Jorge Eduardo Arellano
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En Nicaragua la gran mayoría de la gente estamos en la palmazón, como bien se dice: “coyol quebrado, coyol comido”. Con esfuerzo, ahorro y crédito muchos ciudadanos logran adquirir sus electrodomésticos, celulares y otros artículos, mejorando de esta manera su nivel de vida.

Pero sucede que un buen día personas que andan en la rebusca le sacan a uno la billetera en un bus, o le sustraen la T.V de la casa, o le roban en la calle, como le pasó a un compañero de trabajo quien abordó un taxi y de inmediato lo amenazaron y se le fueron arriba con una cámara fotográfica digital que todavía está pagando, pues el aparato no era de él, sino propiedad del centro de trabajo.

A este tipo de delito, que lo dejan a uno llorando de la noche a la mañana, se le conoce como robo, ya sean estos efectuados con fuerza, violencia o intimidación. Lo más lamentable de esto, además de la crueldad, es que la mayoría de los robos denunciados o que permanecen en la denominada “cifra oculta” son robos intraclase, es decir que son cometidos por pobres que roban a otros pobres.

Se sabe que el nivel de la seguridad ciudadana en Nicaragua es uno de los más aceptables de América Latina, como lo muestran los registros de la Policía Nacional, en los cuales se observa que se ha mantenido desacelerado el índice delictivo de los robos por cada cien mil habitantes entre los años 2008 y 2009, incluso reduciéndose el robo con fuerza en un aproximado del 16%, cosas que en otros países no se están logrando.

Independiente de lo anterior el robo intraclase y el hurto es un fenómeno muy delicado, pues es frecuente que víctimas y victimarios suelan ser del mismo barrio, sean conocidos entre sí o fácilmente coincidan en la vía pública. De ahí que a partir del escamoteo de una olla de cocina, de una plancha, o de ropa colgada de un alambre, etc. es casi seguro que la cosa se hinche y puedan suceder riñas entre vecinos, enemistades latentes (Traidos) y desquites, lo cual afecta de manera negativa la convivencia pacífica en las comunidades.

Además casi siempre el robo intraclase tiene poca cuantía, por lo que es frecuente que éstos queden en la impunidad, aunque sean denunciados y todo el mundo en el sector sepa quién los comete.

Para completar la mezcla, hay medios de comunicación que se encargan de magnificar los hechos y aumentar la percepción de inseguridad entre la población, así como una expectativa de victimización más fuerte.

Pero, ¿qué hacer para evitar la conflictividad en los territorios?, en líneas generales se puede fortalecer la prevención primaria, la organización de base y la articulación interinstitucional, tomando en cuenta que la paz social es responsabilidad de todos.

Pero más a la concreta las autoridades responsables de la seguridad ciudadana deberían trazar estrategias de mayor impacto que mejoren, por ejemplo, la buena labor de las y los Facilitadores Judiciales, quienes aparte de acercar la justicia a la población promueven una educación cívico-jurídica, los esfuerzos del Jefe de Sector de la Policía Nacional, quien vive sobrecargado de trabajo y, por último, aunque hay más, aumentar la efectividad de emergencias de la policía a través del número telefónico 118, el cual muchos ciudadanos han marcado en un momento de angustia, pero que se quedaron a la espera, como el coronel que no tiene quien le escriba.