Jorge Eduardo Arellano
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Desde que apareció en la antigua Atenas, la democracia siempre ha generado sospechas entre quienes creen que el fin último de la humanidad es la virtud y no la libertad. En el libro octavo de La República, Platón define de forma más bien brusca a los líderes políticos de una democracia como “aquellos que quitan su hacienda a los ricos y reparten algo al pueblo, aunque quedándose ellos con la mayor parte”. Por supuesto, el desdén de Platón por la democracia nunca está muy por debajo de la superficie de su prosa, pero hace un razonamiento válido: después de todo, ¿cómo se puede asegurar que haya normas éticas estrictas cuando las elecciones democráticas tienden a premiar los intereses propios y el menor común denominador?
Los ciudadanos de las sociedades libres de hoy son (casi siempre) demócratas por convicción, costumbre y hábito. Sólo una pequeña minoría tiene tendencias populistas que, de llegar al poder, podrían llevar a una sociedad de la democracia a la dictadura. Sin embargo, los ciudadanos democráticos de hoy en general no tienen confianza en la esfera pública y recelan de sus propias élites económicas y políticas. En efecto, entre los electores más jóvenes, este impulso es muy fuerte y su participación en las elecciones está cayendo abruptamente.

En Europa, esta apatía se considera como una reacción ante la desaceleración de lo que alguna vez parecía un boom económico de posguerra interminable. Pero en realidad eso sólo es parte de la explicación. Por supuesto, si pudiéramos garantizar un crecimiento económico rápido y universal, las demás debilidades de la democracia tal vez se olvidarían. Pero no podemos, y lo que se ofrece en cambio es una visión hueca del bien común que consiste simplemente en rondas sucesivas de recortes en el gasto público. Por lo tanto, no es sorprendente que los ciudadanos democráticos de hoy se fijen cada vez más en las laxas normas éticas de sus élites nacionales.

Subconscientemente, los ciudadanos esperan que sus líderes muestren las antiguas virtudes de liderazgo como el altruismo, el valor y el deber. Pero lo que ven es la cerrazón de pensamiento y la búsqueda del mezquino interés propio. Además, la espectacular democratización de las costumbres en los últimos 20 años ha conducido a un enorme aumento de la curiosidad humana sobre las personas que están en los reflectores: quiénes son nuestros líderes, cómo viven, qué creen en realidad.

El ex presidente francés François Mitterrand fue quizá el último estadista europeo al que su nación trató como un monarca de antaño. Sus numerosos defectos e indiscreciones personales nunca se juzgaron en público. Hoy, los medios sensacionalistas nos muestran todo y exponen todo al juicio popular. Así, se trata a los líderes de nuestras democracias como si fueran nuestros vecinos famosos. La puerta está abierta y no nos agrada lo que vemos.

Durante una reciente audiencia ante un comité investigador del parlamento polaco, un funcionario respondió a las preguntas fácticas más sencillas repitiendo la frase “No lo recuerdo”. Cuando se le presionó acerca de su mala memoria respondió impacientemente: “¿Por qué se espera que recuerde algo en un país donde el presidente no recuerda si se graduó de la universidad?” El ex Presidente polaco Aleksander Kwasniewski aparentemente había dado una perversa lección de virtud cuando, al descubrirse la mentira acerca de su formación académica, declaró que no recordaba si efectivamente había defendido su tesis de maestría, que era un requisito para obtener el grado.

En tal ambiente, ¿puede resucitarse la ética pública?
En una de sus primeras iniciativas, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, propuso la prohibición de los “paracaídas dorados” para los gerentes salientes de empresas que coticen en la bolsa de valores, a fin de acabar con la práctica de recibir liquidaciones enormes sin el consentimiento de los accionistas. Sarkozy partía del supuesto acertado de que los gerentes de las empresas que cotizan en la bolsa, al igual que los políticos, son figuras públicas que deben respetar ciertas normas éticas mínimas de comportamiento.

En Suiza, Thomas Minder, director de la empresa de cosméticos Trybol, está dando la misma batalla y exigiendo un referéndum nacional. En Alemania, el Tribunal Constitucional Federal ha ordenado que los parlamentarios revelen en Internet sus ingresos externos –que a menudo provienen de actividades de cabildeo en favor de las grandes empresas. En Polonia, donde durante muchos años esas prácticas se han considerado delictivas, una propuesta de ley exige transparencia financiera total de los políticos y altos funcionarios. Por su parte, el Primer Ministro británico, Gordon Brown, ha propuesto que se retire la inmunidad de la que gozaban los anteriores primeros ministros en lo que se refiere a la venta de títulos nobiliarios.

Aun cuando la motivación de estas iniciativas es la rivalidad entre partidos, plantean una pregunta esencial: ¿sabemos cómo ennoblecer nuestra democracia? ¿Podemos imponernos una faja de normas éticas más estrictas y refutar de esa manera las objeciones de Platón a la democracia, que no dejan de ser las nuestras?
Europa puede tomar el liderazgo de incluir de nuevo la ética en la política. El tratado de reforma que se habrá de adoptar en 2009 tiene el objetivo de superar el supuesto “déficit democrático” de la UE. Pero hacer que las instituciones políticas de Europa rindan cuentas a los ciudadanos es sólo la mitad de la batalla. Preservar la vida democrática de la UE y sus Estados miembros supone el deber --que debería quedar inscrito en el tratado-- de hacer cumplir las normas de comportamiento público que los ciudadanos de hoy exigen.


Jan Rokita, activista del movimiento “Solidaridad” y miembro del Parlamento polaco desde 1989, fue candidato de la Plataforma Cívica a Primer Ministro en 2005.


Copyright: Project Syndicate/Instituto para las Ciencias Humanas, 2007.

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