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En treinta años, las cúpulas políticas que como parásitos acumulan su riqueza labrando nuestra ruina, han convertido nuestra patria en una limosnera internacional. Una mendiga colmada de riquezas naturales, cuyos recursos - sin la corrupción política que permitimos - podrían no sólo satisfacer las condiciones básicas de vida de sus habitantes, sino además su pleno bienestar social.

Estamos en el sótano 124 de la pobreza mundial y a un peldaño de Haití en la miseria continental. Pero el segundo lugar de indigencia hemisférica es más aberrante para nosotros, porque aunque el PIB (nominal) en ambos países sea menor de $7,000 millones de dólares cada uno, Haití tiene apenas 27,000 km² con diez millones de habitantes, Nicaragua 130 mil con sólo 6 millones.

Si Nicaragua continúa su acelerada ruina ecológica, produciendo a la vez millones de pobres, entonces no es retórica su haitianización. La isla no emergió árida y desolada. La vació el saqueo y la corrupción política. Duvalier, con un espantajo legal como el que ha construido Ortega para perpetuarse en el poder, se declaró presidente vitalicio en 1964.

Habitar en las catacumbas de la pobreza planetaria significa que más del 60% de seis millones sobreviven en la extrema pobreza. Que un 80% no tiene trabajo, salud, educación y una vivienda digna. Que un cuarto de esa población ha emigrado para evitar que sus familias se mueran de hambre. Que millares de niños mueren de desnutrición y enfermedades curables.

Podríamos lamentarnos eternamente de nuestra desgracia y culpar a otros, pero la verdad es que los culpables somos nosotros mismos, por haber cedido nuestro lugar en la política a los abyectos. Quizás valga la pena resumir, cómo llegamos a esta mutación moral, donde un gobierno corrupto miente diciendo que hace el bien y nosotros lo toleramos sabiendo que gobierna fuera de la ley.

Hace tres décadas, con el país mal herido, el FSLN nos prometió caudalosos ríos de leche y miel. Pero fuimos lanzados a una matanza inútil, por un antiimperialismo irresponsable y una ortodoxia que no conocíamos a fondo. Un dogma que teóricamente conlleva la culminación de la justicia social, pero que en la practica, convierte a los pueblos en paupérrimos esclavos del estado y en millonarios a los jefes del partido. Entonces los ríos fueron de sangre y amargos como hiel.

El FSLN pudo hacer que aquí nada fuera más revolucionario que la democracia. Pudo respetar los valores democráticos y la libertad de los que pensaban diferente. Pero aplicó el manual cubano, tomó como ahora, sin consultar con nadie decisiones cruciales y padecimos como nación las terribles consecuencias.

Paramos la guerra en la misma mesa donde pudimos evitarla, pero omitimos esclarecer la verdad. Como el perro callejero, luego de ser mortalmente arrollado, nos levantamos como pudimos. Sin una radiografía que revelara el daño que llevábamos dentro. Eso no se cura solo. Algo debemos llevar torcido, el alma talvez. De la guerra pasamos a la paz, con una “caja negra” por transición.

Ocultas, entre otras verdades, en esa caja negra del pasado están las cifras oficiales de los muertos de esa guerra, donde no murieron extranjeros, pero el mismo fanatismo insiste en llamarle “la guerra de agresión”, así como la inquebrantable sumisión dogmática, les sigue otorgando a quienes la propiciaron, el anacrónico título de “comandantes”.

Según Humberto Ortega, ellos salvaron el país del colapso, pero el país ya había colapsado, los que se salvaron fueron ellos. Pactaron la paz para salvar la opulencia mal habida y los privilegios que el poder les brindó. Sino cómo explican su fortuna en un país destruido o la protección al sanguinario Pablo Escobar, mientras el pueblo era sacrificado por “los ideales revolucionarios”.

Curchill solía decir que el estado moral de una nación civilizada, se podía medir por la aplicación de su sistema de justicia. Mientras la justicia lleve atada al cuello el mecate partidario que tiran los caudillos, Nicaragua seguirá moralmente postrada. Ortega, Alemán y sus secuaces seguirán delinquiendo y los asesinos quedarán libres por “estrés carcelario”.

El tiempo de lamentarnos expiró. Treinta años es suficiente para declarar a los caudillos absolutamente inferiores a la tarea de gobernarnos. Es tiempo de pedirles cuentas por su caduco “liderazgo”, que los ha enriquecido mientras nos conducían a pedir limosna. Necesitamos líderes jóvenes, limpios, que amen la vida y desprecien la muerte. Que no tengan la “experiencia” de robar, de mentir o de asesinar.

La mayoría que siempre votamos por el “que roba menos”. Que no pertenecemos al fanatismo del “voto duro”. Podemos convocarnos cívicamente y parar esta aberración. Terminar con la perversidad que rebajó la presidencia al 35% de los votos. Limpiar los poderes y hacer unas elecciones legítimas, amparadas en la Constitución que la roña política ha pisoteado.

Del pasado vienen nuestros males, ignorándolo vamos a cometer los mismos errores. Huyéndole, no vamos a encontrar las claves para reparar el presente y delinear un futuro mejor. Tampoco podemos destruirlo, lo dijo Borges con su poderosa sabiduría: “El pasado es indestructible, tarde o temprano vuelven todas las cosas y una de las que siempre vuelve, es el inútil proyecto de intentar abolirlo”.