Javier Poveda
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La mayoría de las personas piensa que si les tocase la lotería serían más felices. Sin embargo, estudios, como el de Brickman, Janoff Bullman y Coates, advierten esa felicidad tan sólo dura un año. Después, las cosas vuelven a ser iguales que al principio. Entonces, ¿el dinero da o no da la felicidad?
En un primer acercamiento, se puede afirmar que el dinero sí da la felicidad. Numerosos estudios afirman que cuanto mayor es la renta per cápita de un país, mayor es el bienestar de sus ciudadanos y más felices se sienten. Pero esos mismos estudios explican que esa sensación de felicidad se va perdiendo cuanto más rico se es. Así, llegado un determinado nivel de riqueza se estanca el nivel de bienestar personal. Un estudio que se publicó en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) determinaba que cuando un estadounidense alcanzaba ingresos anuales de 75.000 dólares, su felicidad dejaba de crecer.

“El ser humano se acostumbra muy rápido a sus nuevos niveles de vida”, explica el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Esteve. Una vez hemos asumido nuestra nueva situación, nos acostumbramos y empezamos a compararnos con los demás. Entramos en un círculo vicioso. Cuánto más tenemos, más queremos y más dinero necesitamos para satisfacer nuestros deseos. Si no lo conseguimos nuestros niveles de felicidad decrecen. La sociedad de consumo en la idea de cuánto más, mejor, tienen mucho que ver en este aspecto. Tener una casa más grande, un coche mejor, una televisión de más pulgadas, más ropa, más zapatos, más comida en el frigorífico… Más y más. Porque nos han enseñado que el dinero es la fuente de nuestro bienestar. Lo cierto es que una vez se tienen las necesidades vitales cubiertas, la felicidad y el bienestar vienen con una buena educación y sistema de salud, con unas buenas relaciones familiares y de amistad, y con un trabajo que permita desarrollarnos como personas. El dinero, se puede concluir, no da la felicidad, pero ayuda a no preocuparse por las necesidades más básicas.

A escala global, esto se traduce en que el desarrollo económico de un país no es un fin, sino que debe ser el medio para conseguir el mayor bienestar de los ciudadanos. Hoy, el mundo es más rico que nunca y también más infeliz. Hay grandes cantidades de dinero que se utilizan para salvar la banca, miles de millones de dólares que se destinan a comprar armas. Al mismo tiempo, mil millones de personas pasan hambre y no tienen acceso a agua potable, millones de niños no van a la escuela, cientos de niños mueren por enfermedades que pueden ser curadas. Hoy, las desigualdades en el mundo han crecido. “Ha llegado la hora de que admitamos que hay más cosas que el dinero y ha llegado la hora de que nos centremos no sólo en el PIB, sino en la felicidad general”, declaraba el primer ministro inglés, David Cameron, hace unos días.

Muchos de los placeres de la vida, ni se compran ni se venden, argumentaba Tibor Scitovsky en su libro The Joyless Economy (1977). La autoestima, los amigos, las relaciones familiares, el tiempo libre… no son “objetos” que se puedan comprar. Un paseo por la montaña, observar las estrellas, una conversación con un amigo, jugar con nuestros hijos, tener tiempo para uno mismo, un baño en el mar, ayudar a otros… son cosas que hace que nos sintamos más felices y que no necesitan dinero.

La riqueza, como dice el profesor de la Universidad Pompeu Fabra Manel Baucells, decepciona. Al igual que nos acostumbramos a vivir con dinero, también nos acostumbramos a vivir con menos dinero y a cambiar nuestros referentes. Es el momento de pensar en un cambio de modelo donde el tener no sea el fin. Es la hora de la humanidad, de la solidaridad y la justicia social.

“Todos los hombres son creados iguales; son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, como indica el Preámbulo de la Declaración de Independencia de Estados Unidos.


*Periodista
ccs@solidarios.org.es