. La familia de la calle de abajo no tuvo padrinos del toque artístico. Ellos, enjugaron sus penas, en el mismo lugar y con menos gente. El sueño de la vida les cayó en pedazos. El dolor sacudió las gargantas que querían reír.

Mientras busco sonrisas, la imagen del caballito de palo llegó puntual a mi casa. Ese ayer, no me conoce. El barrio casi no existe. Mi esquina preferida arde de ausencias. Las voces de mis hermanas se siembran en la lejanía. Yo sigo buscando esa sonrisa que no sé, si es mi sombra o una especulación en mis sueños. Lo ciertos es, que aún existe, pero no sé, si tiene el cabello corto o largo de tanto andar entre la intrépida aridez de una canción remota. Pero, es también mi sensación de tocar un poema que desata mis silencios.

Ahora todos estamos reunidos y nos importa la lluvia. El color de la tarde goza su propio entusiasmo. Las llaves de la ciudad siguen perdidas. Diciembre se aparece en los villancicos (tostados), en las toallas pintadas de comercio. Diciembre es un viejo saco, donde guardo las cosas que debo reparar. El desastre es sentimental.

Sigo esperando. Un árbol de vigilia es parte de la historia conmovida. Los inciertos se mezclan entre las filas interminables de la arrogancia. Cómo suda la hipocresía. Los platos vacíos, no se sientan a la mesa. La solidaridad es una extraña paloma. A las palabras bien intencionadas, hoy, les hace falta el cariño y la convivencia del buen gesto. La sonrisa que busco fue arrebatada por el aire y el yoquepierdismo le cerró las puertas.

Mi abuela decía, que diciembre es un mes de complacencia. En mis pantalones cortos, yo no entendí ese mensaje. Ahora menos. Pero, ella, mi madre y mis hermanas me regalaban sonrisas bellas. Construyeron sobre ternura para que creciera mi sonrisa tranquila. Tengo un altar de gratitud para ellas. De mi padre, no puedo decir un socorro.

El mes último del año, no responde preguntas. ¿Y el espíritu de compartir? Tarjetas de todos los tamaños, selladas de perfumes tararean monosílabos. En esa pequeña casa, un arbolito de hojas frescas tiembla de inocencia. Mi intuición me dice, que ahí debo buscar una sonrisa.