Jorge Eduardo Arellano
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Hago un paréntesis en la ruta de discusión que hemos venido enhebrando sobre diferentes puntos de vista en cuanto a lo que entendemos como justicia social o felicidad colectiva. Lo hago para referirme a un hecho concreto que ejemplifica cómo, desde la sociedad civil y la iniciativa ciudadana, los nicaragüenses podemos generar acciones de cambio que enriquezcan nuestras vidas. Del 11 al 17 de febrero se celebró en Granada el IV Festival Internacional de Poesía. Más de ciento cincuenta poetas, entre invitados extranjeros y nacionales participaron en lecturas y eventos abiertos al público. Fue, como le gusta decir al Presidente del Festival, el poeta Francisco de Asís Fernández, una gran puesta en escena, una actividad multitudinaria en que la poesía se coló en la vida de los granadinos y de los que llegaron de otros departamentos, repartiéndose por las calles de la ciudad y por las poblaciones aledañas.

El Festival contó con la colaboración económica de una cantidad de empresas y benefactores. No fue una actividad organizada por el Estado, ni desde el Estado. El complejo montaje que comprendía, desde invitar a poetas extranjeros, subsidiarles el pasaje a quienes no podían pagárselo, hospedarlos, alimentarlos y velar por su comodidad, hasta la coreografía de cada lectura, estuvo a cargo de un pequeño comité de personas que ya fuera de forma voluntaria o con un modesto estipendio desarrollaron su labor con amor y eficacia.

Es tradicional la realización, año con año, de un “entierro” carnavalesco en el que se le da sepultura a sentimientos o propuestas negativas. En años anteriores se ha enterrado la indiferencia, el olvido, la ignorancia. Este año le tocó el turno a la tristeza. El entierro es uno de los momentos cumbres del festival, pues va acompañado de comparsas y, sobre todo, de los poetas, que suben a una carroza que se ha denominado “el poeta-móvil”, para decir sus poemas en cada esquina del recorrido.

He estado en muchos Festivales de Poesía en el mundo y puedo decir que este entierro es, sin duda, la manera más original que conozco de llevar la poesía a la calle, de convertirla en una fiesta popular a la que se integra toda una ciudad.

Lejos de prácticas elitistas y de concebir la poesía como la actividad exclusiva de un cenáculo, en Granada la poesía se convierte en una celebración democrática y participativa, y cada año deja, para el gozo de los habitantes de la ciudad, además del eco de palabras bellas, una escultura más en el parque de la estación, rebautizado ahora como Parque de los Poetas.

Cuál no sería mi asombro este año entonces, cuando mientras caminaba por la calle, un joven me entregó la volante que aquí reproduzco.

¿No a la privatización de la poesía? ¿A qué se debía aquel encabezado, ese llamado cuanto más irónico en cuanto aludía a los poetas que íbamos andando por las calles de Granada diciendo nuestros poemas en cada esquina? ¿Cómo hablar de privatización de la poesía en aquel contexto?
¿A qué atribuir, por otro lado, la redacción de la volante, eso de “Atentado poético? Comando Rigoberto López Pérez” ¿Qué significaba aquello? Y ¿cómo no dejar de notar que la actividad aparecía patrocinada por el Programa Nacional de Literatura del Instituto Nicaragüense de Cultura y contaba con el sello del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, “el pueblo presidente”?
Uno de los organizadores de esa protesta que pretendía, con una manta que repetía la misma consigna esa de “No a la privatización de la poesía”, detener el avance del entierro-carnaval poético, me dijo que lo que pretendían era “llamar la atención”. ¿Sobre qué? ¿Se referían acaso a la colaboración y el patrocinio de la empresa privada en el financiamiento del Festival?
Habrá que preguntarse si no es sano acaso que en nuestro país el capital privado contribuya con actividades populares y devuelva en alguna medida al pueblo los beneficios que recibe. Es sabido que el patrocinio de las artes, desde los Médicis hasta nuestros días, se ha beneficiado del patronazgo de quienes cuentan con los recursos que implican actividades como ésta. ¿Por qué pensar que el Estado es el único que debe asignarse esta responsabilidad? Por el contrario, el arte y sus afanes de independencia siempre ha tenido encontronazos con los intentos del Estado por subordinar sus expresiones. De allí que el mecenazgo de empresas que, a lo sumo, piden que se impriman sus logotipos en los programas, constituye una vía que permite conservar la autonomía artística, al tiempo que provee a los empresarios de una forma altruista de colaborar con el desarrollo cultural del país y el entretenimiento sano de la gente.

Esta “protesta”, entonces, tanto por la acusación absurda de que el festival pudiese intentar “privatizar” la poesía, como por la procedencia gubernamental de las papeletas, ¿será una indicación de que el gobierno está inconforme con la realización del festival; lo suficientemente inconforme como para intentar sabotearlo de forma tan burda?
Hablé con algunos jóvenes de los que repartían las papeletas y tuve la clara impresión de que se les había hecho creer que el Festival los discriminaba. Hay que anotar que, durante todos los días que dura el Festival, hay una actividad y micrófono abierto donde quien quiera que desee leer sus creaciones, puede hacerlo con sólo anotarse en la lista. La participación en las mesas de lectura, por otro lado, no puede con más de cien invitados de diversas partes del mundo, incluir a todo nicaragüense que escriba poesía. De sesenta a ochenta poetas nicaragüenses leen en las mesas de lectura oficiales y su inclusión se basa en que tengan obra publicada, ya sea en libros o en suplementos literarios. Lógicamente que, en un país como Nicaragua, con tantos poetas y aspirantes de poetas por Km. cuadrado, más de alguien quedará por fuera algún año, pero la pretensión de que se incluya a todo el que haya escrito poemas es irreal. Quienes intentan generar animadversión contra el festival en base a esta realidad, obviamente están interesados, más que en la poesía, en socavar un esfuerzo como éste, cuyos logros y éxitos no pueden contabilizarse como logros de la cultura oficial, sino de los y las poetas que, como ciudadanos y desde la sociedad civil, han logrado montar tan hermoso espectáculo.

Que haya poetas que critiquen al Festival como les venga en gana y por su natural rebeldía es una cosa que nadie objeta, pero que las protestas sean patrocinadas por el Instituto de Cultura, es verdaderamente lamentable.

Queda por ver si el “apoyo cultural noruego” sabía de qué se trataba su participación.

Febrero 25, 2008