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Las palabras, como la vida misma, corren la suerte del uso que le dan las personas en el proceso comunicativo. Resulta ocioso repetir lo que los semantistas lo han explicado hasta la saciedad: el léxico es la parte más cambiante de la lengua, si se compara por ejemplo con la gramática, y la más dependiente –como afirma Baylón- de “los hechos de la civilización, de las relaciones sociales, de la organización política, del progreso científico”. Quién que es no observa los continuos cambios que experimenta la lengua – pese a la resistencia y conservadurismo de los puristas- con la creación de nuevas palabras, la desaparición de otras, las modificaciones de la lengua escrita, las variaciones de estilo y el surgimiento de modas en la manera de escribir. Cambios observables, incluso, en la pronunciación en una misma comunidad lingüística si se comparan, sea por caso, las formas de hablar de los más jóvenes y de los más viejos. Es la necesidad de vocablos y giros nuevos – los neologismos- que se hace más apremiante en un mundo que cambia a un ritmo cada vez más acelerado.

Don Fernando Lázaro Carreter dice que la Real Academia de la Lengua Española tardó mucho tiempo en incorporar en su Diccionario voces nuevas que en el siglo XIX, particularmente a raíz de las convulsiones políticas resultantes de la Revolución francesa, emergieron para expresar “un cierto modo de vivir y convivir”. Por ejemplo, el culto y políglota Simón Bolívar empleó muchas palabras en sus documentos como patriota en 1812, vocablo que entró en el Diccionario hasta en 1817; terrorismo lo emplea en 1813 y aparece registrado hasta en 1869; liberticida lo emplea en 1826 y no llega a nuestro Diccionario hasta en 1931; el término diplomacia lo usa en 1825 y tardó siete años en ser registrado; en 1936 se incorporó la frase secretario de estado, sin embargo Bolívar la usó en 1818. El académico agrega que mucho antes que Bolívar, ya habían sido empleados los vocablos citados por escritores en España. Y concluye: “Incluso, anglicismos ahora muy de moda como congreso, rifle y complot tardaron bastante tiempo en ser registrados en el lexicón académico”.

En la actualidad, no sucede lo mismo. El avance de las ciencias, en especial el desarrollo de la tecnología, ha impuesto la necesidad de incorporar muchos términos nuevos. Sólo en el campo de la Informática podemos citar, a manera de muestra, las palabras ciberespacio y cibernauta, ambas registradas en el Diccionario de la lengua española, y chat, chatear y ciber (acortamiento del adjetivo cibernético), registrados en el Diccionario panhispánico de dudas.

Todas las lenguas recurren a procedimientos diversos para formar ciertas palabras nuevas. Son los llamados recursos neológicos. La neología es término que nos viene del griego neos, nuevo y logos, palabra, discurso o razonamiento. El diccionario académico lo define como “vocablo, acepción o giro nuevo en una lengua”. La creación del término puede ser directa por onomatopeya (Baylon explica que kodak fue creado por el inventor americano Eastman, hacia 1889, a imitación del ruido del disparador del aparato) y por creación indirecta, a partir de las palabras ya existentes en la lengua, procedimiento al que nos vamos a referir.

Neología formal (morfológica)

Los recursos neológicos pueden formar la palabra nueva a partir de cambios morfológicos de vocablos ya existentes en nuestro propio idioma. Los más importantes son la composición y la derivación; por ejemplo, de los sustantivos aéreo y nave se forma otro, nuevo, aeronave (“vehículo capaz de navegar por el aire”); o teledirigido (un adjetivo que se refiere a un “aparato guiado por un mando a distancia”) formado del elemento compositivo tele (del griego tele, lejos o a distancia) y dirigido (participio de dirigir). Puede ocurrir una reutilización del recurso morfológico como el caso de telediario, formado del acortamiento de televisión y diario, para significar la “información de los acontecimientos más sobresalientes del día, transmitida por televisión”. Del habla nicaragüense podemos citar, como muestra, dos verbos formados con el prefijo des- y los sustantivos “chincaca” (rabadilla) y “marimba” (costillas de una persona), respectivamente: “deschincacar” (golpear) y “desmarimbar” (caerse estrepitosamente).

Hay, además, otros procedimientos como la abreviación – de origen oral- que consiste en la reducción de una palabra mediante la supresión de determinadas letras o sílabas. Son casos de abreviación los acrónimos, que son siglas que se pronuncian como una palabra como sida, láser, ovni, etc. El otro procedimiento por abreviación es el acortamiento, que consiste en la reducción de la parte final o inicial de una palabra para crear otra nueva; por ejemplo, cine (cinematógrafo), bici (bicicleta), bus (autobús) y taxi (taxímetro).


Neología semántica (de sentido o
de contenido)
Una palabra nueva puede formarse también a partir de vocablos ya existentes en nuestro idioma, los cuales sufren cambios semánticos o de significado. Se trata de la neología de contenido, un recurso semántico de que se valen los hablantes para asignar, en el plano del contenido de la lengua, un nuevo significado a una palabra.

Los recursos basados en la neología de contenido o neosemantismo consisten en matizar el significado de un término existente en la lengua, ya sea ampliando, restringiendo, o incluso alterando su contenido semántico. Puede ser resultado –entre otros fenómenos- de una metáfora que ha pasado a la lengua y por un cambio de sentido. Por ejemplo, la palabra araña, que denota un animal (artrópodo arácnido) con muchas patas (cuatro pares) y veneno en un par de uñas en la boca, se transforma en una palabra que pasa a designar coloquialmente a una “persona muy aprovechada y vividora”, incluso a un “ladrón” en el uso popular de nuestro país. Otro ejemplo es el de la palabra esqueleto que designa al “conjunto de piezas duras y resistentes, por lo regular trabadas o articuladas entre sí, que da consistencia al cuerpo de los animales, sosteniendo o protegiendo sus partes blandas”. Por eso se habla de “esqueleto interior de los vertebrados”. Como el esqueleto funciona como un soporte o sostén, ha pasado a significar también la “armazón que sostiene algo”, como una casa, un mueble, etc. Y como un cuerpo sin su parte muscular luce una figura muy flaca (“esquelética”), coloquialmente denomina un “persona muy flaca”. En Nicaragua, se le llama con cierto matiz despectivo “esqueleto” al cuerpo de la persona, de donde se han formado locuciones como “exponer el esqueleto” (correr un riesgo), “mover el esqueleto” (bailar) y “salvar el esqueleto” (librarse de un riesgo o peligro).


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