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Recientemente se debatió en la UNAN con estudiantes y arquitectos, el futuro de esa profesión y su visión de la arquitectura, caracterizada por un hábil manejo de luces, sombras, sonidos y colores.

El mundo está muy lleno de agitación. Existe pasión por la velocidad y los arquitectos tienen el mandato de diseñar espacios para que la gente obtenga tranquilidad y viva feliz. Por eso, al ritmo que cambia el estilo de vida de la sociedad, la arquitectura también debe cambiar.

Los espacios han cambiado. Las oficinas se han democratizado. Antes eran una infinidad de cubículos privados, donde para llegar a un jefe, había que pasar por muchas salas y puertas. Todo con aire acondicionado. Ahora nos percatamos de que funcionan mejor los espacios abiertos y que las ventanas mejoran la circulación del aire, evitan contagio de enfermedades y reducen la factura eléctrica. El uso de la computadora cambió la iluminación y el uso de luz solar ha adquirido importancia. Los arquitectos señalan que antes las casas se construían pensando que las mujeres pasaban todo el día en ellas atendiendo los quehaceres. Ahora las mujeres se van al trabajo y predominan sitios multifuncionales, donde el comedor puede ser sala de TV, de estudio y hasta oficina cuando no se come.

Como la arquitectura es reflejo de nuestra forma de vida, tiene dos grandes retos: dejar pasar las modas y ser respetuosos con el entorno cultural y el ambiental. La buena arquitectura debe ser una conversación entre los actores (quienes diseñan y quienes habitan) No un monólogo o imposición de un arquitecto en un espacio natural o una cultura diferente.

Donde hace calor el uso del agua es vital. Se vuelve un reto cuando escasea. El problema de la arquitectura no es integrar agua, sino no malgastarla. Se puede justificar el uso del líquido como elemento estético y como herramienta para crear un entorno plácido que refresque el ambiente. El agua es armonía en movimiento. Construir un sitio con un jardín enorme que hay que regar, en lugares donde no hay agua, es muy criticable.

Es difícil lograr el balance entre creatividad y vanguardismo, servir a la gente y no dañar al medio ambiente. No es exclusividad de la arquitectura. Es un problema de la sociedad.

Es preciso volver a los orígenes de la arquitectura y voltear la mirada a la arquitectura popular. Sus formas y colores. Regresar al uso del sentido común. No se puede continuar con las creaciones que sólo buscan llamar la atención. El mérito no está en crear un edificio que impresiona la primera vez que se ve, pero al que no se quiere volver porque no es cómodo. Tampoco se puede ignorar la economía. Funcional y barato.

Hay que combatir la ignorancia del público y de ciertos dirigentes. Vulgo vulgaris. No se debe permitir que se construyan hoteles pensando sólo en el turismo. Ni monumentos que en vez de embellecer afean.

No hay que deslumbrarse por obras espectaculares de otros contextos, sino disfrutar de lo propio. Los alumnos no deben perder su identidad y no se deben dejar llevar por las modas. La arquitectura no es asunto de modas porque una casa no es algo pasajero, sino un sitio que debe responder a las necesidades de la gente.