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Con motivo del 86 cumpleaños de Ernesto Cardenal Martínez (Granada, Nicaragua, 20 de enero, 1925), efeméride que pasó casi inadvertida, es preciso recordar sus aportes básicos a la literatura como uno de los mayores poetas vivos de la lengua española. Máximo representante en Centroamérica de la herencia de Rubén Darío —cumbre del modernismo e inaugurador de la modernidad literaria en el mundo hispánico—, su poesía es presencia verbal, táctil, especialmente visual y plástica; presencia natural, exterior, desnuda y, por tanto, esencial de la poesía como quería Juan Ramón Jiménez.


Por algo en 1946, el propio Juan Ramón —tras señalar las irradiaciones de Darío, de sí mismo, de García Lorca y Antonio Machado— se preguntó ¿Quién será el poeta que llene lo que queda del siglo, como los cuatro citados llenaron lo que va de una equivalente invasión temporal; el que levante y pase una nueva antorcha y, sobre todo, el que determine una poesía de verdad mayor? Y respondía, sin saber que este poeta sería Ernesto Cardenal: “Para mí será un poeta libre, claro, de forma personal como las de los cuatro influyentes mayores; más sensual que Unamuno, más directo que Darío; más general que Antonio Machado; menos socorrido que Lugones; más optimista que Juan Ramón Jiménez; más sencillo que Gabriela Mistral; menos premioso que Jorge Guillén; más completo que García Lorca; más sano que Neruda; más unido que Alberti”


Pues bien, durante la segunda mitad del siglo XX, la obra de Cardenal inauguró y culminó la última corriente de la poesía en Latinoamérica: la conversacional, llamada también exteriorismo coloquialista, pródiga en recursos narrativos e intertextuales, técnicas acumulativas, síntesis magistrales, como las de su Estrecho dudoso (1966): vasto mural épico de la impronta de España en el continente americano a lo largo del siglo XVI; resurrecciones míticas, reivindicaciones antropológicas, experiencias místicas y apropiaciones cósmicas.


En la ejecución de su obra, Cardenal asimiló la tradición judeo-cristiana, los clásicos latinos (Catulo, Marcial), las crónicas de Indias, los códices precolombinos, la moderna poesía norteamericana, entre otras fuentes, creando un nuevo lenguaje poético que, al mismo tiempo, ha sido crónica y profecía de nuestro tiempo. Fiel a la utopía del paraíso en la tierra y al servicio del mensaje evangélico, ha postulado el amor como trascendencia universal y el compromiso comunitario tendiente a una eficaz acción liberadora. De ahí  que haya tenido de sujetos de su canto a los pobres de la tierra.


¿Es la suya una especie de antipoesía? —se pregunta José Miguel Oviedo. Y contesta: “Sí, pero con una salvedad: carece de humor incongruente”. No se trata de un ismo, aclara: “Es un gran gesto integrador mediante el cual la vanguardia se articula con la poesía de hoy. La gran novedad es que Cardenal no trabaja con metáforas, sino con imágenes narrativas que le permiten contar, crear situaciones y darles desenlaces. A veces lo hace apropiándose de relatos o voces ajenas, produciendo verdaderos collages verbales en lo que el autor es un mero compilador que refunde diversos discursos (históricos, eslóganes periodísticos, datos estadísticos, clichés coloquiales, etcétera) y los manipula para hacer de ellos algo distinto y significativo.”


Así inició la narratividad y la intertextualidad que dominaron la poesía en la América hispana  a partir de los años sesenta, produciendo una poesía polifónica, en donde la reactivación de sentido, por medio de un trabajo de transformación, le da al texto una densidad que a veces impide ver la coherencia total a la que aspira. Esta técnica, procedente de Ezra Pound, alcanzó un nivel de concepción teórica: “En la poesía cabe todo —escribió—; no existen temas o elementos que sean propios de la prosa y otros que sean propios de la poesía. Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede decirse también en un poema.” Esta capacidad totalizadora de aprehender la realidad concreta ha sido reconocida en múltiples trabajos críticos y su poesía se ha traducido a más de veinte idiomas. En uno de sus últimos poemarios, Cántico cósmico (1989) quedó plasmada tal capacidad que hizo posible el ingreso a la poesía, sin pérdida de valor científico, del Big Bang, los hoyos negros, la mecánica cuántica, las galaxias, las leyes de la termodinámica, el sistema planetario, etcétera. Al respecto, Julio Valle-Castillo —el crítico nicaragüense que más ha contribuido a la interpretación de la obra cardenaliana— advierte:

“El Cántico Cósmico se abre a la poesía del futuro; restituye a ésta y gana para ella motivos, temas, espacios, materiales que no había podido contener o emitir.

 

A partir de este magno poemario, no hay tema vedado para él. Poesía totalizadora. Poesía-síntesis. Poesía mística y por eso mismo erótica, tórrida, caliente y, asimismo, política, panfletaria, sin el menor asco ni escrúpulo y sin detrimento alguno de la poesía. Poesía subjetiva y también objetiva; lírica y, a su vez, narrativa, documental, periodística, científica, erudita, eruditísima, llena de las citas y los conocimientos menos sospechados; poesía revolucionaria, celeste, astral, terrenal, terrícola y terrorífica; poesía primitivista, indigenista; que puede leerse, amén del canto de amor que es, como una teogonía de los pueblos del tercer mundo, como una neo-biblia de esos mismos pueblos.”


A este aporte de casi toda una vida habría que añadir  su obra en prosa: autobiografía, reflexiones místicas; y sus traducciones del inglés de poesía norteamericana moderna y poesía de todos los pueblos primitivos del planeta. No es necesario detallar bibliográficamente esos trabajos, pues no caben en esta breve valoración. Sólo quisiera puntualizar que los poetas norteamericanos que nutrieron a Cardenal, sólo a uno de ellos —Thomas Merton, su segundo maestro (el primero y más duradero fue José Coronel Urtecho)— le consagró un libro de traducciones al español: Poemas (México, UNAM, 1961). Veintisiete suman los textos de Merton en ese libro —hoy una rareza— ilustrado por igual número de tintas ejecutadas por el gran pintor Armando Morales. Lo traigo a colación porque no se ha tomado en cuenta su impronta en la poesía cardenaliana. Bastaría citar “Figuras para un Apocalipsis” que debió incidir en el extraordinario que Cardenal escribiría, poco tiempo después, sobre esta temática.


Otro aspecto que debe destacarse del ya octogenario creador y recreador es su oportuna y constante promoción y difusión de la poesía nicaragüense como antólogo y crítico, comenzando por su inaugural estudio —publicado en 1949— y que no fue sino su tesis universitaria, Ansias y lengua de la poesía nicaragüense, presentada en la Universidad Nacional Autónoma de México. En su momento —durante muchos años— constituyó la más lúcida visión crítica sobre nuestro proceso poético en la primera mitad del siglo XX.

 

En cuanto a las primeras exégesis de su obra escritas en Nicaragua, resulta imprescindible citar la de Pablo Antonio Cuadra, aparecida en la revista de Palma de Mallorca, Papeles de San Armadans (1971); todavía vigente, fue incluida en la reciente compilación: Re-visiones (enero, 2010) de la obra cardenaliana. Faltó en dicha compilación, lamentablemente, una bibliografía pasiva que abarcase, al menos, los libros y disertaciones doctorales que han interpretado la extensa y profunda obra del poeta contemporáneo de Centroamérica con mayor proyección internacional. Una de ellas es la de Iván Uriarte, defendida en la Universidad de Pittsburg y publicada en Nicaragua veinte años después: La poesía de Ernesto Cardenal en el proceso social centroamericano (2000).


Pero debo ser justo: no fue la de Uriarte la primera disertación académica de un nicaragüense sobre Cardenal. Tal privilegio le correspondió al catedrático Guillermo Ortiz, graduado en la Escuela de Ciencias de la Educación (UNAN-Managua) en 1971. Este año ultimaba su licenciatura en monografía de 172 hojas, dirigida por René Lacayo Parrales, insustituible profesor de filosofía que abandonó las aulas en 1979 por motivos políticos. Más aún: ningún otro egresado universitario del mundo había antecedido a Ortiz en su esfuerzo por interpretar globalmente la obra referida. Sin embargo, su tarea pasó sin pena ni gloria: apenas se hizo merecedor de un escueto acuse de recibo del sujeto estudiado.


Partiendo del trasfondo histórico nacional que explica las circunstancias de la poesía cardenaliana, Ortiz puntualiza en su monografía las dimensiones nicaragüense, indoamericana y universal de aquélla, entre otros aspectos. Analiza poemas claves en capítulos como “Mayapán o la vivencia del fenómeno social”, “Nele de Kantule o el indio postcolombino”, “Hora 0: texto fenomenológico del drama nicaragüense salpicado de una religión racional / contemplativa”, “Oración por Marilyn Monroe y su proyección en la Teología de la Misericordia” o el dedicado a otro poema representativo, del que ha prescindido la crítica oficial y oficiosa: “Apocalipsis”. No en vano éste —cito a Ortiz— revela a Ernesto Cardenal como “exégeta contemporanizador del Apocalipsis y el Evangelio de San Juan”.


Además, Ortiz, conceptúa en el poemario “Gethsemany ky” —también poco valorado por dicha crítica— “una hierofonía real en la civilización”. Y todo ello definido teóricamente por dos elementos: el amor como trascendencia eclesial y universal, por un lado; y el cristianismo como compromiso comunitario tendiente a una eficaz acción liberadora, por otro.


En fin, la índole profética de una frase del propio Cardenal se ha cumplido desde hace varias décadas. Perteneciente a su ensayo pionero de 1949, aunque redactado y escrito en 1946 —hace 65 años—, versa sobre José Coronel Urtecho; pero no tendría otro sujeto que el mismo E. C.: “Si Nicaragua vuelve a dar otro nombre a la literatura mundial, en caso de no ser él [J.C.U], se deberá, al menos en parte, a él”.