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¿Uno podría venderle el alma al diablo sin darse cuenta? Es posible. Quizás ya lo estemos haciendo. El tema es contradictorio y debatido desde hace décadas con motivo de la Revolución Cubana, la cual logró avances portentosos en educación y salud –que se están deteriorando aceleradamente--, pero ha ignorado y pisoteado aspectos básicos de los derechos humanos. Así, tenemos una cara sonriente en algunos aspectos de justicia social; y un rostro desencajado de tristeza, frustración y hasta desesperanza, por la falta de libertades.

¿Y este cuento no les parece que es igual en América Latina? –con algunas excepciones como Chile, Uruguay y Costa Rica--, pero al revés, libertades formales, por un lado, y falta de salud y educación ensañándose en millones de niños y en la población en general. Existe el derecho a protestar, a formar e integrar partidos políticos, a elegir y ser electos, a denunciar y opinar en los medios de comunicación social; pero en un drama que jamás será expresado en su verdadera infamia, muchos son sacrificados en el matadero de la insensibilidad social. Casi un genocidio. Un holocausto por medio de reducciones presupuestarias y el saqueo del Estado.

Nicaragua se está encaminando a una variante de la opción cubana. En su estrategia populista ha desarrollado un plan de darle alguna cosa a la población más desposeída, alguna cosa que desde la perspectiva de quien no tiene nada o muy poco, adquiere un valor significativo: ha hecho mejoras en salud y educación demasiado distantes de su optimización, pero avances al fin; entrega láminas de zinc; ofrece diversión gratuita para la niñez durante algunos días prenavideños; otorga una vaquita y una chanchita cubierta, también gallinitas, para iniciar un verdadero proyecto de autosuficiencia productiva (digno de replicar); o concede crédito a bajísimos intereses. Todo gracias a la generosidad venezolana bolivariana. La “desinteresada” oferta incluye, dirán algunos, los enormes árboles navideños que iluminan y alegran no sólo en Navidad, sino medio año o quizás ahora queden fijos en alusión a la felicidad constante adquirida por el pueblo nicaragüense gracias a su estado solidario, cristiano y socialista.

El problema es que junto al populismo se viene desarrollando el autoritarismo, un férreo control ejercido con manos y puños de hierro y de titanio por dos personas, la pareja presidencial, y su corte reducida e íntima, que arrasó con las estructuras y reglamentos partidarios y ha pisoteado a su gusto y antojo las leyes, incluyendo la Constitución, el texto sagrado que dicta las normas esenciales, pero no importó que fuera Carta Magna, para qué hacerle caso a la prohibición explícita, categórica y rotunda de la reelección. Se intensifica el culto a la personalidad y avanzan inexorables las tendencias dictatoriales.

El autoritarismo manda, se excede, irrespeta, ejerce su poder sobre Raymundo y todo el mundo, por encima de las leyes ordinarias y de la Constitución, convertidas en una moldeable plastilina jurídica a la que de manera grotesca le dan la forma más conveniente, con la participación cómplice, abierta o solapada de unos magistrados judiciales espurios que arrojaron por la borda su dignidad y su ética profesional, que seguramente alguna vez tuvieron, de la cual hasta se sintieron orgullosos, y que los hacía mejores personas como ahora su abandono los hace peores, empequeñecidos incondicionales de la corte de los monarcas.

Ya hemos visto actuando a esa contagiosa enfermedad del autoritarismo que ha tomado control de todo el Estado, incluyendo amplios espacios en el Ejército y la Policía, y que utiliza todos los resortes y las palancas estatales y gubernamentales para lograr sus objetivos de más y más poder, para dominar, seducir, “persuadir”, amenazar, golpear y reducir a la impotencia a quienes considera sus enemigos políticos, porque para el absolutismo no hay adversarios ni diversidad, ni contienda justa y necesaria. Sólo un tigre debe rondar en la misma colina. Se estremecen y tiemblan los siervos ante las dos únicas voces que mandan.

Ya conocemos su manejo del sistema judicial. Un timbrazo basta para que un juez o jueza se active como una máquina que hasta entonces estuvo desconectada, se levante de inmediato y vaya sin dilación a cumplir como autómata la arbitraria orden del jefe o de la jefa, no importa de qué se trate, no considera las pruebas y evidencias, sólo obedece sin chistar, y que caiga quién caiga, menos uno de los mismos. Se acumulan pruebas o se desaparecen evidencias, según la conveniencia de quienes detentan el poder. Una miasma donde debería haber ética.

Ya hemos visto actuando en vivo y a todo color al aparato estatal en su conjunto: Contraloría, Fiscalía, Procuraduría, Gobernación, Migración, Policía, etcétera, enderezando todos al mismo tiempo sus cuchillos afilados, para aniquilar al enemigo político o a quien etiquetan como tal. No son cuentos, ya han actuado, ya se han expuesto ante la opinión pública. Y esta maquinaria actúa también para garantizar los negocios de los nuevos potentados, los viejos revolucionarios transmutados por el milagro socialista en grandes ricachones de la clase burguesa que comenzó a conformarse a finales de los años ochenta. Hipocresía harto falaz.

Por las calles de diferentes ciudades han desfilado en peligroso tropel, como brutales hordas desenfrenadas, grupos vandálicos de ese ejército paramilitar de la familia gobernante, armados de morteros y lanza morteros, de varillas de hierro y de “miguelitos”, de machetes, cuchillos y cutachas, de palos y piedras. Los hemos visto en bloques como fuerzas estructuradas, con sus mandos, sus sistemas de comunicación y sus cuarteles generales y centros de abastecimiento en oficinas gubernamentales. Reprimen a quienes les ordenan.

Un monstruo nació y crece y crece y crece, y en sus torpes movimientos, nos reduce los espacios, y al lograr su continuidad ilegal en el poder, desplegará todo su potencial autoritario y destructivo, y será de nuevo la oscuridad. Es la dictadura en ciernes, y será la dictadura asentada en su trono feudal, y de nuevo Nicaragua deberá empezar a subir la piedra que se caerá inexorablemente a medio camino o casi al llegar a la cima; y por mucho tiempo no será coronada la montaña con la piedra obcecada y los brazos y manos caprichosas que la empujan. Sería un juego bonito de no ser porque cuesta décadas de atraso, de vueltas sin sentido, de retrocesos, de pérdida de vidas humanas, y de seguir postergando indefinidamente el futuro.

Es comprensible que quien reciba alguna ayuda del actual gobierno se muestre agradecido y que hasta lo exprese en su intensión de voto. Cómo negarle ese derecho a la gente más pobre, sobre todo después de varias décadas de gobiernos estúpidamente insensibles, capitalistas golosos que sólo engordaron sus bolsillos a costa de tantos niños muertos por desnutrición y falta de atención médica. Pero en un sentido estratégico, se equivocan.

No es una buena jugada cambiar la libertad por algo de pan y mucho circo.

* Editor Revista Medios y Mensajes.