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Parecía triste, afligido, su voz traducía que algo malo había pasado, mientras me explicaba al celular lo que le sucedió aquella noche de 6 de enero de 2011. “Papá, perdí mi billetera, creo que fue en el cine, me di cuenta cuando me senté para cenar”.

Acogerlo en aquel momento de desconcierto era todo lo que se me ocurría hacer con mi jovencito de diecisiete años cumplidos, mientras pensaba en una solución coherente.

Con ojos atónitos, dos grandes amigas que visitaba, me contemplaban tratando de entender lo que le decía a mi hijo en portugués. No tardé en explicarles y sentir su solidaridad.

El portero del cine se negaba a que él entrara a buscar el objeto perdido, mientras la nueva tanda ya comenzaba en la misma sala, pero acabó siendo vencido por la insistencia de mi hijo. ¿En “cuál fila, más a la derecha o más a la izquierda? ¿No sería más adelante?”, “¿Pero hay gente sentada, y ahora?”, y centenas de preguntas se le venían a la cabeza.

El mañana llegaría e ideas surgirían y algo tendría que suceder. Una llamada telefónica por la mañana sería un buen comienzo, los supervisores y el equipo de limpieza seguramente entrarían a las salas de cine y alguien podría hallarla. Pensar que algún cineasta de la última tanda de la noche anterior podría haberla encontrado y devuelto al sector de objetos perdidos o al personal de la seguridad me hacía bien. La supervisora del turno de la mañana me solicitó que le dejara mis teléfonos para contacto.

Así nos fuimos de paseo por Granada a disfrutar de un clásico y delicioso desayuno típico nica en el “Ruth’s, punto turístico de aquella ciudad colonial, visitado por centenas de turistas.

En el camino de regreso a Managua, mi celular suena, era el supervisor del cine de la tarde diciendo que habían encontrado una billetera y necesitaba que la identificáramos personalmente; así que en pocos minutos nos presentamos al lugar y ahí estaba ella, parecía intacta, pero faltaba algo, faltaban los “verdes”, los documentos extranjeros estaban en su lugar. Agradecimos sobremanera por el esfuerzo y la atención al avisarnos y nos retiramos en silencio, pero todavía era necesario “creer más”.

Al día siguiente estaríamos embarcando de regreso al Brasil, ya habíamos aceptado el hecho. Ya en suelo verde-amarillo recibimos la noticia de que el supervisor jefe había encontrado los “verdes” y exigía nuevamente nuestra presencia. Mi madre prontamente se reportó al lugar representándonos y efectivamente todo estaba allá intacto. Como si fuera poco, no sólo le devolvieron el dinero, como recibió de “ipegüe” tres entradas gratis al cine. Parecía que ahora todo “volvía a la normalidad”, mi tierra, mi patria, el Criador, el Universo nos devolvía algo, material -es verdad-, talvez simbólico, palpable, concreto, pero tenía dueño; mi hijo vibraba de emoción mientras oía el relato: “Sin pérdidas”.


Historia verídica (Managua, 06 y 07 de enero/2011)

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