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Con su habitual calibrada prosa periodística, Sergio Ramírez publica el artículo “Juego de Espejos” (La Prensa 6/I/11) recordando la influencia de las revoluciones de los Estados Unidos y Francia en el siglo XVIII, como precedentes insoslayables de nuestras gestas patrióticas que culminaron con la independencia de España, hace aproximadamente doscientos años. Nada más oportuno en este bicentenario de aquellos gloriosos episodios, donde epónimos líderes como Simón Bolívar dejaron ese hermoso legado de amor sin límites por la libertad.

Sin embargo, hubo otra revolución más próxima a nuestras luchas y solidariamente mucho más tangible para el triunfo de Bolívar en Venezuela y que por lo general se olvida. Se trata de la Revolución Haitiana.

Haití fue, después de los Estados Unidos, la primera nación de nuestro continente que rompió las cadenas coloniales. Los esclavos triunfaron por primera vez en la historia de la humanidad, derrotando al poderoso ejército de Napoleón, que había enviado a su cuñado el general Charles Leclerc, como gobernador de la colonia más rica del imperio francés. El grito de independencia lo dio Toussaint Louverture con la Declaración de Camp Turel en 1793: “Yo soy Toussaint Louverture…quiero libertad e igualdad…marchemos unidos hermanos…luchemos por la causa”.

En mayo de 1803 Jean Jacques Dessalines, un antiguo esclavo que había sido ascendido al rango de general en el ejército colonial, tomó la bandera tricolor francesa y cortándole la franja blanca del centro como símbolo de la expulsión de los colonos blancos, le pidió a Catherine Fion que uniera las franjas roja y azul (actual bandera de Haití), como insignia de la nueva nación libre. La independencia se consumaría con la victoria de los revolucionarios haitianos durante la batalla de Vertieres en noviembre de 1803. Dessalines proclamó la independencia de colonia Saint Domingue y bautizó la nueva nación con el nombre de Haití el 1 de Enero de 1804. Nacía el primer estado negro en el mundo.

Después del asesinato de Dessalines en 1806, el poder se dividió entre sus dos lugartenientes Henri Christophe que se proclamó rey en el norte de la isla, creando una nobleza negra y Alexander Petion un oficial mulato que creó la república en el sur, siendo nombrado Presidente. A pesar de las luchas intestinas en la nueva nación, el Presidente Petion se mantenía atento a los sucesos políticos y los esfuerzos emancipadores de las colonias españolas en el continente.

Derrotado en sus intentos por consolidar la independencia de Venezuela declarada en Julio de 1811, Simón Bolívar llego a Jamaica en Mayo de 1815, en donde milagrosamente escapó de un atentado en el mes de Diciembre de ese mismo año. Informado de los sucesos, Petion lo invitó a Puerto Principe y el 2 de Enero de 1816 sostuvieron una interesante reunión, a resultas de la cual, 3 meses más tarde saldría de Les Cayes rumbo a Venezuela, la primer expedición de Bolívar con 6 goletas cargadas de armas y 300 hombres seleccionados por el propio Petion. Después de muchas batallas el Libertador, se vio obligado a regresar a Haití en busca de nuevas ayudas de parte del héroe haitiano. Años más tardes Bolívar le confesaría a San Martin que en esa ocasión se sintió como Leónidas con los 300 de las Termópilas y reconociendo el generoso apoyo haitiano, le dijo que la única condición a cumplir que le había pedido Petion cuando triunfara, era la de liberar a los esclavos en nuestros países.

Petion murió en 1818, sin ver el triunfo de Bolívar. Los esclavos que quiso liberar a través de la espada de su amigo, tuvieron que esperar muchos años – hasta 1854- para que sus descendientes gozaran de ese derecho innato de los seres humanos. A su muerte le sucedió Jean Pierre Boyer, quien no solo reunificó a la dividida nación haitiana sino que ocupó toda la isla, incluyendo lo que hoy es la Republica Dominicana, desde 1822 hasta 1844.

Quizás por esa razón, Haití no fue invitado al Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826. Pero lo que lamentan los haitianos es que la América Latina continental les haya dado la espalda en ese magno evento que como lo soñara el visionario Francisco de Miranda se trataba de formar en América una gran familia de hermanos. Como es posible, me decían algunos amigos haitianos, que Bolívar haya invitado a Brasil que era una monarquía esclavista y no a Haití que le ayudó en sus luchas. La misma interrogante con los Estados Unidos cuyos estados sureños mantenían un régimen esclavista.

Habrá que buscar las respuestas en las relaciones internacionales de aquel momento, la búsqueda de equilibrios y alianzas validas en esa época: Brasil era un aliado de la Gran Bretaña, que a su vez constituía la garantía para contener la revitalizada España en su intento de reconquistar sus antiguas colonias. Lo mismo sería con los Estados Unidos, donde se buscaba potenciar las relaciones con el Presidente John Quincy Adams quien representaba el pensamiento abolicionista del norte en férrea oposición a los estados de sur.

En fin, la historia a veces nos confunde y a veces nos aclara, depende de qué lado la interpretemos. Lo cierto es que como dice Regis Debray, en su informe sobre las relaciones franco/haitianas de Enero de 2004 “este pedazo de África en América lo han tratado los franceses como a un medio hermano, abandonado a su suerte, por estar muy lejos, ser muy costoso y demasiado convulso.” Y nosotros también.

Quizás lo único que les pediríamos a los formadores de opinión de este lado del continente, como Sergio Ramírez, gratitud histórica obligada, que no olvidemos Haití. Y como dice el caricaturista español Forges en sus viñetas en El País, todos los días, desde el terremoto que cumple un año este 13 de enero: “Pero no te olvides de Haití.”


*Ex Director Residente del NDI en Haití