Jorge Eduardo Arellano
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“¡Cuántas cosas no necesito
para vivir!”.

Sócrates

Este escrito, estimado lector y lectora, es para quienes quieran y tengan tiempo para leerlo en estos días saturados de actividades para algunos y profunda soledad, abandono y rutina para otros. Lo comparto principalmente con aquellos(as) que, con el transcurso de los años, se han aproximado a la madurez y comprendido su grandiosa simplicidad, -edad y madurez no son sinónimos- y con quienes sin alcanzarla, no aprenden sólo de los errores propios, sino que están abiertos a aprender de los ajenos.

Volvamos nuestra vista a la vida cotidiana y preguntémonos ¿cuántas cosas que hacemos y tenemos no sirven absolutamente para nada?, permanecen guardadas, amarrándonos a cierta dependencia, ¿nos hacen más feliz? ¿Acaso proporcionan a nuestra vida una calidad distinta? Vean el estante de zapatos de su cuarto ¿Cuántos pares tienen y cuántos usan? O veámonos, ¿cuántas carteras, aretes, pulseras y objetos similares guardan y utilizan? ¿Cuánta ropa que no volveremos a ponernos permanece en los roperos, cuántos libros que no volveremos a leer acumulamos en nuestros libreros, cuánto dinero en los bancos, cuántos objetos en las bodegas, cuantas preocupaciones irrelevantes…? ¿Cuántos alimentos son tirados a la basura por haberse vencido o descompuesto después de haber llenado la refrigeradora o la alacena? Todos esos excesos inútiles para algunos, pueden ser de sobrevivencia para otros(as); están a nuestra disposición a pesar de que sabemos (¿al menos lo sospechamos?) que no los necesitamos.

Esa acaparación de cosas, puede ser con facilidad el reflejo de la ausencia de las cuestiones importantes de la vida que olvidamos. El vaso se llena de lo inútil ¿Cómo llenarlo de lo fundamental? ¿Qué otras cosas acumulamos y preservamos con obsesión?... el dinero, la tierra, las propiedades, el poder, la fama, los adornos, los halagos, las apariencias,… se acaparan mientras un mundo de gente quisiera el par de zapatos que nos sobra, el pantalón que ya no usamos, la comida que no consumiremos, lo que en algunos es exceso en muchos es necesidad vital. ¿Cuál es la causa del desbalance, de las desproporciones y del desequilibrio? Mientras tanto… ¡Cuántos no tienen nada mientras a algunos sobra! Es lamentable, desigual e inhumano. Carlos Fuentes diría: “Excentricidad, más que contraste”, aunque pienso es ambas cosas y más.

Regresemos a lo simple y disfrutemos, como dijo Aureliano Buendía, el emblemático personaje de “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, a “disfrutar los privilegios de la simplicidad”. Lo verdaderamente necesario es tan poco; son realmente escasas las cuestiones imprescindibles, casi toda la carga de objetos, rutinas, trámites, títulos, reuniones, agendas, ceremonias que nos rodean, tienen poca o ninguna importancia real. ¿El paraíso dónde está? Es la pregunta que se ha hecho siempre y se hicieron Flora Tristán, feminista francesa, y su nieto, el pintor impresionista Paul Gaughin, según la novela de Mario Vargas Llosa, el peruano recién galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2010.

Tantas cuestiones nublan la vista, saturan el tiempo fugaz y agobian nuestro estrecho espacio. Son basura acumulada en el transcurso de los años, comenzamos de niños, siendo simples, espontáneos, percibiendo el entorno sin complicaciones, sin embargo, la familia, la sociedad, la escuela, la publicidad, el entorno, el mercado, la globalización, y eso que llaman “el libre albedrío”,…, nos van agregando obligaciones artificiales, necesidades falsas, prejuicios dañinos, predisposiciones inexplicables, creencias absurdas con sus miedos y todo eso, se va sumando hasta que llega un momento -ojalá nos llegue a todos(as)-, cuando nos percatamos que lo estrictamente necesario se reduce a poco. Entonces, cuando se han reunido algunas décadas de existencia, cuando se toma conciencia de la inutilidad, de lo efímero y transitorio, es posible que la experiencia nos vuelva a la sencilla y grandiosa simplicidad, a la búsqueda de lo útil y profundo. Es posible entonces volver sobre los pasos para disfrutar la plenitud de la vida…
El asunto no es solamente de cosas materiales y físicas, no es sólo de riquezas, es también de hábitos y rutinas, de apegos tontos, de necesidades y deseos que nos hemos creado y que no sirven, agobian, reducen la existencia a la secuencia de un procedimiento, registro o inventario. La ceremonia de levantarse y acostarse, la de hacer esto y después lo otro para después continuar haciendo sin detenerse a pensar ni sentir, la costumbre que nos obliga a repetirla sin comprensión por la absurda pero común razón, que no tenemos por qué aceptar con sumisión, que somos “un animal de costumbres”, esa es nuestra naturaleza, actuamos y hacemos esto porque siempre lo hemos hecho hasta que un día, -ojala ocurra-, nos detengamos y por fin pensemos: ¿Por qué tengo que seguir haciéndolo? ¿Lo disfruto, lo necesito, da sentido a mi vida? Incluso, en medio de la pobreza material se puede ser profundamente dependiente y absorbido de inutilidades. Nadie está exento de la miseria humana, ricos y pobres, ciudadanos comunes y poderosos, analfabetos e intelectuales, unos pueden ser más visibles y ostentosos, otros, en medio de la nada, son responsables de las manifestaciones de la mezquindad humana y ética.

Con los años viene lo implacable de sus consecuencias. Y comienzan a preocuparnos, -más a algunas personas que a otras-, las arrugas, las canas, las manchas por las horas de sol, las libras demás que nos atormentan y dañan, los maquillajes y las rutinas que pasan de ser un proceso básico de aseo y estética, las apariencias que la edad muestra con todo su esplendor, en los rostros y los cuerpos. Algunos(as) quizás, en ciertas sociedades y círculos sociales muy dados a las apariencias y a las máscaras, por los estereotipos sociales discriminatorios que no siempre es fácil enfrentar con valentía, algunos (as) nos angustiamos al vernos en el espejo y reconocer que los nunca olvidados rasgos de la juventud se confunden con los nuevos de la madurez. Por dentro, -muy adentro, y no es malo decirlo- cuando el cuerpo enfrenta dificultades, es posible que se sienta la lucidez, la serenidad, la precisión que sólo la experiencia de lo vivido y la comprensión que trasciende al conocimiento, pueden proporcionar.

¿Podríamos atrevernos un día, más allá de decir, a actuar en consecuencia: ¡qué me importa lo que piense la gente!? ¿Podríamos, al levantarnos, tomar por ejemplo el frasco del tinte de pelo (quienes tienen uno y lo usan como una obligación adicional) y tirarlo por el lavandero, sin temor después a verse y peinarse con tranquilidad las canas?, tal y como lo hizo un personaje de la ficción (no sólo ocurre en la ficción pero lo menciono para no referirme a nadie) del recién fallecido escritor portugués José Saramago en su novela “Historia del cerco de Lisboa”, el corrector de pruebas de una editorial, Raimundo Silva quien, en un acto de rebeldía, contra el rol de enmendar los textos ajenos, cansado de la rutina, decidió alterar el contenido del libro que revisaba pero además liberarse para siempre de la obligación de pintarse el pelo para ocultar las blancas canas que tupían su cabeza. A partir de entonces podría disfrutar desde afuera, la madurez serena y la experiencia que por dentro sentía.

Terminando el año y comenzando uno nuevo, invito a reflexionar en silencio, sin perturbarse por el bullicio de luces, sonidos y excesos – de algunos durante la temporada- ¿Qué cosas inútiles podemos tirar y dejar en el camino? ¿Cuáles son las importantes a preservar? … Paz y Bien para el tiempo venidero.

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