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Dejé mi reloj sin cabeza por mandarte rápidamente un e mail. No quería perderte un instante. Me abrumé por no verte y aseguré mi presencia dejando todo en desperdicio de lo coloquial. Esa particularidad inmediata del encuentro, del “cara a cara”, con sobre blanco y letra limpia, lo hemos perdido por preferir ausentarnos en un suburbio de rostros marginados del sentimiento. Lo cierto es que no es ninguna casualidad. Es lo que el gusto ataca y empieza por casa. La timidez reafirma su reinado. La pesadez incomunicativa se pronuncia sobre las expectativas de la vida. Ahora, es más fácil “comprometer el alma” para que salga librada de un tiro a tiro o un fusil en ráfagas. ¿Quién llora ahora por un beso? Así, no duele más, el talón de Aquiles. El gobierno tradicional de las cartas ha sido opacado, marginado, eliminado de su propio territorio de ternura. Así, en el cambio de luz, la milenaria comunicación fue rebasada y echada a menos en tan sólo diez años.

Al perder las cartas el cordón umbilical fue desechado el trato íntimo, el objeto espiritual, la convivencia sentimental y el hallazgo del cariño en el diálogo físico de las caricias verbales. Se perdió también una voz con todas sus herramientas sublimes. La dictadura del vértigo digital, no admite la asistencial oral (del retrato) de puño y letra: de trazos grandes, pequeña, nerviosa, elegante, persuasiva, pero nunca intolerante. Ahora se impone la fotografía y el video. Ahora no cuenta enviar (por imposible) el primer dibujito del niño pintando con colores luminosos, la casita repleta de jardines y con campanas de todos los sabores. Como imposible es trabajar el poema. Ponerle fecha y lugar a la carta de la mujer amada con el lápiz azul cielo. El tiempo dirá si fue más agradable recibir una boca ardiente pintada con rojo fuego o que nos lleguen algunas palabras copiadas del vacío y atravesadas con el destino del frágil instinto.

La voz de los expertos señala que con la aparición del e-mail se salvó la vida del género epistolar. Yo no estoy tan seguro de semejantes consecuencias. Yo no estoy tan seguro que esa pasión de enamorados haya muerto de inmediato. Sí debo decir que mi abuela se perdió en la inocencia de su propia letra. En el registro de este álbum de recuerdos, la memoria como buena rufiana se alimenta de fe sin obediencia. Es más, pone al servicio toda su garganta para sacarles el aire a todos los farsantes que intentan adueñarse de la fotografía familiar, que sólo pueden vivir en esas cartas antiguas.

Así, las cosas, ha muerto (al menos artificialmente) el régimen del telegrama urgente (el aliado que nos acompañó siempre puntual y nos suavizó el preámbulo) y la precisión del te amo. Del te necesito. Y con ello, también la voz (simbólica) sonora del hombre y la mujer, que pretendían confirmar (aunque lejos) el apego a la familia. Hoy, no se sabe, por quién doblan las campanas.

Es la historia del ocio apabullante, que se volvió rutina y se encajó en los bordes de aire de la tecnología que nos separó del hecho natural, tal y como hemos vivido por siglos. La inmediatez nos descarnó el abrazo, nos ató las manos y nos evitó pensar. Con nuestra complacencia rompimos la fuente de nuestros entusiasmos. Ahora somos actores de la sociedad del espectáculo ¨¨del poco me importa no vernos¨¨. El e mail ha resuelto que no haya intermediarios. Con buena letra digital, tapó la boca al corazón que ya no llora, cuando no puede evitar la despedida del amor.

“Esto es como un juego sin poner toda la carne en el asador”, me dijo el poeta Zavala y Reyes, desde su bunker en Bello Horizonte y con anexo en mi casa. “Es parte del espontáneo deseo (tecnológico) menos ruidoso y más participativo”, señaló una voz impaciente. “Dejemos que las cosas se (sed) acomoden en la modernidad, porque el tiempo pasa”, definió la alegre muchacha estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería.

Me pregunto: ¿La gente ha dejado de sentir? ¿Para qué leer los ojos del amor antiguo? El e mail se entrega como lo programa la actitud del negociante y no sé, si siempre será audaz y actuará sin reparo alguno. ¿Qué hará con su vergüenza el futuro?

La carta respalda a la pregunta y pide una respuesta. Antes de enviarlas, las protegimos de preguntas. Las aseguramos de dudas. El escritor peruano Alfredo Brice Echenique “En las amigdalitis de Tarzán” dice que “éramos mejor por carta”. Juan Cruz, escritor y periodista español, afirma que “los blogs son las cartas de nuestro tiempo y los email son las llamadas telefónicas de otros tiempos. Insisto, no fue en vano, la decisión de escribirlas. El ser humano advierte el peligro y no se desangra.