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Este año comenzó con numerosos jóvenes muertos y heridos en el período de las fiestas y una población llamando desesperada al Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev, por el incremento de la inseguridad y la impotencia en que viven. Nuestros promotores en las comunidades atendidas en los distritos IV, V, VI y el municipio de Tipitapa manifestaron que al menos 17 jóvenes perdieron la vida a balazos en esas comunidades. Diecisiete familias más viven ahora esta tragedia.

La misma situación que nos relataron está ocurriendo también en una gran cantidad de barrios de la capital: Los padres y madres temen intensa y cotidianamente por sus hijos, cada vez que salen y pasan unas horas sin saber de ellos, cada vez que suben a un bus, incluso cuando van a la escuela. Existe una especie de terrible resignación cuando son heridos o mueren. Hay temor de poner denuncias, de hablar siquiera de lo que está ocurriendo.

La población en general tiene miedo, los asaltos son tan constantes que algunos comentan que en sus barrios no hay un vecino que no haya sufrido robos. En demasiados hogares hay armas de distinto calibre, desde hechizas hasta subametralladoras, unos se arman para asaltar y otros para defenderse. La inseguridad se ha convertido así en un tremendo negocio centrado en el tráfico de armas y municiones, pero que abarca muchos bienes y servicios más.

El consumo de droga, vinculado con el tráfico de armas, se ha incrementado a tal grado que existen servicios express para entrega a domicilio, y las adicciones constituyen desde hace mucho el principal problema de salud que afronta la juventud. En este ambiente de descomposición se ha incrementado también la explotación sexual de niñas y adolescentes, el tráfico de personas y de mercancías, la descohesión social y la desesperanza.

Los delitos están siendo empujados en primer lugar por la desocupación y la falta de oportunidades, luego por las adicciones en particular a la “piedra” y también por la presión que ejerce la publicidad comercial hacia el consumo de bienes inalcanzables para los magros ingresos de la población, por ejemplo de celulares, que se han convertido en el artículo más deseado por los adolescentes.

Todo ello se combina con las tensiones y la violencia intrafamiliar que van creciendo en proporción semejante a la frustración masculina. Debemos recordar que el desempleo impacta directamente en la violencia intrafamiliar y juvenil, pues un hombre afectado en su sentido de “masculinidad”, por la falta de trabajo e ingresos busca recobrar a través de la violencia el sentido de poder que siente amenazado.

Esta crisis se refleja también en los enfrentamientos de pandillas y ese enojo social que en otros tiempos se canalizaba a través de los partidos o guerrillas, ahora alimenta los pleitos por territorio y la actividad delictiva.

En estas sociedades orilladas de la economía global, donde las actividades informales pero sobre todo las ilegales están desplazando cada vez más la economía formal, y donde se fortalece paralelamente una legitimación e institucionalización de la ilegalidad, los valores entran en completa crisis cuando se trata de elegir entre un ingreso rápido por la vía del delito o la actuación íntegra y honesta en medio de la desocupación, la falta de oportunidades y el hambre.

Finalmente, el ideario machista toma cada vez más fuerza en medio de la cultura de la muerte y yoquepierdismo que reina entre los jóvenes, al estilo de los corridos mexicanos tan populares entre los narcotraficantes y del culto a la “santa muerte” y otras proyecciones religiosas de esta manera de vivir el instante en un camino sin salidas.

Frente a este complejo panorama, se hace imperativo unirnos. No hay otro camino para una sociedad tan vulnerable como la nuestra. Debemos superar con urgencia la descohesión entre Estado, sociedad civil, iglesias y comunidades mediante una estrategia de prevención de violencia y seguridad que tenga como prioridad el desarme de la población y el desaliento del uso de armas. Para ello se necesita deponer la rivalidad o conflictos institucionales y realizar alianzas y acciones conjuntas a nivel comunitario y municipal.

En este año electoral se requiere que los partidos acuerden desde ya una campaña pacífica y la renuncia al uso de todo tipo de armas, incluyendo morteros, como también acuerden evitar provocaciones y ataques personales que alienten la violencia.

Una buena opción sería crear políticas de empleo o aliento a la pequeña empresa en zonas críticas afectadas por la violencia, es necesario que el Gobierno, el COSEP, las iglesias y la sociedad civil actúen unidas para brindar oportunidades de capacitación y empleo a jóvenes más vulnerables.

También necesitamos unirnos para promover los valores del bien común y la solidaridad frente a los de la ganancia individual a cualquier costo, para lo cual se requiere también un sentido de masculinidad desligado de la ganancia a cualquier costo, de la violencia y el uso de armas. Hemos tenido bastante progreso en las comunidades con estos enfoques, y llamamos a incorporarlos en las políticas de educación y en general en las políticas públicas.

No hay muchas alternativas, o nos seguimos dividiendo y sucumbimos a la presión del crimen organizado o nos cohesionamos como sociedad para resistir el embate y apoyar con nuestra propia fortaleza la cohesión centroamericana. Es importante decidirlo y actuar desde ya.


*Directora Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev