Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Desde el teléfono, la voz del padre llegaba hasta su familia al otro lado del océano. Y hablaba de las maravillas que había conocido en España, donde vivía y trabajaba; y de las de Francia, donde había podido ir de paseo. Tenía un empleo, según contaba, que le permitía moverse por muchas ciudades, y conocer, conocer, conocer. El salario no era muy alto pero lo suficiente para ir ahorrando. No les enviaba nada por la western union porque prefería juntar una buena cantidad mejor que hacerlo así de a poquito. En un momento, les avisó de que debía cortar la comunicación porque estaba en horas de trabajo. Cuando el hombre colgó, un funcionario de la prisión madrileña donde el hombre se encontraba le acompañó de vuelta a su celda.

Con tarjetas telefónicas que se compran por minutos más baratos que los de una llamada convencional, decenas de migrantes detenidos en esa cárcel se turnan para llamar a sus países de origen. A veces los funcionarios escuchan algunos retazos de sus historias inventadas para tranquilizar a los seres queridos. Historias fantásticas llenas de promesas sobre lo pronto que estarán de nuevo juntos, sobre lo mucho que podrán regalarse por navidad. Los escuchan llorar cuando cuelgan el teléfono y los acompañan a la celda. La mayoría de ellos, en España o Estados Unidos, son migrantes latinoamericanos que han sido coaccionados para llevar una encomienda, que en principio no parece peligrosa. Son historias repetidas en todo el trayecto que recorre México de sur a norte, o el Atlántico de oeste a este. Historias repetidas desde cualquier prisión. Pero lo trágico y extraordinario de lo que le sucedió a aquel hombre, llama poderosamente la atención.

Había salido de Colombia con el objeto de dar un golpe de timón a sus problemas. Su mujer y sus hijos sufrían las deudas contraídas por él. Hizo varias llamadas. Le prometieron un trabajo en España. Todo estaba preparado, y en el último momento, le dijeron que tenía que llevar una encomienda. Eso no estaba en el trato, pero no era mucha cantidad, y el riesgo valía la pena si no le agarraban en el aeropuerto. Después de muchas dudas, ya estaba en lo que estaba, y dijo que sí.

Nunca atrapan a los grandes, sólo a los pequeños “mulas” como él que no hablarán, por miedo, ni señalarán a los que estaban detrás. Luego, desde la prisión madrileña tuvo que inventarse una vida para contar durante las llamadas quincenales que podía hacer a su familia. Y siempre terminaba del mismo modo: “Ahora tengo que colgar, pero en cuanto reúna un poquito de plata, les envío para el aguinaldo”. Este testimonio fue contado por este mismo hombre a un amigo periodista en la prisión.

Al cabo de un tiempo, el hijo mayor, de dieciocho años, pensó que no tenía mucho futuro si se quedaba en el mismo barrio esperando la plata del padre o buscando trabajos imposibles. Se convenció de que si marchaba a España a ayudar a su padre, podrían reunir más dinero: cuatro manos mejor que dos. Por supuesto discutieron mucho esa iniciativa por teléfono, y obviamente el padre le prohibió intentarlo. Sin embargo, el muchacho, después de oír tantas maravillas y oportunidades descritas por el padre, pensó en darle una sorpresa. Se puso en contacto con la misma gente que su padre había conocido para el viaje a España. Gente que prometía encontrarle un trabajo y que sólo pedían a cambio llevar encomiendas fáciles.

El padre del muchacho, en la prisión, según contó al periodista, no improvisaba sus historias sino que las preparaba en la imaginación con todo lujo de detalles mientras daba vueltas y vueltas al patio de la cárcel. Caminaba solo, cabizbajo, tratando de recrear la visión de una ciudad nueva, o las dificultades de su supuesto trabajo.

Un día, al volver a la celda, en su última vuelta de patio, andando cabizbajo como siempre, vio los pies de otro hombre delante de él cortándole el camino. Alzó la vista y se le congeló la expresión en una bofetada fría. Ante él tenía el rostro de su hijo, en el que se había repetido su mala suerte y que había terminado en el mismo patio y quizá tratando de inventar la misma historia.

Mala suerte, y extraña coincidencia de que padre e hijo sufrieran la desgracia de que los agarrasen en un aeropuerto donde pasan a diario grandes cantidad de cocaína sin detectar. Desde ese entonces, les tocaría inventar juntos historias formidables alrededor del patio para contarlas cada quince días durante los minutos que les durase la tarjeta del teléfono.

El periodista que escuchó el relato por boca del padre, le preguntó por el hijo. “Está en su celda”, le contestó. “No ha querido salir”. Eso dejó al periodista con la duda de que quizá su historia no era del todo cierta. Lo sea o no, a mí me congeló aquella imagen de los dos frente a frente en el patio de la cárcel y lo arbitrario de una maraña de leyes, acuerdos políticos y acciones judiciales que arrojan vidas enteras al precipicio donde hay que inventarse otra vida. En la prisión, un funcionario suele advertir siempre a los que entran a hablar con un interno por primera vez: “No se crean ni la mitad de lo que le cuentan. Mienten para sobrevivir”.

Yo me pregunté después si acaso aquel hombre no había inventado a ese hijo. Alguien con quien esquivar la soledad de un patio de cárcel, alguien que fuera otro y a la vez tan de él mismo como si viniese de sus entrañas. Un hijo invisible para poder sobrevivir. Pero quién sabe.


franciscosancho@hotmail.com