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Terminado el supuesto examen de admisión en la Universidad Nacional de Ingeniería, se repite el escándalo de una elite envejecida, la que intenta deslindar su responsabilidad por el fracaso económico-social de Nicaragua echándole la culpa a la juventud.

El fraude comienza con el mismo nombre del procedimiento, llamándolo “Examen de admisión”, pues no se trata de un examen de admisión sino de un examen de ubicación: aún si todos los candidatos tuviesen notas encima de los 60 puntos, no habría ni un solo cupo más, exactamente la misma cantidad ingresaría a las mismas carreras. Igual hoy se llenará los cupos, aprobado o no el examen, hasta terminar con las plazas disponibles. Sin embargo, el truco de llamarlo “Examen de admisión” permite convertir la falla -no hay opciones para la juventud- en culpa de ella, pues “no aprobaron”.

Esa tragicomedia se repite ahora por 19 años consecutivos, siempre con los mismos resultados y siempre con los mismos argumentos defensivos. En esos 19 años nadie en las universidades se ha hecho ni siquiera la molestia de investigar si hay una relación entre el rango en la ubicación del examen y los resultados posteriores en los estudios, es decir si un mejor resultado en el examen corresponde a mejores resultados en los estudios. Cuando yo intenté ese análisis ya en 1993, mostrando sobre la base de resultados preliminares que no hay relación alguna, la Universidad Nacional de Ingeniería me montó la farsa de un proceso disciplinario, terminando con una amonestación publicada en todos los murales de la UNI por haber dañado su prestigio.

Quizás la reacción se dio más por haber tocado otro punto crítico, otra parte del fraude, que sigue hasta el día de hoy. El estudio preliminar mostraba claramente que el procedimiento de admisión favorecía al bachiller promedio del colegio privado encima del bachiller inteligente del colegio público. ¿Por qué? Pues el primero quizás venía mejor preparado ya de su colegio al examen, sin embargo, el segundo, una vez confrontado con las exigencias pero también las oportunidades de la universidad, despierta rápidamente y ya después del primer año de acomodamiento sacaba en promedio mejores notas que aquello; eso al menos indicaron mis resultados preliminares del 1993.

Tal como aquel entonces hasta hoy día los encargados saben esconder este hecho al repartir los aprobados en partes iguales entre educación pública y educación privada, un engaño fríamente calculado, dado que el universo de los egresados aspirantes provenientes de la educación pública es mucho más grande que el universo con origen en la educación privada. De hecho solo uno de cada 10 bachilleres públicos al menos tiene un chancecito de ingresar, pero 1 de cada 3 bachilleres privados. No se necesita mucho ingenio para encontrar las razones para semejante engaño. Las universidades del CNU difícilmente hubiesen logrado mantener y expandir el 6% del subsidio constitucional hasta llegar a los 110 millones de dólares del año pasado, si la sociedad nicaragüense estuviera consciente que tal subsidio favorece en primer instancia a los ya favorecidos. Apuesto que ninguna autoridad de ninguna universidad pública haya quemado a su propia hija o a su propio hijo, matriculándolo en un colegio público.

Ahí viene otra componente del porqué tanto engaño: la plata. Esta vez no se limita solo al universo de las universidades pública sino abarca a esa plétora creciente cada día de ya 45 instituciones llamándose con la venida del CNU “Universidad”. Mientras las universidades públicas al menos hacen un simulacro de un test de aptitud y capacidad, las demás aceptan lo que les venga, siempre y cuando tenga la plata para pagar. Hasta la UNI misma acepta felizmente en el IES -una universidad privada dentro de una universidad pública, usando no obstante recursos y privilegios de la pública- a quien pocos días antes rechazó como inepto en el examen de la pública.

El fraude es sistémico y sistemático. En todos los países con cierto nivel de desarrollo se exige al menos 12, muchas veces 13 años, de escolaridad general antes de entrar a estudios universitarios de rigor. Cuando hay menos años, como por ejemplo en los EU, el camino no va directamente a la universidad sino al College, donde se dedica aún los primeros 2 hasta 4 semestres a la formación general. Nadie se va del Highschool directamente para estudiar leyes o medicina. Tiene que obtener primero un College- Bachelor. Quien quiere estudiar ciencias o ingenierías, adicionalmente al Highschool necesita aprobar antes todos los cursos del nivel K12 o acumular créditos preparatorias equivalentes no solo en ciencias y matemáticas sino también en idiomas, lectura y redacción. Así como College con semestres de formación general funcionan Ave María University en San Marcos y, hasta donde yo sepa, Thomas Moore University.

En Nicaragua se finge como si después de solo 11 años el joven estuviese ya listo para estudios universitarios, a pesar que además sale de una secundaria, cuya calidad y pertenencia en lo general -salvo unas tantas cuantas excepciones- están muy por debajo del promedio en los EU no resulta como gran sorpresa entonces, que en la UNI menos que 15% de los que ingresen logren efectivamente culminar su carrera. La cifra la conozco solamente por comunicación privada; ni las universidades públicas ni las universidades privadas publican sus estadísticas académicas: cuántos ingresan, cuántos promueven de curso en curso, cuántos logran al final culminar la carrera y en cuantos años, mucho menos cuántos de ese 2.4% total de una generación logran insertarse en el mercado laboral, la última parte del fraude. Con toda evidencia ya presente en el censo de 2005, un reciente estudio del PNUD lo confirmó de nuevo: menos que la mitad de los graduados universitarios encuentra un trabajo u otra oportunidad de acuerdo a su formación. Pero las universidades no tienen nada que ver, pues para ellas los egresados ya no cuentan.

Ahora mal, me consta personalmente por conversaciones con una buena parte de las autoridades universitarias, de universidades públicas como privadas, que se conoce ese panorama tan sombrío y sus causas subyacentes en el mundo universitario desde casi dos décadas. Sin embargo, para no poner en peligro un supuesto prestigio ni mucho menos ingresos monetarios suculentos, se optó por no tomar las medidas pertinentes ni siquiera se sinceró el discurso público.

En su lugar se intenta inducirles a los jóvenes un sentir de “fracasados por culpa propia”, por aspirar a los astros profesionales en lugar de quedarse en la tierra de los técnicos, por no haber estudiado lo suficiente en la secundaria para aprobar los examenes, por carecer de las calidades necesarias para terminar con éxito la carrera universitaria, al final por haber optado por la carrera equivocada al no encontrar trabajo una vez graduado. Eso es el verdadero pecado mortal, culpar a la juventud por los errores cometidos por los adultos, por esa elite al mando en universidad, sociedad y política, arruinadora del futuro de la juventud a ciencia y conciencia.


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