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Me quedé esperando. Esperando a los apóstoles nativos que luchan por la libertad de expresión. Que Sergio Ramírez, Gioconda, Carlos Fernando, Danilo Aguirre, Francisco Chamorro, Onofre, Dora María o alguno de nuestros locuaces obispos. Que alguno de ellos alzara su voz justiciera o esgrimiera su pluma combatiente contra los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Suecia por las brutales medidas represivas que, en coordinación con varias instituciones financieras privadas, han desplegado para dañar con encono la persona de Julian Assange.

La única razón que motiva semejante ferocidad es, como sabemos, la divulgación para el gran público, por parte de Wikileaks, la web que dirige Assange, de contenidos informativos que ponen al descubierto, junto con algunas pocas maniobras sórdidas (una ínfima parte de la sordidez que muchos conocemos), la hipocresía, la arrogancia, la ausencia de escrúpulos y la estrechez mental de los funcionarios diplomáticos que trabajan para Estados Unidos y sus socios europeos.

Existe una correlación inversa entre la función educativa y liberadora de la información divulgada, y el odio destructivo que los gobiernos y entidades privadas mencionadas, muestran contra Assange. De la misma manera, existe una correlación inversa entre las frecuentes alharacas de los apóstoles nativos de la libertad de expresión y el silencio obsecuente que guardan en este caso.