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De todos los países de América que hablan español, la isla de Cuba, la isla del cielo sereno y fúlgido de Cirilo Villaverde, la isla de azúcar y de canto, fue la última que, en el siglo XIX, se independizó del régimen colonial. La prédica incansable por la libertad de su patria y por la que ofrendara su vida José Julián Martí y Pérez, nacido en La Habana un 28 de enero de 1853, iba a ser decisiva para que Cuba lograra su independencia. José Martí no sólo fue un revolucionario, fue escritor, abogado, y periodista, y poeta, y hacía versos que no envidiaban su prosa. Desde joven brotaba en su pecho la flama revolucionaria, y desde joven sufriría el peso de la injusticia; A la edad de 17 años por un escrito dirigido a un cubano que se pasó al servicio de los españoles le dice: ‟Compañero, ¿has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas?…”. Es enviado a las canteras de San Lázaro con grilletes al pie y cadena a la cintura, castigado a trabajos forzados por ofender al gobierno. En el dorso de una foto que envía a su madre en su condición de presidiario le escribe: Mírame, madre, y por tu amor no llores: /si esclavo de mi edad y mis doctrinas, / tu mártir corazón llene de espinas, / piensa que nacen entre espinas flores. Esta experiencia no lo doblegaría, muy por el contrario inflamaría aún más su fervor patriótico y sus ansias libertarias. En 1871, el 27 de noviembre y ya en libertad, ocurre en La Habana un hecho lamentable; 8 estudiantes, injustamente condenados por un tribunal militar, son fusilados, cuando se cumple un aniversario de este hecho sangriento, Martí escribe una Oda, a mis hermanos muertos el 27 de noviembre: ‟¡cuando se llora como yo, se jura!...¡ mata, déspota, mata/ ! para el que muere a tu furor impío,/ el cielo se abre, el mundo se dilata”. De allí, todo sería exilio para José Martí.

Fue en su condición de exiliado cuando estando Martí en Nueva York, en 1893, en viajes de propaganda política a favor de la independencia de Cuba, que conoce al poeta nicaragüense Rubén Darío, ambos conocían tanto sus versos como sus prosas. Martí en 1882 había publicado su Ismaelillo, obra en versos dedicada a su hijo muerto y que se considera la obra génesis del modernismo, y la obra quizás más importante en la etapa de transición hacia este nuevo movimiento estético, Darío, por su parte, ya había publicado su obra en verso y prosa loada por Juan Valera; Azul, y era conocido también en el mundo de las letras como el futuro renovador de la lengua castellana. Ambos escribían en el prestigioso periódico matutino de ‟La Nación” de Buenos Aires, dotado de 35, 000 ejemplares que se esparcían por los principales epicentros de la intelectualidad de América Latina y España, desde España, escribía Castelar, otros también lo hacían desde París y Nueva York. ‟Llegar a escribir en La Nación, convertirse en un hombre de La Nación, era un ideal de vida que empezaba a fijarse y una categoría de validación entre los intelectuales” (Zanetti)
Martí escribía en el prestigioso diario bonaerense desde 1882, fecha en que Bartolito Mitre lo incorporó como corresponsal, fue en las páginas de La Nación donde Darío comenzó a degustar del lirismo de la prosa martiana y donde tambien iniciara el culto, pasión y devoción por la figura del poeta cubano. El poeta nicaragüense por su parte había iniciado su corresponsalía con el diario desde 1889, poco antes de abandonar Valparaíso rumbo a Corinto, con su primera Crónica sobre la llegada del crucero brasileño, ‟Almirante Barroso” a Chile, sin embargo, sería hasta 1893 en que se afianzaría en el prestigioso diario como cronista y colaborador frecuente así como corresponsal viajero en Europa y Centroamérica.

Cabe leer lo que escribiera Darío del emotivo y único encuentro sostenido con Martí en Nueva York en su Autobiografía con el que ‟escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música”; Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: ¡hijo! Las distancias quedaron guardadas para siempre y Darío con nobleza y humildad reconocería el liderazgo del poeta y revolucionario cubano.

Las referencias, visiones y reflexiones que hiciera Darío del Autor de los versos sencillos, son poco conocidas, o por lo menos no han logrado la trascendencia que ha obtenido la necrológica escrita por Rubén con motivo de la trágica muerte de Martí en mayo de 1895, la cual fue publicada en La Nación el 1 de Junio del mismo año y posteriormente incluida en la obra Los Raros, publicada en su primera edición un año después. Meses antes de la muerte del poeta cubano, en marzo, Darío publica ‟La insurrección en Cuba”, donde exalta los valores patrióticos, revolucionarios y el alto quilataje moral y estético del que, con sus encendidos discursos hacía centellear los ojos, fruncir los labios y crujir el corazón, ‟ Es el escritor amazónico… el escritor más rico en lengua española, es el Vanderbilt de nuestras letras”. Antes, en 1892 le había dedicado ‟La risa” a José Martí.

En la necrológica, antes citada, bajo el título de José Martí, Darío desborda su visión y admiración por el poeta muerto, y llora, y se lamenta como lo haría un hijo a la muerte de su padre, y toma en la frase más conmovedora la voz de la leyenda; Antígona en el fondo de la caverna donde la había condenado Creonte a morir de hambre, yace colgada de su velo, muerta, y el hijo de Creonte, Hemón, sollozando y maldiciendo a su padre abraza el cuerpo inerte de su amada y prometida, y antes de que Hemón se hunda la espada en el vientre es recriminado por el Rey, su progenitor: hijo desdichado – exclamó Creonte- ¿Qué has hecho?. En la necrológica de Darío no es el Padre quien recrimina al hijo, sino el hijo, puesto que así lo llamó Martí, quien recrimina al Padre: ‟Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer el tesoro de tu talento…Cuba quizá tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora; pero, ¡oh maestro, qué has hecho! Se hace interesante puntualizar el reclamo que le hace Rubén al poeta muerto quien como rey mago se dejó arrastrar por la estrella engañosa hacia la más negra muerte, porque aquí es donde sobrepone Darío al Arte sobre la patria, y donde según Susana Zanetti se encuentran fuertes vínculos con el retrato que hace Darío de Ibsen, el visionario de la nieve, y también a mi juicio donde Darío asume el Yo-Poético, producto de su propia vivencia personal. ‟ su patria, como todas las patrias, fue una espesa comadre que dio de escobazos a su profeta” (Ibsen, Los Raros).

Darío gentilmente sigue reconociendo en el mismo artículo al iniciador de la estética modernista que más tarde terminaría él mismo desarrollando y finalizando; ‟Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y bizarrías”. Martí y Darío serían entonces el alfa y el omega de la nueva estética que revolucionaría la lengua castellana y que se esparciría por toda Latinoamérica hasta llegar a los cimientos mismos de la madre España bajo el nombre de Modernismo.

A pesar de que Darío enfrenta con profundo lirismo la muerte de Martí, dejaría en el poeta nicaragüense amargos sinsabores por no haber profundizado en la obra del apóstol, no por tener un limitado conocimiento de la obra martiana sino porque el alma desgarrada de un hijo que pierde a su padre habló a su sentimiento. En 1911, Darío, para saldar deudas, realiza un análisis extenso a la obra de Martí, uno de los más extenso dedicado a un poeta, cuatro largos ensayos son enviados a La Nación bajo el Título los primeros tres de ‟José Martí, Poeta” los cuales se publican el 29 de Mayo, 3 y 10 de Junio, y el cuarto ensayo bajo el nombre de ‟Versos libres” que se publica el 8 de julio, en ellos hace un análisis completo, cuidadoso y riguroso de una y cada una de las obras, sus versos y prosas, hasta sus prólogos, puntualizando, criticando, reflexionado y certificando la calidad de la rica producción literaria de Martí, para terminar reconociendo que no fue él quien aportó el plasma germinal del cisne modernista ni los granos celestes de su doctrina: ‟A aquel Arcángel de coraza de acero, se le vieron en ese tiempo, en Nueva York y en Washington alas de cisne”.


*Médico, dr_amaya2006@hotmail.com