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Si uno vuela desde Puerto Príncipe a Managua, se da cuenta de que entre el primer puesto en la cola de todas las estadísticas de desarrollo humano que suelen otorgar a Haití y el segundo que a veces ocupa Nicaragua, aunque otras se interpone Guatemala o Bolivia, hay mucha distancia. Y muchos centros de salud, muchas carreteras asfaltadas, muchos proyectos de desarrollo urbano y agrícola, muchos años de adelanto. Sólo viniendo de Haití, uno puede creerse que Managua es una ciudad moderna, algo desarrollada. Es la misma sensación, pero al revés que se tiene viajando desde Managua a San José de Costa Rica o a Bogotá. En unas horas de vuelo ya estás en otro mundo.

Sin embargo, esos dos últimos escalafones del desarrollo económico y social en América Latina que suponen estos dos países que baña el Caribe, se hermanan en algunas traiciones con que se les ha golpeado.

Digo traiciones, porque no se puede hablar de otra cosa al comprobar el altísimo número de víctimas de la leptospirosis. Si hubiera sido un fallecido, dos, tres, cinco, podríamos hablar de mala suerte, de las consecuencias de una mala época de inundaciones, y de la posterior abundancia de ratas. Pero cuando la cifra ya supera los cincuenta, estamos hablando de una dejación muy grave del Estado y los organismos de salud. Y cuando se considera el desastre del servicio de limpieza de basuras, que sólo una vez funcionó durante meses con cierta corrección en Managua; cuando se evalúa las horas escasas de acceso a agua potable que la inmensa mayoría de la población tiene, o la falta de costumbre en la higiene pública (aún desde los buses y los carros se miran volar bolsitas de agua, restos de comida a todos los cauces), es más fácil saber dónde se pone el dedo para acusar a los culpables.

Si todos los muertos por leptospirosis se hubieran juntado en un solo lugar, a las puertas de cualquier hospital, estaríamos hablando de una tragedia humanitaria. Pero a pesar de la distribución de vacunas, las muertes por esa horrible enfermedad que sólo es atribuible a la miseria y al abandono han seguido ocurriendo. Y cuando se ve el gran aparato del Estado más preocupado en su pulso con Costa Rica por la isla Calero, y cuando se ve a los representantes de las universidades y de los estudiantes marchando por las calles a gritar por Nicaragua y su soberanía, todo parece un juego, un alegre juego mortal de no querer mirar fijamente a la Nicaragua real, la de cada agonizante por leptospirosis, y no la de un mapa confuso e incierto.

Cada uno de esos muertos merecería un funeral de Estado, una ceremonia de perdón, porque no hubo país soberano, ni jóvenes, ni instrumentos suficientes para que no murieran de pura miseria.

Y aún así, Managua, Nicaragua, muy lejos de Haití, y de su capital Puerto Príncipe. El cólera, otra enfermedad de la miseria se ha cebado con el país haitiano. Un sacerdote que trabaja en la frontera con República Dominicana y a quien muchos nicaragüenses han enviado ayuda, nos remitía hace poco el comentario de un amigo suyo: “Ahora sí, parece que Dios autorizó al diablo para que se llevara a los haitianos”.

Muchos haitianos han considerado, desde la primera misión de la ONU en el país, que las tropas de cascos azules constituyen un ejército de ocupación. Ahora, cuando alguien circuló la información de que la bacteria del cólera que pudo haber originado el brote mortal es de origen asiático, la mayoría de la gente ha culpado a los soldados nepalíes de la ONU, presentes en el país. Lo demás es caos. Porque si bien es cierto que muchos de los problemas actuales tienen su origen en el pasado remoto y en el más cercano, las tropas de la ONU nunca han sido muy bien consideradas, tampoco había muchas alternativas frente al caos que originó la invasión de Haití y la expulsión del ex presidente Aristide. Lo peor que le podría suceder a Haití es que las agencias humanitarias no pudieran llevar a cabo el trabajo que deben hacer para tratar de atajar el cólera. Es cierto que enfrentar las consecuencias de un gran terremoto en un país con tantas dificultades ha sido una hazaña, pero también es difícil comprender la descoordinación de tantas organizaciones sobre el terreno para que ahora se le salga de las manos este cólera del demonio que se está llevando a los haitianos. Muchas de las iniciativas que los países donantes prometieron esperaron a la celebración de elecciones. Pero el cólera no respeta el periodo electoral. Y la trágica realidad impone problemas más urgentes que resolver.

Managua queda muy lejos de Puerto Príncipe, o muy cerca según se mire. Y están muy cerca en la tragedia de alguien que muere porque ha vivido en un país que olvida a los suyos. Nicaragua se recrea en fiestas patrioteras o saca a sus jóvenes a gritar que el río San Juan es Nica, mientras no lamenta, ni grita, ni sale a la calle, para gritar que quien muere de leptospirosis también es nica, como el río San Juan. Eso debería ser la prioridad del Estado.


franciscosancho@hotmail.com