Jorge Eduardo Arellano
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No se vaya a ofender. Quizás no lo digo por usted, tal vez por su vecino. Pero todos los años es lo mismo. Pasa como en las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Todos los cristianos, bien pundonorosos y arreglados, con sus caras largas y compungidas, fingiendo arrepentimiento, visitan las iglesias en Semana Santa y se confiesan pretendiendo obtener indulgencias para el cielo con unos cuantos padrenuestros o unos cuantos centavos los muy tacaños.

La Cuaresma es el tiempo en que las religiones celebran la muerte de Jesucristo, y es el momento en que todos los cristianos aprovechan para besar crucifijos, cargar cirios y santos; otros frecuentan las iglesias para regalar sonrisas falsas y saludos, como si fueran políticos, algunos dan jugosas limosnas para procurarse indulgencias y otros ayudan al sacerdote a celebrar la eucaristía participando en la lectura de los evangelios, con la esperanza de obtener un poco de santidad. Los más cínicos se confiesan, dizque hacen penitencia y ayunan y comulgan todos los días viernes, aunque en secreto comen yogurt, beben Gatorade para no deshidratarse y, si es posible, por la noche, sus cervecitas. Porque exageraciones tampoco.

El primer miércoles de cuaresma asistí a la tradicional imposición de la ceniza. Confieso que soy escéptico a los ritos, pero la ceniza tiene para mí un significado filosófico además de religioso. La ceniza es símbolo de temporalidad. Esa tarde la ceremonia se realizó al aire libre, en una cancha de básquetbol abarrotada de fieles católicos. Un grupo de laicos que se movía de un lado a otro, me tenía nervioso. Unas señoras pudientes, excesivamente maquilladas, se sentaron adelante, seguramente para ser las primeras en recibir la ceniza, no vaya a ser que los pobres se la terminaran y de pronto viniera el fin del mundo. Qué ridículo. Aquello era impresionante: un baile de máscaras donde convivían lo religioso con lo pagano, donde percibí muchos rostros, muchas caras, muchos gestos que se movían a mi alrededor como actores de una misma obra teatral: la vida. Todos querían salir en la foto. Encontré a amigos transformados, presas de un éxtasis religioso, que me apretaron la mano y casi me la arrancan, observé a políticos y empresarios que te miraban con una ternura casi celestial mientras se hincaban piadosamente, cerraban los ojos, se golpeaban el pecho y luego permanecían en una actitud de oración que el mismo San Juan Bosco hubiera envidiado. Todos esperaban el momento en que el sacerdote les impusiera la ceniza en sus frentes para sentirse sagrados, rebautizados, limpios de las inmundicias del día. De repente, me pregunté: ¿No son éstos, o la mayoría de éstos los mismos que llenan las playas y ríos de Nicaragua, y se ponen sus vestidos de baños o sus tangas bien ajustadas y se broncean de cerveza, ron y sol? ¡Cuánta hipocresía hay en este mundo! No podemos ser religiosos y paganos a la vez. No podemos servir al Dios y al diablo. Aunque en Nicaragua, nuestra cultura, cargada de sincretismo, nos coloca entre dos fuegos.

Nosotros, los nicaragüenses, vivimos una especie de Cuaresma tropical. Son cuarenta días de procesiones y bacanales. ¿Qué significa esto? Que celebramos la Semana Santa a nuestro gusto y antojo, combinamos religión y fanatismo como el gallopinto. Tenemos una doble moral. Vamos a los bacanales por el día y nos volvemos religiosos por la noche.

Sin embargo, más allá de los simbolismos, de las cenizas que el sudor borró minutos después, y que costó tiempo conseguir, y de las prácticas teatrales de los fieles católicos, lo que sí valió la pena ese miércoles fue el mensaje de Joselito, quien nos invitó a perdonar, a convertirnos en buenas personas, a abandonar la prepotencia y la soberbia, a intentar, al menos, en esta cuarentena religiosa, a ser mejor que ayer. A llevar la cruz de cada día sin rezongar. A ser más un cristiano cotidiano que un católico de domingo. A comulgar menos y a dar más. A no andar en “puticlub”, una palabra muy usada por Joselito para referirse a los prostíbulos. Ni tampoco con mujeres que aterrizan en cualquier aeropuerto, al referirse a las prostitutas, o con concubinas, al referirse a las “querinovias”.

En fin, la cuaresma nos compromete a llevar para siempre en nuestra frente, con dignidad, esa ceniza y cargar esa cruz controvertida y sagrada que nos recuerda el origen y el fin de nuestra frágil existencia y el amor de un Jesucristo que cada vez, a pesar de mi escepticismo religioso, se hace más grande como paradigma moral entre tanto caos humano.


felixnavarrete_23@yahoo.com