•  |
  •  |

“Si uno cae es porque alguien tenía que caer para que no cayera la esperanza” escribió en un momento de dolor y con energía del entusiasmo el poeta guatemalteco Otto René Castillo. Y seguramente agregó otras cosas. El poeta estaba lúcido e inmerso en la contemplación de lo incomprensible, aunque duela y ofenda el rostro sentimental y humano. Una decisión de provocar y levantarse por más vida. Ese verso, me ha  acompañado por años, cuidando mi admiración por el exilio de esa voz, que fue sincera al  amor y la literatura. La prosa limpia y honesta de Castillo, me ha deparado encuentros de singular compañía, que sigo acomodando para la fe de esos consejos de un ciudadano sencillo, intelectual, sin pesadillas, y sin llegar a conocerlo físicamente con gran don de gente, que dejó el fastidio del dinero por las consecuencias de vivir en libertad.  Esos son los datos de su existencia creativa y humana frente a la posibilidad del progreso, la cultura, la revolución  y la desesperanza.


Otto René Castillo habla en sus poemas más allá del simple abrazo. Del sufrimiento, lo sublime, la historia y el acontecimiento. Se oye de él, una especial ternura, que nos incita hasta creer que no ha muerto.  Sus poemas, son fresca lluvia de arena conmovida. Miradas, que señalan el sendero de la sangre justa. El empeño por no caer en la desgracia de la banalidad y sus reproches y contribuir a la reunión infinita del mundo. Esa jornada por aquí y por allá  aún tiene las llamas encendidas y rotundas. Otto observa la oportunidad liberadora.


No será difícil levantarse con semejante convicción y sin reparar ante la adversidad y sus desafíos. Enfrentarse a la adversidad del no, cambia las cosas, que con el tiempo siguen golpeando las canas de generaciones, mientras el mundo sigue tieso e imperturbable. Los hombres de palabra no caen. Mientras, el escepticismo acomoda insultos, la alegría de compartir sigue el camino entusiasta, sin seducciones derrotadas.


Las calles del peligro son nuestras miradas, nuestros acopios impertinentes, para los que no creen que, en medio de la orfandad de no querer ayudar al otro, se mueven hombres y mujeres, sin casa, sin alimentos, sin trabajo, dispuestos a decir la verdad porque están más cerca de la vida.


Esas mujeres y esos hombres como Otto René, reconocen que la libertad huye de fórmulas para alcanzar  el derecho a la diferencia. Y la reflexión en constante diálogo con la vida. Y la naturaleza, en sus recuerdos como una  casa  siempre habitable para acomodar el amor del poeta.  


La Guatemala de Otto René Castillo mantiene  el entusiasmo entre los apostadores de la falsa historia, una suerte de cadáveres a quienes no les alcanza el maíz para el bien morir.  El guerrillero, señala el cronista no admitió la democracia abandonada y sin emancipación.  Se opuso tenaz  a las ideas y al pensamiento halagador y compensatorio.  La certeza asumió dar el paso necesario y revelador de la realidad. El poeta se mantuvo como un místico y caminante para la gracia humana, social y cultural. También luchó para desterrar la mediocridad y descubrir las apariencias de políticos atrapados en la duda  en  un diario sin fechas.


A tantos años, Otto René pinta con brocha zurda la genialidad del aire, que habla solo y  vive en las madrugadas que se inventa. Ahora  está sentado en los parques que pelean con el silencio lento.  Es un gran  conocedor de  la música de los laberintos.  Un luchador confeso  que moja su bandera en las primeras lluvias del beso de su amada. Me dicen que ya no acostumbra a fumar para matar el fastidio de los reproches. Va a misa para hablar con la muerte. Murió torturado al cumplir sus 31 años y alguien que estaba a su lado dijo que era uno de los nuestros.