Jorge Eduardo Arellano
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En el hilo constructor de las identidades se configuró a lo largo de la historia de la humanidad un Yo, y el otro. Bajo esta lógica el Yo, definido por el hombre, se presenta como un poseedor de autonomía, un productor de cultura y un sujeto de la realidad, de su realidad.

Dentro de esta misma lógica aparece la mujer, según desde el enfoque religioso/manipulado, no creada espontáneamente sino para satisfacer las necesidades del hombre, por lo cual es nacida de una costilla de su predecesor. Y es así como la mujer se construye de una manera diferente al hombre, se construye en base a lo que éste necesita, a lo que éste desea, a lo que éste odia o rechaza; y por ende no se manifiesta o expresa como sujeto de la/su realidad, sino como objeto de la realidad en general y de la realidad del otro, para el otro.

La mujer por su característica biológica y fisiológica de poder gestar a otro ser humano, hombre o mujer, es que históricamente ha sido asignada e inclinada hacia la naturaleza, puesto que la naturaleza es el espacio en el cual surge la vida, las plantas, los animales y la siembre; el cuerpo de la mujer pasa a entenderse como espacio y no como sujeto y es así como la mujer y la naturaleza han estado desde el imaginario construido en la evolución humana como un binomio.

Luego, en el caso del hombre que a partir del desarrollo de la agricultura como medio de producción prioritario y dominante en la cultura del neolítico, ha ido asiéndose de una serie de características en su identidad que le han asignado y le asignan un poder y dominio sobre el resto de seres, mujeres, niños ancianos y hombres de “inferior escala”, los que a su vez forman parte de su territorio dominado.

La mujer entre las tantas situaciones que la desempoderan, desde la crianza, la educación formal, la religión, la política, el estado; su condición de mujer, de reproductora de la especie más que una virtud es una doble sumisión a su pseudoidentidad.

La mujer es construida socialmente y ante todas las cosas con el objetivo de “dar vida” y a lo largo de la infancia y la adolescencia aprende en los espacios primarios de su vida a como ser mujer. La mayoría de esas programaciones o “mandatos de lo que es ser mujer” se aprende de las otras mujeres ya sometidas y asimiladas dentro del sistema masculino.

La mujer se define en base a tres requisitos: en primer lugar, su sexualidad y su necesidad de satisfacer sus placeres no le son algo reconocido como derecho, al contrario, se le enseña a que esos “temas” no son objeto ni de lo público y tampoco de lo privado; ámbito en el cual tampoco se fomenta una comunicación entre los géneros que permita la construcción de identidades y de sexualidad más libres y menos limitadas.

Muchas veces la primera vez que la mujer sabe de su vagina es hasta que va donde el o la ginecóloga. Contrario al hombre que desde la infancia inclusive usa su pene para competencias sobre quien de los chavalos del barrio llega más lejos con el chorro al orinar.

Luego, la mujer debe procurar estar “arreglada” para poder ser atractiva y deseable para algún hombre, esto es parte de los elementos que inyectan valía al objeto/cuerpo que se entiende que es la mujer. El hecho de no lograr ser vista con interés o ser buscada por algún personaje del sexo masculino debilitaría entonces la autoestima de la mujer, que pasa a ser catalogada como fea, menos mujer y con pocas probabilidades de cumplir con su objetivo de vida que según la sociedad es ser madre.

Se puede escuchar inclusive como entre los hombres y las mismas mujeres se habla de las mujeres que no “consiguen” tener parejas masculinas, diciendo que alguien talvez les hace “el favor” refiriéndose a que alguien de “buena voluntad” hombre, la posea sexualmente para darle así sentido a su vida, y de paso si se puede dejarlo con el semen que se convertirá en un nuevo ser.

Y como tercer requisito, la mujer existe para servir a los demás: entiéndase: padres, esposo/pareja, hijos, suegros; lo cual deja la posibilidad de construcción y reafirmación de su posible identidad como un remoto suceso, que en la mayoría de mujeres no se llega ni siquiera a pensar pues tan muy ocupadas al pasarse la vida entera desde su nacimiento para ser y existir para los demás, en su mayoría hombres.

El hombre día a día expresa opiniones sobre lo que debe o no debe hacer la mujer, muchas relaciones de parejas existen en las cuales el hombre que aun no ha “recibido de su mujer” el anhelado “varoncito” le prohíbe a esta planificar, condenándola a una condición de esclavitud en la cual ella no tiene la posibilidad de decidir por su presente, ni por su futuro, ni por su propio cuerpo. Esta situación también adquiere un carácter de chantaje emocional en el cual el hombre manipula diciendo: “Si me querés teneme un hijo”, situación en la cual la mujer también asume un papel de dependencia y de objeto dominado.

O cuando médicos/hombres opinan sobre la necesidad de reducir la cantidad de cesáreas que se realizan en los partos, la mujeres últimamente han optado por la cesárea que por el parto natural y uno de los doctores que opina sobre el tema expresa: “Es necesario dar cursos en los cuales a las mujeres embarazadas se les haga ver que el parto es una experiencia positiva, que no es solo dolor como se lo han contado” o “también se debe hacer lo mismo con la lactancia, para que la mujer cuente con las herramientas para experimentar estos procesos”.

Me gustaría que alguien me explicara que hace un hombre hablando de cómo es la experiencia del parto o como se debe asumir la lactancia por parte e la mujer embarazada, sabiendo que fisiológicamente es imposible que sepa realmente de lo que esta hablando. Si las mujeres optan por cesáreas en vez de parto natural es muy su decisión, es su cuerpo y es su experiencia, el que hombres, médicos, sistema de salud lo vea como un problema y demanda que se haga de la forma “tradicional” expresa de la supremacía del sistema masculino en el cual se pretende controlar hasta la forma la mujer decide parir.


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