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”No morimos porque estemos enfermos, sino porque estamos vivos”.

Michel de Montaigne

El ejercicio de la medicina nos ayuda a dar mayores rodeos en ese camino que fluye por sí mismo hacia la nada, a eludir por más tiempo el tránsito final al país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna (previsión que, para Hamlet, nos hace a todos cobardes). Esta función, de interés colectivo, debe ser tutelada de forma especializada por la sociedad (que debiera mejorar, en primera instancia, las condiciones de alimentación y de trabajo de la población empobrecida).

Conforme avanza la tecnología en auxilio de la previsión médica y del diagnóstico certero y oportuno de los distintos procesos biofísicos de nuestro organismo, la profesión médica, que debe velar por mantener estables los parámetros que sostienen la vida, profundiza en la ciencia sus estándares de responsabilidad. Y, otro tanto, incrementa, en consecuencia, sus vínculos complejos de responsabilidad profesional con el Derecho Penal.

De manera, que el fenómeno de negligencia médica hay que verlo en el contexto social. En las contradicciones objetivas de la sociedad moderna. Cada caso de responsabilidad individual profesional, hay que enfocarlo progresivamente, no sólo desde las normas autónomas del Derecho Penal, sino, dentro de una dinámica social que haga prevalecer el interés colectivo sobre el interés particular.

Dante, como ideólogo luminar del pensamiento medieval, en el más grande libro escrito por el hombre, admira el orden que garantiza la retribución del bien y el mal. En la Divina Comedia, quien pervierte la ley del universo por su libre albedrío, no merece la libertad, sino un justo castigo. El criterio ideológico supremo, que rige los derechos y deberes de la humanidad, se funda –para Dante- en un orden inconmovible de carácter moral. Aunque los suspiros y el llanto que suscita la pena inapelable que sufren las dolientes sombras, que aúllan desesperadas su segunda muerte, suscite en Dante no poca compasión (al punto que Virgilio, su guía, al verle descolorido el rostro, toma el altruismo humano del más grande poeta italiano como señal de pavura).

¿Cuánto de nuestro juicio penal se ve influido, inconscientemente, por el orden moral heredado de la antigüedad?
Por otro lado, el impulso hacia la venganza es, quizás, la forma más primitiva de mantener viva la memoria… y las heridas abiertas. Tanto más cruel, cuanto mayor es nuestra debilidad. Obviamente, este impulso que se complace en el dolor ajeno, resulta casi irresistible como fundamento de la pena legal si, como Scott, pensáramos que la venganza es el manjar más exquisito.

Vivir, naturalmente, jamás es fácil, seguimos haciendo los gestos que la existencia pide por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre, escribía Camus. Nosotros aspiramos a un retorno total a la armonía con la naturaleza. A forjar una sociedad de hombres sin propiedad privada, recién salidos de los dioses, como enseñaba Séneca, sin posibilidad material de corrupción.

Los médicos estudian medicina para salvar vidas, pero, influidos por la mano invisible que rige la economía capitalista, algunos venden su arte como mercaderes. Y vienen juzgados no en su condición de médicos, sino, de marchantes ocultos tras la mascarilla, que transan golpes de escalpelo en las condiciones azarosas de cualquier buhardilla: irresponsablemente, desde el punto de vista médico.

A nombre de la sociedad, es a los médicos conscientes de su juramento hipocrático, constituidos en Comisión de Arbitraje Médico, a quienes corresponde el juicio ético y profesional sobre quienes se presume que han ejercido la medicina irresponsablemente. Los estándares de calidad en el servicio médico son la base para generar la confianza indispensable en la profesión médica, que un Colegio Médico, por ética profesional, debe ser el primero en exigir y garantizar.

El 15 de abril del año pasado, la anestesióloga Auxiliadora Rodríguez Zapata, practicó anestesia peridural a Alicia Indira Fernández Romero, quien, sometida a cirugía de liposucción por el doctor Edgardo Morales, falleció por paro cardo respiratorio durante la intervención. Cabe mencionar, que el señor Edgardo Morales se dio a la fuga, asumiendo, así, una culpa adicional en su contra.

Es evidente que la impericia del anestesiólogo, principalmente en anestesias raquídeas, puede provocar desde parálisis hasta la muerte. Un jurado de conciencia, constituido por ciudadanos escogidos al azar, necesariamente legos en derecho - cuya resolución, por lo tanto, es inapelable -, encontró culpable a Auxiliadora Rodríguez.

Este tipo de jurado fue escogido por la defensa de la procesada. En lugar de un jurado técnico, que, en tal caso, habría ahondado profesionalmente en los pormenores del accidente médico (como, en efecto, corresponde). La pena impuesta fue de 12 años de prisión, ya que el delito lo clasificó la juez como dolo eventual.

La defensa arguyó que la causa de la muerte no se debió a la anestesia, sino a trombo graso (que generalmente ocurre cuando gotas de tejido graso llegan a la circulación sanguínea, por los vasos desgarrados). En tal caso, se debieron iniciar altas dosis de corticoesteroides cada 6 horas, hasta un total de 48 horas, asociado a la intubación y a la ventilación mecánica.

Medicina Legal, por el contrario, expresó que uno de los posibles motivos de la muerte pudo ser el bloqueo peridural. Éste ocurre cuando la dosis única de anestesia se inyecta en forma de bolo, en lugar de dosis fraccionada, y no se comprueba, prudentemente, que la aguja no haya rotado en el espacio epidural, haciendo que la anestesia, al penetrar la punta de la aguja algunos milímetros por delante de la duramadre, llegue al espacio subdural (entre la duramadre y la aracnoides), o que no haya alcanzado un vaso sanguíneo.

Los síntomas de una raquía masiva o de toxicidad sistémica (al inyectar la dosis completa de anestesia, accidentalmente, en el líquido cefalorraquídeo), son verdaderamente graves y dramáticos, y se presentan lentamente en el lapso de media hora. El paciente tiene problemas para respirar, parálisis total de sus miembros y tórax, alteraciones de la conciencia, baja de la tensión arterial y de la frecuencia cardiaca. El anestesiólogo, durante la intervención quirúrgica, tiene la responsabilidad profesional de mantener y controlar la frecuencia cardíaca, la función respiratoria, la temperatura del paciente, y de reponer los líquidos y sales minerales que pueda perder. Debe prever, así mismo, la necesidad de intubar al paciente y de darle ventilación mecánica para suministrarle oxigeno directamente a la tráquea, llegando así a los pulmones, ya que el paciente, tras la anestesia, deja de ventilar por sí mismo.

En este accidente, además de la ventilación artificial, debía aplicarle por vía indovenosa fármacos vasodepresores y atropina, así como reanimación cardiopulmonar. Los Paros Cardíacos Inesperados son muy resistentes a la reanimación cardiorespiratoria, de modo que la suerte del paciente depende enteramente de la experiencia del anestesiólogo y del equipo disponible para los cuidados intensivos urgentes que requiere.

En la actualidad, las muertes en quirófano relacionadas con anestesia, en el 100% de los casos son debidas a falla humana. Por ello, en la mayoría de los países los anestesiólogos ejercen, también, la medicina intensiva, como especialidad médica dedicada al soporte vital de los sistemas orgánicos. Para ello, requieren disponer de aparatos de ventilación mecánica (para asistir la respiración mediante tubo endotraqueal), equipos de hemofiltración (para fracaso renal agudo), equipos de monitorización cardiovascular (con líneas arteriales y catéteres de swan), vías indovenosas (para nutrición parental o infusiones farmacológicas), tubos nasogástricos, bombas de succión, drenajes, etc.

La clínica privada, Centro Médico Americano, donde se realizó la operación de cirugía estética, no sólo carecía de equipos de monitoreo cardiaco, sino, de equipo de ventilación mecánico. Media hora después que la paciente entró en paro acudieron especialistas en cuidados intensivos, la anestesióloga Yadira Bacca y el intensivista Martín Becket Argüello, quienes lograron con éxito la reanimación cardiorrespiratoria. No obstante, el tiempo transcurrido sin ventilación artificial y sin la debida atención médica de reanimación, fue decisivo para el desenlace fatal.

Al margen de las causas del paro cardiorespiratorio, que una Comisión Médica podría dictaminar (con recomendaciones correctivas hacia el futuro), la anestesióloga Auxiliadora Rodríguez debió supervisar si existían condiciones para salvar a su paciente en caso de una crisis anestésica previsible.

Ante la pregunta de un periodista sobre la falta de un ventilador mecánico, la anestesióloga Rodríguez responde:
-“¡Cómo iba a saber que en la clínica no había Unidad de Cuidados Intensivos!”.

A otra pregunta del periodista. Si el tiempo echara atrás, ¿qué haría diferente en el manejo de esta paciente?, responde la anestesióloga:
-“¡Nada!”.

Ante esta indiferencia a la suerte de su paciente muerta, uno recuerda a Dante en el antepurgatorio, cuando mostraba a Virgilio las personas que reposaban en la sombra, detrás de la roca, abrazando negligentemente sus rodillas con los brazos, cabizbajos, estrujados por la pereza, condenados a permanecer fuera de la puerta del purgatorio porque en vida fueron indolentes en medio de suspiros.

Y, fuera del orden moral de Dante, y del orden legal, cabría preguntarle a la sociedad: ¿Qué hacer por esta señora, condenada por negligencia médica a permanecer 12 años tras la puerta de una prisión…?

*Ingeniero eléctrico