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2011 empezó de luto. Un joven poeta, que no sólo era bueno por lo que creaba, sino que era, además, un gran trabajador y promotor de la cultura, se quitó la vida justo en el momento en que muchos de nosotros celebrábamos la llegada del Año Nuevo.

La muerte es sorda y muda. Ni él puede contarnos dónde está, ni nosotros decirle cuánto sentimos que decidiera partir súbitamente, tras una vida que apenas alcanzó los 33 años. Lo más triste, después de leer el cúmulo de mensajes que escritores de todo el mundo han enviado al Centro Nicaragüense de Escritores lamentando su muerte, es pensar en cuánto quizás necesitaría este joven de las expresiones de amor que la costumbre, usualmente, reserva para la vejez o el fin de la vida. Su muerte nos ha conmocionado a quienes vimos aparecer tras sus lentes, a un muchacho blanquito, pilas puestas, preocupado por la calidad de su poesía y dispuesto a labrarse un sitio no sólo como poeta, sino como estudioso cronista y entusiasta enamorado de la imaginación.

Francisco Ruiz Udiel insistía con dulzura para lograr lo que quería. Cuando lo comprometía a uno para hacer un prólogo, o cuando pedía colaboraciones para la revista digital Carátula, o para el Hilo Azul (las dos publicaciones en las que laboraba), no cejaba hasta tener en sus manos lo prometido. Así fue que compiló antologías de poetas jóvenes, así montó la red cibernética del Centro Nicaragüense de Escritores, así se entregó a difundir las presentaciones de libros de sus colegas y se convirtió en un incansable motorcito de ideas como la de los libros gratis de las ediciones Leteo, que fundó junto con su amigo, otro poeta joven, Ulises Juárez Polanco.

Lo que no vimos quienes le rodeábamos fue el pájaro azul que habitaba dentro de su cerebro; ese pájaro azul que, igual que el personaje del cuento de Rubén Darío, también decidió liberar a costa de su vida.

Quiero pensar que Francisco oirá y se alegrará de ver cuánto se le quería. Sin embargo, aunque la respete, no dejo de lamentar la decisión que lo llevó a marcharse antes de ver el fruto de sus muchos trabajos. ¡Ah, si Francisco hubieses podido imaginar cuánto camino había hecho ya para vencer la soledad!
Como respuesta a tantas preguntas, nos queda el pájaro azul que liberó: la poesía que, a fin de cuentas, será la única que nos sobrevivirá a todos.


2 de Enero, 2011