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“La vida es una sucesión
de lecciones que deben ser vividas
para ser aprendidas”
Emerson (1803 – 2882).

Al concluir un año y más que eso, una década del calendario que pasa, la primera del milenio, por la manera peculiar con que medimos lo que llamamos tiempo - aunque Ernesto Cardenal escribe en Canto Cósmico (1989) que “nunca se ha probado en un experimento que el tiempo pasa / que nosotros pasamos, es otra cosa”- en la cual hemos tenido la oportunidad de vivir a pesar que, quienes leemos este artículo, somos, en el sentido irónico y textual, hombres y mujeres del siglo pasado, conviene preguntarnos: ¿Qué hemos aprendido como individuos, como generación y como sociedad?

Somos en primer lugar individuos, seres distintos en evolución, aunque, por la fuerza de la costumbre nos resistamos a cambiar, nos sorprendemos; estamos llenos de dudas y en busca de certezas que a fin de cuentas nos llevan a nuevas incertidumbres. Es el ciclo inagotable del ser humano. Acumulamos una multitud de experiencias, prejuicios, éxitos, fracasos, desencantos, esperanzas, desesperanzas, etc., que quizás no terminamos de entender, ordenar ni discriminar.

Cuando leemos un libro, por muy extenso que sea, al final de tantas páginas y palabras, puede ser que uno perciba que en un párrafo, en una o dos ideas, para nosotros (y no necesariamente para otros), está lo que justificó el esfuerzo -además del beneficio del esparcimiento necesario que puede llevar una buena lectura-. Quizás conocimos muchos datos e informaciones, pero, limpiando todo, dejando lo esencial, nos queda marcado aquello que nos ronda en la cabeza, sacude nuestra conciencia o nos mueve con fuerza a hacer o dejar de hacer algo. Eso es lo que vale la pena aprender.

Realmente es poco lo que se debe y puede aprender en el sentido profundo del aprendizaje, es cierto que desde que nacemos estamos recibiendo informaciones y estímulos, pero los verdaderos aprendizajes de un año o de toda la vida, son pocos, pueden ser enunciados, si nos atrevemos a hacerlo, si nos detenemos a identificarlos, en unas cuantas frases sentidas aunque no siempre posibles de expresar, lo demás, allí queda, son como peldaños o antecedentes para llegar a lo fundamental, si es que lo hacemos y no dejamos pasar las cosas con irresponsable indiferencia, sin percatarnos, obligados a repetir cada época, cada vida, por nuestra torpeza de no digerir ni asimilar, de pasarlo por alto a pesar de tener en frente, con claridad, lo que hay que aprovechar. Durante su existencia, incluso grandes científicos, escritores y artistas, es posible que trabajen persistentemente, aun sin saberlo, para lograr su única obra, su propósito, todo lo demás, aunque sea mucho, a fin de cuentas, le llevarán o acercarán al camino de lo principal, que quizás no siempre dé tiempo ni fuerza para concluir.

Somos parte de la generación que participó en la insurrección armada, que hizo la revolución y la contra revolución, que hizo la guerra y logró la paz, que participó en la Alfabetización y muchas otras jornadas voluntarias de diverso tipo, que eligió y fue electa, que gobernó y gobierna, fue y es oposición, que participa en la administración pública y privada, se involucró en las organizaciones políticas y sociales, que vivió una música, unas costumbres y modas, que escribió y leyó sobre algunas cosas, que comenzó a usar, ya avanzada su existencia, la informática, el internet, los celulares, la televisión por cable y las tarjetas de crédito que ahora, para muchos, se han convertido en cuestiones indispensables, cuando sabemos (aunque lo olvidemos) que durante nuestra juventud, ni sabíamos de ello y nuestro mundo, el que no ha terminado de extinguirse todavía, funcionaba. Nos sorprendió el hombre en la Luna, la incomprensión de un universo expandible, la genética, el Gerona humano, la electrónica en todos los campos y la aceleración de los cambios en todos los ámbitos de la existencia. La información nos satura y fluye sin rumbos, nos agobia; los mitos y paradigmas se derrumban ante nuestros pies a pesar de nuestra incredulidad y que a veces ni nos damos cuenta por la prisa y su abundancia.

Cada existencia humana, normalmente tiene la oportunidad de coincidir durante cinco generaciones, dos antes y dos después. Cuando nacemos podemos conocer a nuestros abuelos (1) y a nuestros padres (2), estamos nosotros (3), después quizás nuestros hijos (4) y finalmente llegan los nietos (5). Cuando las cosas se prolongan más allá de la esperanza de vida, por aquello que don Josecito Cuadra Vega (Granada, 1914) dice que no le desea a nadie: “la terrible ancianidad” o esa “enferma-edad” a la que se refiere Roa Bastos (Paraguay, 1917 - 2005), una bendición, dicen algunos, o cuando se han adelantado a las edades razonables para tener hijos y establecer esas obligaciones, entonces podemos cruzarnos hasta siete generaciones, tres antes y tres después, podemos conocer a los bisabuelos y algunos podrán llegar a ser bisabuelos. Esos grupos etários que se cruzan, cada uno con su marca, guarda sus características indelebles y similitudes, aunque de todos se es influido, por la conciencia colectiva.

A esta generación a la que pertenecemos – no por el pensamiento o estilo, sino por la época común que impone similitudes en la diversidad- conviene preguntarnos: ¿qué hemos realmente aprendido y qué enseñado a las que siguen? Enumeremos las lecciones aprobadas ¿en qué estamos reprobados y qué queda pendiente? No es asunto de tecnologías ni cuantificaciones sino de existencias y comportamientos. Lo que no se aprende estará obligado a repetirse, al igual que el año aplazado o las clases no reparadas. Nuestra generación con esas otras generaciones que se entrelazan en nuestra transición constante, en el relevo natural que acompaña nuestra temporalidad, ¿qué ha aprendido? ¿Qué lecciones asimiladas podemos enumerar para marcar la época que continuamos transitando?

Hay afirmaciones y preguntas que parecen obvias pero no lo son para todos: ¿nos damos cuenta que vivimos, que somos parte de una generación que es parte de una sociedad en una cambiante realidad histórica, humana, social y política? No podemos ser ajenos en donde estamos. Si no se toma uno un tiempo de vez en cuando, cuando pasa un acontecimiento o como cuando se termina de leer un libro o ver una película, y te queda esa sensación de lo visto y leído, le das dos vueltas en la cabeza a lo esencial que quedó, a la experiencia, la imagen, el sonido, a la idea que justifica el haber visto y leído, entonces, tal vez adviertas que estas tirando a la basura lo recorrido; lo vivido puede ser que se vuelve casi nada.

El tiempo no debería pasar como una secuencia cuantitativa de acontecimientos exógenos, sino transcurrir como un camino que vamos andando, y mientras lo andamos, lo vemos, tocamos y sentimos. Vivir es estar presente y no ausente. Para aprender hay que estar allí. Lo que se aprende es poco, lo fundamental es lo importante. Quizás de los días que tiene un año o de los tantos años de puede durar la vida, vale recordar seis o siete, aquellos que han marcado nuestro rumbo, pero más que eso, aquellos en los que hemos comprendido algo que ha quedado sellado como lección aprendida. Mucho de lo otro, se olvida.

Si al detenernos a pensar, nos damos cuenta que no sabemos qué aprendimos durante los cuarenta, cincuenta o sesenta años vividos que representa nuestra generación, entonces deberíamos preocuparnos con responsable entereza y serenidad. ¿Creemos que, como hemos aprendido mucho, nos resulta imposible precisarlo? En ese caso, es probable que hayamos cumplido tantos años, que hayan ocurrido innumerables acontecimientos, pero como un copioso aguacero, cuando caía, no nos hemos mojado ni tenido tiempo para entenderlo, entonces nuestra existencia se ha filtrado por una cañería sin dejar la esencia de las cosas.

Si como generación, un colectivo impreciso, desigual y cambiante, no somos capaces de recoger las flores del jardín plantado ni limpiar la maleza de nuestros campos, preguntémonos ¿aprovechamos o perdimos nuestro tiempo?, no se trata solamente de las loables intensiones de lo que quisimos y seguimos queriendo, sino también de lo que hicimos y seguimos haciendo. Somos una generación histórica, todas las generaciones tienen algo de históricas, pero algunas están más marcadas que otras, la nuestra indudablemente lo es. ¿Cómo lo juzgarán en el futuro las generaciones que siguen?

Al pasar la vista sobre estas palabras escritas, si encuentras, apreciado lector y lectora, unas líneas o ideas que vale la pena recordar, tómalas y tira a la basura el resto. Eso es, a fin de cuentas, la pequeña lección que justifica el esfuerzo de haber dedicado parte de tu vida a esta lectura y la mía para escribir.


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