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Rubén Darío asume y resume en Cantos de vida y esperanza y otros poemas (1905), su obra cimera, los grandes temas que desarrollará en sus producciones posteriores. He aquí los principales:

Conciencia hispanista
Es un canto al renacer de la esperanza, la fuerza de la unión y la solidaridad de los pueblos hispánicos. “Salutación del optimista” (1905) condensa las más hondas esperanzas de su canto cifradas en el trabajo como fuente de riqueza, la fe y el progreso de las naciones: “nclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,/ espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”
Retroceda la muerte, porque “lenguas de gloria” cantarán “nuevos himnos” que anuncian “un reino nuevo”, y el corazón debe acoger “la celeste Esperanza”; la fuerza de la unión fortalecerá los “vigores dispersos”: “Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos; / formen todos un solo haz de energía ecuménica”.


Es el momento de llamar a la unión con el entusiasmo de las “ínclitas razas” y sus triunfos pretéritos: “Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente /que regará lenguas de fuego en esa epifanía.”


“Un continente y otro” -España y América- han de renovar “las viejas prosapias” y unidos en espíritu y ansias y lengua” cantarán “nuevos himnos”, y la gran raza latinoamericana verá el amanecer con esperanzas renovadas: “La latina estirpe verá la gran alba futura, / y en un trueno de música gloriosa, millones de labios / saludarán la espléndida luz...”

Autobiografía espiritual

Los momentos más intensos, las vivencias más íntimas, las experiencias más profundas son valoradas por Rubén, para dejarnos la impresión de un testimonio espiritual hecho canto. Así, en “De otoño” dice que él es “pobre árbol” que produjo “un vago y dulce son” y que “Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:/ ¡Dejad al huracán mover mi corazón!”


La melancolía otoñal es la nota que predomina, como en este poema-prólogo, llamado así porque inicia su libro: “Yo supe de dolor desde mi infancia; /mi juventud... ¿fue juventud la mía?/ Sus rosas aún me dejan su fragancia, /una fragancia de melancolía.”


O en este otro titulado justamente “Melancolía” (1903) en el que Rubén, “ciego de ensueño y loco de armonía” y “andando a tientas” por “este mundo amargo”, concluye apesarado: “Y en este titubeo de aliento y agonía, /    cargo lleno de penas lo que apenas soporto./¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?”

Antiimperialismo
El impulso avasallador del naciente imperialismo norteamericano dan pábulo para los temas y elementos de la poesía política dariana y particularmente antiimperialista. De su conciencia americanista deviene su reacción o, mejor, su posición firme frente al coloso del Norte, pero matizado de un tono de optimismo y de esperanza en el porvenir esencialmente americano. En la celebrada oda “A Roosevelt” (1904), Rubén expresa -en admirable síntesis- la oposición entre los “materialistas” del Norte y los “espiritualistas” del Sur; y empieza por reconocer al “futuro invasor”: “Eres los Estados Unidos /eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, /que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.


Es un imperio y como tal, ¡soberbio y fuerte”, que “donde pones la bala” allí “el porvenir pones”, pero “la América nuestra” que “vive de luz, de fuego, de perfume, de amor...”. La América de Moctezuma, del Inca, de Colón, esa América “que tiembla de huracanes y que vive de Amor”: “Y sueña. Y ama, y vibra: y es la hija del Sol.”


Por eso advierte al imperio: “Tened cuidado. ¡Vive la América española!”
Los Estados Unidos tienen todo o, mejor, casi todo: fuerza, poderío, riqueza material, son “potentes y grandes”, pero les falta la gracia divina: “Y pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!”


El poema, convertido en el más ferviente clamor continental, recorrió todos los diarios y revistas de nuestra América llamando al espíritu de la raza a la unión y a la protesta antianglosajona.


Otro poema en el que su antiimperialismo aparece nítidamente definido es “Los cisnes”, en el que advierte a la América Española y la “España entera” de la amenaza nórdica. El cisne no es ya el ave-símbolo del erotismo de sus poemas anteriores, sino el heraldo, el mensajero de la esperanza para salvar nuestra raza y nuestra cultura. El poeta interroga a la Esfinge con la mirada fija en el porvenir que espera: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? /¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después?”

Preocupación existencial

El tiempo, el placer, el amor, la muerte y otros problemas existenciales del hombre, Rubén los aborda con profundidad en esta obra. Son temas que recorren sus Cantos como un peregrinar poético, un ir y venir hasta dar con la angustia metafísica de “no saber a dónde vamos, ni de dónde venimos”.


En Cantos de Vida y Esperanza el tiempo ha cambiado para el poeta que ha entrado al otoño y echa su mirada atrás, a su nostálgica primavera ya pasada, al “tesoro” de su juventud ida “para no volver”. Pero es también el tiempo de la esperanza en el futuro, no para morir sino para renacer y renovarse: “La latina estirpe verá la gran alba futura...” (Salutación del optimista) Y en “Los cisnes”: “Yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera...”


El dolor de vivir se expresa como “amargo vaticinio” ante su pequeño hijo: duerme bajo los ángeles, sueña bajo los santos, /que ya tendrás la vida para que te envenenes...” (A Phocás el campesino, 1905)


En Rubén, la preocupación por la muerte es angustia y obsesión, terror del instinto primitivo y vital. Rubén confiesa que desde los comienzos de su vida, ha existido en él “la profunda preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el pavor de la tumba” que le turba la tranquilidad porque se acerca “la certeza tenebrosa del fin”. Su canto no oculta ese “horror de sentirse pasajero, el horror”: “...de ir a tientas en intermitentes espantos / hacia lo inevitable desconocido y la pesadilla brutal de este dormir de llantos /de la cual no hay más que Ella que nos despertará”. (Nocturno)


Y luego, la preocupación por lo que está después de la muerte, lo que vendrá después, el más allá desconocido y por lo mismo angustiante de “Lo fatal”:

        “... y no saber a dónde vamos,
        ¡ni de dónde venimos...!”

rmatuslazo@cablenet.com.ni