Jorge Eduardo Arellano
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La primera lectura de la misa de medianoche del 24 nos habla del “príncipe de la paz”, un término que se refirió a un rey del siglo 8 antes de Cristo, pero es aplicado a Jesús, indicando que el mesías (en griego, cristo) va a luchar por un mundo de paz -- una sociedad más humana basada en la justicia social que es el fundamento de la verdadera paz:
“Un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado;
le ponen en el hombro el distintivo del rey
y proclaman su nombre:
Éste es el Consejero admirable, el Héroe divino,
Padre que no muere, príncipe de la Paz’” (Isaías 9:5).

Jesús será este príncipe de la paz – proclamando una buena noticia a los pobres y denunciando la injusticia, avaricia e hipocresía de los ricos y poderosos que explotan a los pobres y les imposibilitan la paz. En el evangelio la visión dada a los pastores, privilegiados en ser los primeros en recibir la buena noticia, muestra una multitud de seres celestiales alabando a Dios: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a las personas que ama el Señor” (Lucas 2:14).

La paz bíblica es shalom, que quiere decir “plenitud” de vida. Recordemos que Jesús dirá: “El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud” (Juan 10:10).

El evangelio de la misa de medianoche incluye un detalle muy importante: “Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto, y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos dentro de la sala principal de la casa” (Lucas 2:6-7). Es característico de Lucas enfatizar la realidad de la pobreza; aquí encontramos a la santa familia como migrantes, sin techo digno aún en el momento difícil del parto. Como niño y como hombre, Jesús conoció las duras realidades de la vida y se dedicó a construir el reino de Dios – un mundo de justicia para todos y todas. Como Jesús crucificado está presente en los torturados y ejecutados de hoy, también Jesús niño-migrante sufre en los migrantes obligados a salir de sus países para sobrevivir y maltratados y reprimidos en el camino y en el país de destino si llegan allí.

¡Bajémonos a Jesús de la cruz, y luchémonos para crear condiciones dignas en América Latina para que los jóvenes puedan quedarse aquí y, en los casos necesarios, que encuentren libertad de oportunidades en otras partes del mundo!
La segunda lectura de la misa de medianoche celebra “nuestro magnífico Dios y Salvador, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todo pecado y purificar a un pueblo que fuese suyo, dedicado a toda obra buena “(Tito 2:13-14). Así que el fruto de la navidad y de la vida, ejecución, y resurrección de Jesús es que nos dediquemos “a toda obra buena” – el servicio a los más necesitados y la lucha por la justicia.

La misa de la natividad del Señor, del sábado durante el día, comienza con una lectura del segundo Isaías, un profeta que vivía como 150 años después del primer Isaías y que anunció la liberación a los cautivos en Babilonia:
“Qué bien venidos, por los montes,
los pasos del que trae buenas noticias,
que anuncia la paz, que trae la felicidad,
que te anuncia tu salvación y te dice:
‘Ciudad de Sión, ¡ya reina tu Dios!’” (Isaías 52:7).

Otra vez vemos los temas centrales de la Biblia: buenas noticias, paz, felicidad, salvación (liberación), y el reino de Dios (el mundo donde y cuando la voluntad del Padre “se haga en la tierra como en el cielo”). Este texto de Isaías es otro del antiguo testamento considerado como mirando hacia el verdadero mesías, Jesús de Nazarét, quien inició su vida pública proclamando (citando el segundo Isaías) que el Espíritu lo había ungido “para llevar buenas noticias a los pobres” y “para anunciar la libertad a los cautivos”.

El evangelio de esta misa nos presenta el gran misterio de la “encarnación” de Dios en Jesús – la Palabra, que es Dios, se hizo carne:
“Y la Palabra se hizo carne,
puso su tienda entre nosotros,
y hemos visto su Gloria” (Juan 1:14).

Nacido de María en Belén, este Jesús iba a crecer en sabiduría y edad y revelará el rostro de Dios:
“Nadie ha visto a Dios jamás,
pero Dios-Hijo único nos lo dio a conocer;
él está en el seno del Padre
y nos lo dio a conocer” (Juan 1:18).

Pero inmediatamente entra en la escena el conflicto que surgirá alrededor de este profeta:
“Ya estaba en el mundo y por Ella [la Palabra, la Luz] se hizo el mundo,
pero este mundo no lo conoció.

Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron;
pero a todos los que lo recibieron
les dio capacidad para ser hijos e hijas de Dios” (Juan 1:10-12).

¿Por qué algunos no lo recibieron? Porque su buena noticia a los pobres, humildes y oprimidos cayó como mala noticia a los ricos, poderosos, explotadores, corruptos, hipócritas, legalistas y racistas. El viejo Simeón en el templo dirá a María: “Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lucas 2:34-35).

Ante Jesús – su vida y su mensaje e invitación – tenemos que optar en pro o en contra. Los que deciden vivir en contra del evangelio hieren a Jesús y su mamá; pero “a todos los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos e hijas de Dios”, nacidos de nuevo a una vida diferente de responsabilidad familiar y social, solidaridad, compasión, y esfuerzos bien organizados por un mundo de paz y justicia.