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Cuando los dioses quieren destruir a alguien –decían los antiguos griegos–, primero lo vuelven loco, arrogante, orgulloso, desmedido en su confianza en sí mismo, en sus fuerzas. Una lectura de Los trabajos y los días, de Hesiodo, podría llevarnos a la conclusión de que este mismo sentimiento fue el que llevó a la perdición a las primeras “razas” de hombres. Zeus los destruyó por su arrogancia. Similar lectura de la historia centroamericana podría indicarnos que una hybris similar –así llamaron los griegos a dicho sentimiento– ha cegado desde la independencia, hace casi ya dos siglos, a las calases dirigentes de los minúsculos Estados, hoy repúblicas. Por eso el fracaso, la perdición. Vale decir, la desintegración. Parece que los dirigentes centroamericanos, en distintas épocas, no lograron comprender que no eran viables países tan pequeños, con tan escasa población, recursos limitados, posibilidades técnicas casi nulas para explotarlos. Podría afirmarse también que en realidad las elites de la región nunca estuvieron interesados en construir una nación, sino en armar un boceto, una caricatura lo más parecida a un país independiente para usufructuarla a su gusto y antojo.

La actual disputa en la que se han enfrascado Costa Rica y Nicaragua es otra manifestación de esta hybris, cada uno cegado y empeñado en querer imponer su razón al otro. Pero los gobernantes de ambos países podrían convertir esta querella en una oportunidad que beneficie, en primer lugar a los pobladores de la zona; en segundo, a ambos países; y a nivel más general a toda Centroamérica. ¿No podría resolverse este conflicto con un acuerdo que siente las bases de la unidad centroamericana tan necesaria en estos tiempos y tan cantada en discursos conmemorativos de fechas patrias? La grandeza de un dirigente, la calidad de estadista, está en ver más allá de los intereses inmediatos y ciertamente egoísta del individuo y del grupo. Los gobiernos de ambas naciones deberían pensar como centroamericanos y cortar definitivamente con ese espíritu que los historiadores decimonónicos de la región denominaban como “localismos”. (Ah, cómo falta hace un pensador como Vicente Sáenz).

¿Cuándo entenderán los líderes del área que el mejor camino para Centroamérica es la unidad? Desintegrados como ahora, nuestros países tienen muy pocas posibilidades. Son tan débiles, tan frágiles e irrisorios, que bien merecido tienen ese adjetivo que tanto indignó a Rubén hace un siglo: “republiquetas”; países que no pueden garantizar alimento, techo, salud, trabajo ni la seguridad a su propia población; naciones con menor capacidad operativa y económica que cualquier grupo de empresarios dedicados al comercio ilegal de estupefacientes (léase narcotraficantes, que un día serán tan respetables como lo son ahora los descendientes de los esclavistas).

Ojalá que todos los dioses iluminen a nuestros líderes para que transformen este nuevo conflicto en torno al San Juan en una oportunidad para construir una nación; una verdadera nación que se haga escuchar en la arena internacional y pueda por lo menos satisfacer las necesidades básica de todos sus pobladores.