Jorge Eduardo Arellano
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Curioso al menos. Pocos países hay de los que todos nos sintamos parte como de Cuba, con o sin derecho, nacidos o no. Cuba es de todos los que vinimos al mundo durante el último cuarto del siglo XX. Cuba son sus periodos especiales y nuestra palabra puesta con más corazón que razones sobe una mesa de café o una cantina a puro grito. Cuba es nuestro corazón.

Fidel anunció su retirada del poder. La enfermedad lo doblega y no por eso, dejará de ser Fidel para unos o Castro para otros antes que la muerte se lo lleve. De todo lo que se ha dicho y escrito sobre Cuba, una de las mejores piezas que he leído fue un artículo que escribió un hombre mayor que era de izquierdas y se hizo columnista de un periódico de derechas. El artículo analizaba la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba. Y era hermoso que un hombre viejo escribiera sobre dos viejos que se encontraban por fin en la isla. De ellos decía “En el fondo, ambos (Fidel Castro y Juan Pablo II) se parecen mucho: son dos hombres mayores de otro mundo a los que ya nadie hace caso.”

Bueno, en África y en todos los países del sudeste asiático y América Latina que comparten su lucha en el desarrollo, Cuba y Fidel son un símbolo, la piedra y la espada.

Un amigo, Miguel Ernesto Vigil, me recordó no hace mucho una frase sobre Cuba. En América Latina, “si sos rico el peor país para vivir es Cuba, pero si sos pobre (inmensa mayoría) el mejor país para vivir es Cuba.”

En los últimos años, algunos despropósitos de un sistema que ni sus máximos representantes pueden defender, no se resisten al poder de Internet. Las respuestas (manipuladas o no) pero ciertas del presidente de la Asamblea Cubana, Ricardo Alarcón, antes las preguntas inocentes de un muchacho en la universidad, preguntas básicas sobre libertad individual y justicia social que atañen a la revolución, indicaba que la misma revolución no sólo necesitaba un nuevo lenguaje que la explicase sino nuevos contenidos y formas. Imagino que Fidel Castro lo sabe y en parte, a ese saber se debe su retirada. Pero a nadie escapa que a Cuba le está llegando el momento, el momento de decidir, el momento de esa pregunta:

“¿Y AHORA?”

A primera vista no parece que las cabezas visibles que existen al mando del sistema revolucionario cubano puedan ser capaces de organizar una revolución dentro de la revolución. Ese doble salto mortal sólo es posible desde los jóvenes, pero los jóvenes, según parece, y salvando los ortodoxos y defensores acérrimos de sus mayores, tienen los ojos en unos cambios que a lo mejor se contradicen con lo que algunos creían que era la revolución. En un diario brasileño se apuntaba esta semana que Raúl Castro estaría virando el barco hacia Brasil, en un intento de distanciarse prudencialmente de Venezuela y acogerse la colaboración con Lula. Todas las hipótesis son posibles.

Desde la crisis de los balseros, o desde la de “Eliancito”, Cuba no había estado tanto en el borde de un cambio histórico para la Isla, histórico por lo que puede representar, y al mismo tiempo tan cerca del olvido. Pero a uno, que no tiene muchos años, le parece que a Cuba se le pedirá más de lo que puede dar. Se le pedirá que no sea un gran derrota, y no me refiero a que el sistema actual sea lo mejor para la isla, ni a que la revolución actual sea un sistema a defender por entero. Quiero decir que Cuba no vire 360 grados hacia lo opuesto, como parecen querer en muchos lugares de la Calle 8 en esa otra orilla de Miami.

Creo que en Nicaragua, por ejemplo, no se ha agradecido lo suficiente el apoyo cubano que se ha mantenido durante años (incluso durante los gobiernos de doña Violeta, Alemán y Bolaños) en modo de becas, formación y materiales pedagógicos, operaciones y asistencia médica en emergencias y en no tan emergencias. A cambio, muy poco, incluso algunos desplantes poco políticos y poco correctos para la mano que ayuda. Hoy que de Venezuela viene supuestamente todo, Cuba ha quedado relegada a un tercer plano, pues su solidaridad, principalmente educativa o médica es menos visible, menos, en parte, vendida. Uno encuentra muchos cubanos que se quejan de que esa ayuda repartida entre América Latina y África se ha dado a costa de los esfuerzos y las carencias que muchos isleños sufrían, y sienten también que eso se les tiene muy poco en cuenta. Algunos mandatarios han sido tan miopes que creían que agradecer a Cuba su solidaridad, era agradecerla a Fidel Castro, como si un hombre pudiera ser tan fuerte y tan grande, tan sabio y tan bueno, tan locuaz y tan visionario, tan inmortal, como para él solo ganarle una guerra al mundo, crear una revolución de la nada de casinos y capitalismo, y seguir al frente siempre. Ahora el hombre se muere, es obvio, como uno más de nosotros, como uno más de los que hicieron posible todo aquello, como uno más de los que se beneficiaron, de los que cantaron victoria, o como uno más también de los que quedaron como estaban en el campo, o como los que tuvieron que huir por mar a otra orilla no buscada pero desesperadamente encontrada. Finalmente hubo socialismo y hubo muerte.

En la aproximación que Vásquez Montalbán hizo de la figura de Fidel en su libro Y Dios Entró en la Habana, el jefe cubano se muestra como un creyente en su propio sistema aún reconociendo que nunca lo había alcanzado a desarrollar como él quería. El embargo impuesto desde Estados Unidos, uno de los motivos alegados, la culpa para todo, según el gobierno cubano. Es para todo ese pueblo que no deseo la derrota de un cambio violento ni de un cambio tan radical que cercene derechos fundamentales que hasta hoy se mantenían, a pesar de que otros estaban en entredicho. No le deseo que una parte de la sociedad cubana enriquecida en Miami, minoritaria, pero con una influencia grande, vuelva a la isla con sed de revancha, porque sólo hay que acercarse para oler un discurso lleno de resentimiento que nunca puede ser bueno para comenzar nada.

Hoy no tendría mucho sentido defender o estar en contra al 100% del modelo cubano. No es una cuestión del blanco o negro. Hoy es el comienzo. El hombre se retira, el inmortal sobreviviente a decenas de atentados frustrados confiesa que está débil y que ve cerca la hora. En realidad, ya casi nadie en el mundo le prestaba mucha atención a sus largos discursos. Un viejo de otro mundo al que casi nadie entendía. Cuba es otra cosa, y uno le sueña un nuevo horizonte con más libertad pero sin que eso ponga en juego los derechos básicos a la salud y la educación que hoy tiene, porque la hemos guardado tanto tiempo en nuestro corazón y en nuestros labios que estamos dispuestos a ser más cubanos, más hermanos, más amigos y devolver mucho más la solidaridad que ellos nos han prestado. Ojalá que de eso, al menos, nunca nos olvidemos.


franciscosancho@hotmail.com