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Ninguna actividad humana queda fuera del influjo de la revolución científico-técnica. El desarrollo de nuevas generaciones satelitales permite que las transmisiones telefónicas, radiales y televisivas tengan alcance planetario. El nuevo esquema civilizatorio demanda la creación, diseminación y apropiación de nuevas pautas de comportamiento; otra manera de entender la vida y otra sensibilidad que armonice con sus fines y deseos; de lo contrario la cohesión social nunca se lograría. Si antes aclimatar ideas y valores requería de lapsos dispendiosos, los cambios introducidos en los conceptos de tiempo y espacio, permiten acortar los plazos. Los desplazamientos a la velocidad de la luz no deben generar equívocos. Todo es aquí y ahora; tiempo y espacio han sido reducidos a cero. Algunos despistados han llegado incluso a garabatear un obituario a la geografía. Como señalaron los Mattelart, a finales de los ochenta, el pret a porter del momento era el endismo. Algunos ilusos hablaron con entusiasmo renovado del final de la historia, del final de las ideologías y del final de la política, entre muchos finales.

La globalización tiene su caballo de Troya en la economía. El aprovisionamiento de recursos es un imperativo de la economía de la información. Las potencias, lejos de renunciar, apuestan a cautelar, proteger y aprovechar en su propio beneficio, los recursos naturales. El agua ha pasado a ser uno de los activos más importantes. Contra pronóstico, el reparto de la riqueza continúa siendo desigual. La aprobación de la Convención de Naciones Unidas sobre Derechos del Mar en 1994 tuvo su origen en políticas de seguridad impulsadas por Estados Unidos, Rusia, China y Japón. La vastedad de los mares encierra recursos de distintos órdenes y las disputas por las aguas son más evidentes. Los acontecimientos ocurridos durante estos últimos años se encargan de rectificar las tesis del recién desaparecido Samuel Huntington. El especialista norteamericano pensaba que los Estados desarrollarían sus políticas de seguridad teniendo como soporte las lealtades religiosas o de civilización. Las acciones emprendidas por Estados Unidos en el Mar Caspio contradicen sus creencias. Sin mayores trámites la potencia norteamericana se alineó con tres Estados Mulsulmanes: Azerbaiyán, Turquía y Turkmenistan.

La prevalencia del economicismo y las suposiciones que las disputas se solventarían a través de los mecanismos del mercado, son desmentidas a cada momento. Las potencias continúan recurriendo a las invasiones militares cada vez que ven en peligro sus intereses económicos. La geoeconomía y la geoestrategia caminan de la mano. Las ocupaciones militares en Irak y Afganistán forman parte de una misma estrategia. La preservación del petróleo ha sido determinante para que Estados Unidos continúe sus juegos de guerra. El analista en temas de defensa, Michael T Klare, sostiene que la desaparición de los conflictos ideológicos ha contribuido a que “la búsqueda y protección de las materias primas críticas se contemple como una de las funciones primordiales de seguridad que tiene a su cargo el Estado”. No hay que hacerse ilusiones, en la competencia por asegurar la hegemonía, los intereses económicos guían las acciones de los Estados; las acciones bélicas continúan a la orden del día.

La “seguridad econocéntrica”, llaman los expertos a la sobrevaloración que hacen de los recursos algunos Estados en la era de la globalización, lo que induce a recordarnos la advertencia hecha hace mucho tiempo por Tzvetan Todorov: el cientificismo hoy es más peligroso que el etnocentrismo. Para el húngaro la ciencia resulta convincente; sin obviar que Hitler se apoyó en una ideología científica, justificó y basó sus acciones en la biología. La lectura arqueológica que hace de los autores franceses del siglo XVIII en Nosotros y los otros, permite decir a Todorov que estos siempre tuvieron presente la ética como dispositivo para frenar al poder. Sobre todo Benjamín Constant, quien pidió cuidarnos de los excesos caprichosos y voluntarios del poder, sobre todo cuando se amparaba en las leyes de la naturaleza. Constant estaba convencido de que “de la inferioridad reconocida de tal raza y de la superioridad de tal otra al avasallamiento de la primera, la distancia es demasiado fácil de franquear”. Todos fueron cuidadosos en apuntalar que la política y la ciencia deberían ser custodiadas permanentemente por la ética. Sus advertencias cobran sentido en la actualidad.

Hay quienes de manera ingenua o perversa sostienen que en nombre de la ciencia todo está permitido. Las justificaciones abiertas o veladas obligan revisar a fondo los valores éticos prevalecientes. La locura de la supuesta superioridad racial todavía anida en el corazón humano y nunca estará demás tomar precauciones. Las luchas raciales en Bosnia-Herzegovina y en Serbia, ejemplifican que la barbarie aún sobrevive en medio de la civilización moderna. En una época que todos vivimos sobre fronteras, como señalan Ignacio Ramonet y Néstor García Canclini, el tema de las identidades debe replantearse. Nadie puede sentirse seguro hoy en el seno de una identidad coherente. Las formas culturales son diversas y son practicadas tanto por nuestros hijos como por nuestros vecinos de barrio. “Esta coexistencia, esta interpenetración, puede mostrarse penosa en ocasiones. Pero sigue siendo necesaria, y enriquecedora, aunque solo sea para alejar la nefasta tentación de la pureza étnica, cultural y religiosa”, como proclama Ramonet.

Los experimentos realizados con prisioneros guatemaltecos por científicos norteamericanos en la década del cuarenta del siglo pasado, fueron con el ánimo de probar la efectividad de la penicilina. De manera similar actuaron contra su propia gente a inicios del Siglo XX. ¿Hasta dónde podemos creer en la sinceridad y el mea culpa dado a los guatemaltecos por la actual administración norteamericana? El sociólogo inglés Peter Watson, escribió por encargo de una casa editorial, Guerra, persona y destrucción. Los usos militares de la siquiatría y la psicología, para terminar comprobando que los seres humanos no experimentan únicamente con conejos y ratones, sino con seres humanos: desde condicionar su comportamiento en las prisiones, hasta conducirlos al olvido por las brutalidades sufridas. El lavado de cerebro fue una técnica ejercida inicialmente contra los militares norteamericanos prisioneros en la Guerra de Corea. Los vietnamitas sirvieron como prodigioso laboratorio para ensayar técnicas nocturnas de guerra.

El biólogo norteamericano Charles Davenport enviaba trabajadores a las prisiones, hospitales y casas de beneficencia, para recabar datos acerca del historial genético de personas “consideradas defectuosas”. El modelo de belleza anglosajona prescrito por la cinematografía es el mismo que exhibe en su catálogo el California Cryobank, empresa comercial fundada por el Dr. Cappy Rothman. En su catálogo describe las características físicas de cada donante, su origen étnico y la carrera universitaria que estudiaron; el donante ideal de esperma de California Cryobank además de poseer título universitario, mide metro ochenta, ojos marrones, pelo rubio y un par de hoyuelos en sus mejillas. ¿Qué separa o distingue la propuesta de Hitler de la propuesta de Rothman? ¿Acaso no muestran el mismo interés por alentar y propiciar la creación de un fenotipo específico?

La revolución científico-técnica hizo que las formas de hacer política entraran en barreno. Las tecnologías audiovisuales pasan como verdadero lo verosímil, que es una cuestión muy distinta. La televisión trastorna nuestra manera de ver y entender. Daniel Boorstin, bibliotecario emérito de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, acuñó el concepto de diplopía, para referirse a la doble imagen que surge como consecuencia de la televisión. El problema de fondo para Boorstin consiste en “no saber si algo es real o no lo es, si está sucediendo o no. Eso brinda una especie de iridiscencia de la experiencia”. El fenómeno lo agudiza el uso irrefrenable de la electrónica. La realidad real y verdadera puede ser dada de baja. Los programas informáticos hacen y rehacen personas, hechos y situaciones. El aforismo de Rudyard Kipling: la primera baja en una guerra es la libertad de expresión, se ha herrumbrado. Boorstin sostiene que una presunta “realidad” teletransportada hasta nuestros domicilios se reconstruye en nuestro receptor de una forma original, inédita, distinta a la que es cuando sale del punto de emisión. Nada impide construir una realidad ad hoc sometida a un guión y escenificación.

La alta concentración de medios de comunicación en pocas manos ha conducido a la creación de grandes imperios mediáticos. Las condicionalidades que imponen al ejercicio de la libertad de expresión propician su privatización. Cuando las posibilidades de expresión del ser humano han crecido de manera infinita, menores resultan las posibilidades de incidir en los medios. Las cadenas mediáticas constituyen nuevos desafíos éticos. La polución informativa intoxica tanto o más que la contaminación ambiental. Surgen nuevas formas de censura y autocensura. Los poderes públicos y privados asedian a los medios. Hay quienes ven como natural que las potencias impongan la censura previa en los campos de batalla. El material pasa previamente por la aprobación de los militares. En las guerras del presente la prensa es controlada a través del “incrustramiento”. Durante la Guerra del Golfo, Uri Avnery, reputado periodista israelí, sostuvo que incrustarse, “equivale acostarse con los militares en una especie de press-titución”.

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