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Cuando Somoza II (Luis A. Somoza Debayle) preguntó por qué Pedro Joaquín Chamorro Cardenal condenaba sistemáticamente sus acciones gubernamentales, Diego Manuel Chamorro atinó esta frase, legitimada por la complicidad de la sangre: “Porque tiene la terquedad de los Chamorro y la arrogancia de los Cardenal”. Pero, ante todo, Pedro Joaquín era Chamorro: heredero y epígono de una familia prócer y patricia, enquistada en las raíces de la República, la cual produjo cuatro jefes de Estado electos: Fruto (1853-55), Pedro Joaquín (1875-79), Emiliano (1917-1920) y Diego Manuel (1921-23); además de dos encargados interinos del Poder Ejecutivo: Fernando (1860) y Rosendo (1923). Sin embargo, nunca fue integralmente conservador, mucho menos oligarca nato, como señalaban sus detractores.

Más que de ideas, era un hombre de principios y pasiones. Un líder sin carisma, pero que daba la cara en permanente e indoblegable actitud contestataria, acrecentada con el temple y el valor personales que poseía en grado sumo. Y esa actitud o acción política, una de las más intensas que haya vivido un dirigente de su tiempo, la desarrolló entre dos organizaciones, a cuya fundación contribuiría más que nadie: UNAP (Unión Nacional de Acción Popular), en 1949, y Udel (Unión Democrática de Liberación), en diciembre de 1974; movimientos que, concebidos como alternativas coyunturales, fracasaron. Si el primero se limitó a un juvenil intento de tendencia social demócrata, surgido durante la dictadura de Somoza I, el segundo articuló un bloque opositor dinámico y pluralista que aprovechaba las experiencias de la UNO (Unión Nacional Opositora) de 1967.

En consecuencia, todo el protagonismo histórico de Pedro Joaquín funcionó en el contexto de la “Somozagua” moderna, o más bien, del “somozato” hereditario o “dinástico” —como lo calificaban sus opositores— a partir de 1956, fortalecido con el desarrollismo de los años sesenta y descaradamente corrupto en los setenta. De ahí que Pedro Joaquín haya encarnado la oposición real a ese sistema y combatiese la formal, “zancuda” o colaboracionista que llegó a representar, en las elecciones de 1963, su pariente Diego Manuel como candidato del Partido Conservador Nicaragüense. Y de ahí también que impugnase la institucionalización de la mentira y del “monocultivo” político desde su trinchera diaria: la página editorial del medio escrito que había heredado como patrimonio familiar.

En esta página, conquista de la libertad de expresión que defendía y pregonaba, plasmó su ideología, vinculada a las de dos figuras cardinales de la segunda mitad del siglo XX: John F. Kennedy y Juan XXIII. Porque Pedro Joaquín era reformista, igual que ambos. En ese sentido, no creía en una insurrección sangrienta, sino en un cambio democrático de signo cristiano. Tampoco en el socialismo marxista que, según él, repartiría la miseria en Nicaragua, sino en una movilización cívica en la que participasen todos los sectores de la población.

Pedro Joaquín planteaba la búsqueda de reformas —tanto en lo político como en lo socioeconómico— para lograr un desarrollo “con mayor contenido de justicia e igualdad”. No veía en el Gobierno un exclusivo motor de producción material. Por eso atacó la tecnocracia del grupo “minifalda” que asesoraba a Somoza III en su primera administración (1967-1971), ampliando esta sentencia de Pablo Antonio Cuadra: “No creas en la alianza del dinero con la ametralladora, porque heredarás a tus hijos no el dinero, sino la ametralladora”. Lo que deseaba era una restauración de la vida institucional y la práctica concreta de los principios constitucionales y de los derechos civiles; la proyección social de las empresas privadas, la consolidación de una clase media fuerte y orgullosa; en fin, una necesidad siempre vigente: la “Revolución de la Honradez”.

Acérrimo defensor de los derechos humanos —sobre todo de los más pobres— y de la libertad de prensa, denunciaba la corrupción administrativa en todas sus manifestaciones y el enriquecimiento ilícito. Promovía la memoria del “General de hombres libres”, pero también exaltaba la de “los hombres humildes”: Emiliano (caudillo mítico de la oligarquía), olvidándose de su “lomazo” de 1925 y de su inconstitucional gobierno efímero de 1926. Pedro Joaquín optaba por el Voto y no por la Bota —aunque esta se la calzó, por cierta emergencia desesperada, en 1959. Mas no cuestionaba al Ejército de entonces, sino su origen interventor y su carácter pretoriano y partidario, condenando sus abusos delictivos e insistiendo en su apartidarismo y “nacionalización”.

Propugnando una república plural en sus últimos días, la coyuntura lo condujo a considerar una alianza con la fracción tercerista del FSLN, de la que fue su prominente expresión pública el “Grupo de los Doce”, autollamándose “probable número trece”; pero su destino como mayor representante civil de la lucha antisomocista ya estaba trazado, culminando con su magnicidio. Mejor dicho: con su martirio que constituiría el detonante de la caída del “régimen nefasto y vergonzoso”, al que repudió durante casi toda su existencia.

Una existencia marcada por dos roles inseparables: el de político y el de periodista, sin prescindir de dos no menos importantes que desempeñaría paralelamente: el de empresario y, sobre todo, el de jefe de clan o de hermano mayor. Fundidos en su personalidad, habría que agregar el complementario de narrador que la censura de los años setenta hizo aflorar.

Este es mi medallón de Pedro Joaquín, simplificado, pero coherente con su trayectoria. Asimismo coherente fue su actitud ante Fidel Castro, a principios de 1959, cuando viajó a La Habana, con el fin de solicitar apoyo para su intento armado de Olama y de los Mollejones. Castro se lo negó, argumentando que no estaba dispuesto a dárselo porque él era un reaccionario de los Chamorro “vendepatria”. Pedro Joaquín le replicó que él era de otra generación y su ideología distinta de la de sus antecesores. Pero también le aclaró: “La sangre que llevo en mis venas no me la puedo sacar”.