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Aunque serio, era un chavalo el que apareció de pronto en el aula de la Maestría en Administración de Empresas (MADE IV) de la UCA, entre nosotros cuarentones, y quizás hubiera alguno de medio quintal. Casi nos sentimos ofendidos. El Coordinador del programa, Iván Ortiz, nos explicó que este muchacho llegaba como oyente creo que a una clase de Marketing. “Gran vara”, pues. Era un intruso, un colado. Y así fue como conocí al joven poeta Francisco Ruiz Udiel. Poco después, pese a la diferencia de edades, era uno de nosotros, es decir, “un MADE IV”.

Pocos años más tarde, se inscribió como oyente en una clase que aún imparto en la carrera de Comunicación Social, de la UCA, Taller de Medios Impresos II, en la que principalmente estudiamos y practicamos el género periodístico llamado “Crónica”. Francisco era el más aplicado, un alumno espléndido, el estudiante soñado por los maestros.

Es cierto, los educadores tenemos que ver por igual a todos nuestros alumnos, como debe ser con nuestros hijos, pero no es así en la práctica, sobre todo, cuando hay unos cuantos que aún no se dan cuenta qué es ser estudiante y que todavía no se asumen como tales, con toda la responsabilidad que ello implica, y llegan al aula sólo a matar el tiempo, o, peor aún, a distraer a sus compañeros, y también al docente.

Algunas veces, Francisco faltó a clase, y yo sentía su ausencia más allá de su asiento desolado, porque él era mi aliado en el aula, como lo son todos los excelentes alumnos, pues con su práctica era un ejemplo, y aunque él no se lo hubiera propuesto conscientemente, con su proceder estimulaba a otros a leer, a practicar la escritura una y otra vez, hasta sacar los demonios que llevamos dentro, y plasmar en el papel o en la pantalla de la computadora, un texto no sólo coherente y atractivo, sino con armonía e intensidad.

Como poeta que era, lo que escribía lo hacía bien, con rigor de escritor. ¿Cuántas veces escribió y reescribió las crónicas hasta tomar la decisión de que ahora sí ya estaba lista para ser entregada? ¿Cuántos párrafos hizo y rehízo una y otra vez, cuántas palabras cambió, cuántas veces revisó? Daba gusto leer sus textos.

La crónica se presta para que el periodista o comunicador social interprete los hechos y los exponga con toda creatividad. Este género periodístico desafía la subjetividad, la imaginación, y permite pintar un paisaje o poner en movimiento un hecho, como la escena de una película, tal como si estuviera ocurriendo ante los ojos de los lectores. Narración y descripción, armas claves de los escritores, al servicio de las mujeres y hombres de prensa.

Truman Capote, en su novela “A sangre fría”, llevó al esplendor al periodismo –visto de manera despectiva por muchos novelistas--, porque tomó las armas de éste, la investigación, la entrevista, la observación, la captura de los detalles, aproximarse lo más posible a los hechos, es decir, al máximo de objetividad que se pueda tener; y luego, todo ese material de la realidad, tratarlo como se hace con la ficción, desde la subjetividad del escritor literario, no sólo con la construcción o reconstrucción de los hechos, también con diálogos reveladores y con el uso de distintos puntos de vista (primera, segunda o tercera persona, e incluso del monólogo interior). ¿Cómo el periodista puede saber lo que alguien está pensando? Entrevistándolo. “¿Qué pensaba después del estallido que voló el edificio en mil pedazos?”.

Capote dijo entonces que había creado un nuevo género, el de “la novela realista”, pero hay que desmentirlo categóricamente, porque unos años antes, Gabriel García Márquez había realizado algo similar con “Relato de un Náufrago”, cuya lectura nos transporta a una aventura, una intriga, y su relato nos emociona como si fuera una novela, porque el “Gabo” hacía periodismo escribiendo como escritor literario. Y antes que “Gabo” y Capote, nuestro inevitable Rubén Darío, como corresponsal internacional de varios diarios, periódicos y revistas, produjo sus maravillosas crónicas viajeras, incorporando procedimientos y técnicas literarias. Por eso Francisco estaba tan interesado en la crónica.

Si un estudiante de periodismo o comunicación social se propusiera convertirse en “una estrella” del periodismo nacional, bastaría con que dominara la crónica, porque ello lo convertiría en un fuera de serie, en alguien capaz de transmitir las interioridades del alma, los sentimientos profundos, ocultos y a veces contrapuestos de las personas, así como la intensidad y dramatismo de los hechos, es decir, el mundo subjetivo; y de esta manera trocar en una historia maravillosa cualquier asunto de la vida cotidiana.

Muchos diarios en todo el mundo han abandonado la técnica de “la pirámide invertida” para presentar las noticias, y hacerlo mediante la crónica, que es capaz, con palabras, de crear imágenes con que competir ante los medios electrónicos, principalmente la televisión y la Internet. Desde la técnica de la nota informativa, diríamos: “A la una de la madrugada de hoy, murió trágicamente el poeta Francisco Ruiz Udiel, en su apartamento en el barrio tal, según informó Pedro Pérez, directivo del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE)”.

Mediante la crónica podríamos decir: “¡Qué espantosos y aterradores serían esos demonios que al fin te derrotaron! Francisco: nadie podrá decir que no luchaste como el mejor de los gladiadores, pero llegó el momento decisivo en que no pudiste continuar, como el “no más” de un boxeador destruido, y justamente en los primeros minutos del año, decidiste abandonar este mundo, y a los que te conocimos. ¡Alapúshica!, no nos frecuentábamos, pero vieras cómo me ha dolido tu muerte”.

También como oyente, te inscribiste Francisco en el siguiente cuatrimestre, en el Taller de Medios Impresos III, en el que vemos principalmente el reportaje. Tenías un interés especial en dominar los secretos del género periodístico más completo, y tan difícil, que sólo unos cuantos periodistas logran escribir un verdadero reportaje en toda su vida. Pero abandonaste la clase. Dificultades personales, me dijiste. Y me dio un gran pesar tu retiro. Ni modo. Estabas en tu combate estratégico con los fantasmas que te agobiaban, a los que lograste contener y burlar por un buen tiempo, y a tus 33 años, no sólo creaste una apreciable colección de poemas, sino que también contribuiste a elaborar dos antologías de poetas de tu generación. Sólo una parte se ha ido de vos, porque lo más importante, tu alma, tu espíritu, vive en tu poesía.

¿Viste que hoy llovió? Son lágrimas por tu partida.


(*)Editor de la Revista Medios y Mensajes.