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Creo que Fran tenía una de las mejores sonrisas del mundo. No era la que hacía con los labios, sino con los ojos. Y las arrugas que le salieron tan joven a ambos lados de los ojos, eran la huella de su risa. La última vez que nos vimos, dos días antes de su muerte, hablamos mucho sobre Juan de la Cruz (una obsesión a la que someto a quien tenga la paciencia de escucharme). El poeta español del siglo XVI que la iglesia católica nombró santo, pero que también fue el autor de los poemas de amor más importantes en nuestra lengua. Le conté lo que estaba investigando y escribiendo sobre él. Le conté algo que está entre lo real e imaginario.

Lo real fue que Juan de la Cruz sufrió el encarcelamiento y la tortura a manos de sus propios hermanos de la orden del Carmen en Toledo. Pasó ocho largos meses en una celda oscura y a base de pan y agua, y azotes y humillaciones. La celda era tan pequeña que su cuerpo, corto de estatura, no cabía tendido en el suelo. Ya se había resignado a morir allí. Todo su proyecto de ayudar a Teresa de Jesús para volver a la sencillez y la pureza evangélica, su hallazgo de relacionarse con Dios a través de la intuición libre del amor, ya no tenía sentido si se estaba condenado a la oscuridad. Pero Juan de la Cruz era un poeta.

(Mientras contaba esto, Fran me miraba tragando cada palabra con los ojos, y con ellos se reía de esa manera tan suya. Habíamos acordado que nos veríamos una hora de café. Ya llevábamos tres y su capuccino se había enfriado totalmente, como esa noche de diciembre que hizo tanto frío en Managua.)
Un día, un fraile joven que custodiaba a Juan de la Cruz, le hizo la caridad de entregarle pluma y algo de papel, y allí volcó una pasión hecha poesía: El Cántico Espiritual y la Noche Oscura del Alma. En la Noche Oscura, se narra cómo la enamorada se escapa cuando oscurece, “estando ya su casa sosegada”, sin ser vista, disfrazada, sin otra luz ni guía que la de su intuición. Es la búsqueda de la unión mística con el amor más pleno. Ese afán tan humano de lo absoluto. Juan de la Cruz se quedó sin papel y no pudo terminar los versos.

Hubiera muerto allí, le dije a Francisco, resignado, triste, aceptando, como sólo una persona que se sabe libre acepta, morir en el más completo de los olvidos. Pero era un poeta. Y se había quedado sin papel. Como en sus versos, imitó la fuga de la enamorada en la Noche Oscura. El huido cruzó Toledo hasta refugiarse donde unas monjas amigas. Lo vieron tan enflaquecido y pálido que quisieron darle de comer, pero él, aterido de frío, requirió la presencia de una hermana con pluma y papel. Se puso a dictarle el final de aquellos poemas que le habían iluminado en medio de penurias, piojos, hambre (como la que mató a su hermano pequeño) y la gran oscuridad de aquella celda, el lugar menos apropiado del mundo para hacerse poeta y cantarle al amor. Nadie ha vuelto a escribir de amor como él.

Francisco, el mejor poeta joven nicaragüense y hermano, se había propuesto para el año nuevo leer más poesía. Me pidió un libro sobre San Juan de la Cruz. Así que le prometí conseguirlo como regalo. Ya se nos había hecho de noche ese miércoles y él me invitó con timidez a un lugar donde se bailaba salsa y había unas amigas. Juan de la Cruz y después la salsa. Esas cosas sólo pueden pasar en Managua en una noche de poetas.

El 31 de diciembre, viernes, a las ocho de la noche, cuatro horas antes de su muerte, según nos consta, hablé con él por última vez. Fue una conversación telefónica. Le avisé de que ya le tenía el regalo, y nos citamos para entregárselo al lunes siguiente y seguir hablando de muchas cosas. “Sancho, gracias de verdad, por todo, gracias de verdad, brother” Es lo último que escuché de su voz, algo desvalida, lejana. Lo sentí tan apurado, que pensé que lo estaba interrumpiendo y acabé la conversación pronto.

Escribió en una nota poética de despedida que quería decir una última palabra que fuera suya. Había inventado un mundo de palabras para inventarse a sí mismo, porque decidió olvidar su infancia llena de fantasmas. Los fantasmas no se olvidaron de él. Y ahora estaba empezando a indagar en un pasado que no vivió pero al que pertenecía. Las dos personas que mejor lo conocieron (todo lo que se puede conocer a un poeta desde esta ladera), sus mejores amigos, coinciden en señalar, sin embargo, y pese a todo, su optimismo y su lucha sincera, constante, contra los fantasmas. Aunque Managua fuese el peor lugar del mundo para hacerse poeta. Unos días antes había estado con él y hablamos de su temor en las mañanas cuando salía a caminar por el Reparto San Antonio uniendo su tristeza a la miseria de escombros que veía en muchas casas. Y hablamos de Sherezade, que le contaba cuentos al sultán antes de amanecer, para evitar su muerte. Cuentos de las Mil y una Noches, sin final, de muchas cosas…
Francisco prefería la noche. Yo hubiera preferido que se escapase como Juan de la Cruz para seguir escribiendo y viviendo lo más cerca que pudiese junto a él. Cada vez que nos despedíamos yo me sentía agradecido y sabía a ciencia cierta que nos convertiríamos en grandes amigos. Así que ahora siento más su muerte que mi vida como dijo otro poeta a otro amigo, Miguel Hernández a Ramón Sijé, cuando también le dejó temprano.

Francisco era una de las mejores personas que conocía. Había transformado el horror de su memoria en una voluntad de lucha ética, de transparencia. Y además de belleza por gestos y palabras. Unas palabras con las que cumplía a rajatabla. Difícilmente en Nicaragua alguien que se proponga tantos proyectos a nivel cultural logra llevarlos a cabo, y sin cobrar un centavo la mayoría de las veces. Vivía de un salario escaso. Tenía un rigor poco habitual con los libros. Lo experimenté cuando me ayudó en la presentación de mis relatos Si estuvieras aquí. Él sabía que yo dediqué ese libro en España a una de mis mejores amigas, que se había ido del mundo como él. Y él también había sufrido lo mismo anteriormente. La muerte suele llevarse temprano a buenas personas. En uno de los poemas de su nuevo libro, Memorias del Agua, que se presentará el 3 de febrero, escribió que “algún día las palabras volverán a ser hombres y túneles hacia la libertad”. Se trata de un poema dedicado a Álvaro Urtecho, un poeta al que Francisco vio agonizar mientras creyó ver palabras que salían de su boca como volutas. Si la última palabra de Fran fue la muerte, yo no lo reconozco en ella, porque su muerte sólo era forma, también su cuerpo frío. Pero él no era eso, no esa sombra. La palabra de él era otra, su poema vivo. Siento que Fran era una especie de Magia que nos rozó mientras vivía. Algo escurridizo como los buenos trucos. Y ahora sólo espero que sea verdad lo que dicen: que conocer una buena persona, te vuelve un poco mejor.

Para uno que no tiene una gran colección de amigos, que se te vayan dos tan buenos y del mismo modo y en tan poco tiempo, es un golpe difícil. Y te confieso, Fran, que necesito y necesitaré de tus palabras de ida y vuelta, y aunque no sé decirlo como tú ni como Miguel Hernández, siento igualmente que quiero minar la tierra, escarbarla, apartarla parte a parte, que quiero regresarte, porque no perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta. Y te requeriré siempre, como “si estuvieras aquí”. Porque “tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.


franciscosancho@hotmail.com