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Hagamos un alto en el camino por la empinada cuesta arriba que una vez más pretendemos subir, antes de tropezar y caer rodando para volver a empezar. Observemos con paciencia e inteligencia, sin las ofuscaciones pasionales, el panorama ante nuestros ojos. Tratemos de ver el horizonte real, no el virtual. Tratemos de encontrar la verdad real, no la que debería ser.

Tomemos Nicaragua y examinémosla. Aunque es un país territorialmente pequeño, es rica en recursos naturales, y es el país de Centroamérica no sólo de mayor extensión territorial, sino el de mayor extensión productiva de su territorio.

Hace años, reunidos en Miami en la casa de habitación de Ernesto y Coco Rivas (q.e.p.d.), discutíamos la redacción de una declaración sobre la situación política de la patria, y alguien escribió que “Nicaragua era un país pobre y con hambre…” cuando acertadamente un prominente empresario, (de los de antes), hizo la reflexión de que Nicaragua no era un país pobre y hambriento, sino que era un país pequeño y rico en recursos, pero que lo habíamos hambreado, así que cambiamos la expresión de “país pobre y con hambre”, por la de “hambreado”, ya que si había hambre, se debía a la acción infausta de sus nacionales.

En Nicaragua cohabitan modalidades casi africanas de miseria de una mayoría junto con ostentosos niveles de lujo y prosperidad de una minoría que lo controla todo. Chozas de paja y cartón junto a espléndidas mansiones. Los Mercedes Benz y las camionetonas de lujo son asediados en los semáforos por enjambres de limosneros y vendedores de cualquier cosa que buscan cómo llevarse un poco de comida a la boca para sobrevivir.

Los barrios bajos y los cinturones de miseria que rodean la ciudad hierven de víctimas de la realidad social, vagos, desempleados, rateros y algo peor, son víctimas de drogas adictivas. Los mismos pobres, ante estas amenazas sociales, viven en la zozobra sin la posibilidad de protección que gozan los ricos que pueden pagar servicios de seguridad. En Nicaragua no se consigue establecer un Estado en el que los intereses y los valores de la inmensa mayoría se vean reflejados.

Siempre existen quienes predican el cambio que perpetuamente resulta solo en cambiar el vestido del muñeco. Solo la formación de la persona garantiza el cambio, y junto con la formación, son vitales los valores, actitudes y creencias que se inspiran. Formar ciudadanos no es diferente que organizar una familia y formar buenos hijos. Si a nuestros hijos, desde muy temprano, les enseñamos buenas costumbres, a ser ordenados, a fijar metas, ser puntuales, respetuosos, responsables e intelectualmente curiosos, si enseñamos principios cívicos, estaremos aumentando la posibilidad de riqueza en los valores de la comunidad nacional.

Hay tratadistas que dicen que la libertad política no es una inclinación natural de los hombres, sino un ideal, al que se llega por refinamientos culturales progresivos y por una elevación lenta de la calidad de la responsabilidad moral-cívica de los ciudadanos. Eso lo vemos en los países europeos, particularmente en Inglaterra. Según algunos, lo natural entre los hombres es la necesidad de vivir, como en la mayoría de los países de América Latina, y esa necesidad convierte el ideal de libertad política en nada más que un sueño.

Encontramos que esa circunstancia de la necesidad de vivir sobrepuesta al ideal de libertad política democrática es recurrente en la historia de Nicaragua. Sobre este fenómeno hay muchas críticas en los medios de información, pero sin que nadie se atreva al análisis de las causas.

Básicamente, hemos fallado en equilibrar la libertad democrática con un sistema de justicia social. Tenemos en la Constitución y las leyes, una serie de derechos que la inmensa mayoría de la masa popular empobrecida y hambreada, está incapacitada para ejercer y utilizar. Esos derechos, cuyo goce ideal la ley reconoce, son negados por la pobreza, por lo que quedan relegados como una cruel ironía del destino.

La minoría enriquecida, la gran empresa socialmente irresponsable, conforma una sociedad fría y materialista, cuyo único estímulo es el goce material y vive por el interés, y es de ahí de donde se deriva el criterio en Nicaragua, de que, en política todo es posible, como interpretación eufemística de que en política todo está permitido. Los políticos de todos los colores, y aún los integrantes de la sociedad civil, dicen que luchan en defensa de la libertad y la democracia... Libertad de pensamiento, de expresión del pensamiento, de participación política y libertad de acciones económicas, pero al final, sólo estimulan la libertad económica, concentrada en un sector, para hacer sus negocios, y eso, desequilibra y nulifica los otros ideales y derechos, y los confronta, porque, en la práctica, el poder económico domina las libertades de la mayoría desposeída a la que nadie está interesado en educar ni orientar. Se produce, lo que dijimos al inicio, que el poder económico de la minoría, resulta en una Nicaragua “hambreada”.

La extrema derecha nicaragüense nunca consideró la riqueza como sustento de la democracia y la libertad, ni se le ocurre la mejor distribución de la riqueza nacional como infraestructura de la democracia. Se contenta con asumir que la declaración normativa de igualdad ante la ley y la libre empresa, simplemente con enunciarlas, serán capaces de hacer un Estado democrático y libre, cuando la realidad, en la práctica, demuestra lo contrario, que en ese Estado enunciativo los principios no pasan de las apariencias, y el pez grande se come al más pequeño. ¿De que les sirven a los pobres hambreados declaraciones constitucionales de democracia y libertad, si por falta de recursos, no tienen la menor posibilidad de justicia?
La justicia en un país como Nicaragua, igualmente como el ejercicio democrático, solo es para quien tiene los recursos económicos para reclamarlos y la cultura para entenderlos. Ese desequilibro socio-económico y Estado de injusticia social, produce los clientes del sistema político clientelista en una sociedad mercantilista.

La democracia nicaragüense sólo ha sido una democracia que se queda en simples formulaciones y declaraciones de principios. Eso lo sabemos los políticos, las elites y la sociedad civil. Hasta ahora, en medio de todas las discusiones de mercaderas a que ha quedado reducida nuestra politiquería, y ante el próximo proceso de elegir un nuevo presidente de la republica, no hemos escuchado a nadie, que mencione el verdadero cambio necesario, ni que toque la llaga del verdadero problema de Nicaragua, donde la necesidad de vivir se antepone al ideal democrático, ni hemos visto a nadie que se atreva a ponerle el cascabel al gato.

Últimamente se habla de un aumento significativo de las exportaciones, pero esa riqueza no se filtra hacia los de abajo. Queda arriba en las cuentas bancarias de quienes lo controlan todo. E ahí, una de las necesidades de cambio.

Cuánta falta nos hace un dirigente político con visión y autenticas cualidades de estadista.