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La ciudad sufre de corrientes impetuosas, casas a las orillas del peligro, tugurios a lo largo de los cauces. La ciudad además, durante el invierno, se vuelve una desordenada Venecia, sin más góndolas que sus viejos autobuses. En verano, es todo lo contrario: el agua desaparece hasta de los grifos de una buena cantidad de barrios. Y llega la sed. Es la Managua de los extremos.
La ciudad se ha comido los bosques y ha crecido sobre las fallas geológicas, y en los últimos años,  con sus brazos más paupérrimos, se toma las costas del Xolotlán.  Pero también la ciudad se come Las Sierras y así va: devorando lo que encuentra a su paso y rumiando anarquía.


Todavía no se sabe adónde irá Managua, sólo sabemos que es la gran metáfora de Nicaragua: ¿a dónde vamos? , porque la capital se desparrama en residenciales, en zonas exclusivas, en centros comerciales que venden la falsa idea de un centro inexistente. Es la Managua repartida en barrios, asentamientos, dolores y desesperanzas. Es decir, una capital con dos cabezas: la opulenta y la macilenta.


Una capital sin corazón y con exceso de plazas. Por lo general, los centros cuentan con sus espacios abiertos y sus calles, y lo menos que hay son aceras donde andar  y plazas de trabajo donde ganarse la vida. Pero las plazas de la Fe, de la Biblia, de la República y últimamente de Las Victorias, no sustituyen la falta de ciudad.    


Cuando el gobierno de Taiwan decidió donar todo el complejo presidencial relegado con el actual gobierno, la nación asiática le estaba dando un empuje a las autoridades municipales para hacer ciudad. Pero la Casa Presidencial fue degradada a “De los Pueblos”, y Managua continúa tan al garete que el actual mandatario se llevó la Presidencia de la República a su propia casa.
Es decir, la capital además de no contar con un corazón, tampoco posee un edificio propio, representativo del Poder Ejecutivo como en las ciudades normales: La Casa Blanca en Washington, el Palacio de Miraflores en Caracas, La Moncloa en Madrid, Los Pinos en México, La Casa Rosada en Buenos Aires, La Moneda en Santiago, etc.  

Una situación

Managua no es una ciudad sino una situación. Así, sin apellidos. Es la metáfora más emblemática de Nicaragua.  En la parte que intenta ser ciudad, se inunda con extrema facilidad. La palabra Managua puede, entonces, sufrir de otro significado que se lo da el agua: inundación, porque se inunda de todo: de basura, de lodo, de vehículos,  y vaya usted a saber de cuántas…


Se padece la inundación del parque vehicular. Cuando hay algún acto celebratorio, sea el Primero de Mayo o el Carnaval, la capital se vuelve casi una enorme jaula sin salida. Pero igual sucede, cuando trancan cualquier calle, por obras de construcción o bacanal o por alguna manifestación. En el caso del Hotel Princess, el gobierno mira una cosa distinta al resto de la población: ve su “Plaza de las Victorias”, y la mayoría una calle más, con negocios  a sus costados, por donde todos deberíamos transitar sin traumas ni tranques.


Es seguro que Managua no sea la única ciudad sin desagüe. Es más, creo que decir ciudad, al referirse a Managua, es un cumplido. Más bien, lo correcto sería decir: es una situación. Bien, es seguro que Managua no sea la única situación sin desagüe y además, sin corazón. Tan desarticulada se nos quedó desde el terremoto de 1972. Los desagües hay que construirlos. Las iniciativas ciudadanas son muy útiles, por ejemplo, cuando de hacer las cosas con el corazón se trata.

 

Managua como la democracia son obras inconclusas. Hay plazas que están ahí, y no se usan, y más bien se imponen otras. Igual a la Constitución: está ahí, y lo peor es que no se usa, sino que se abusa.  

 
¿Y el resto del país?
Si Managua no termina de ser ciudad, vale la pregunta para el resto de nuestro país, y más con aquellos conglomerados tan lejanos como San Juan del Norte, o el propio San Carlos.  


La mayoría de nuestras urbes crecen sin orden, desde los 90. Los bolsones habitacionales aparecen y la ciudad se va inflando sin control, provocando una presión sobre los servicios básicos, además de sacrificar bosques enteros donde se van metiendo, sin ninguna planificación, nuevos caseríos.


De esta manera, se aprecia que las instituciones como la alcaldía, el Marena y el Ministerio de Infraestructura padecen una visión segmentada de la ciudad. Y, pocos  llegan a comprender que es de gran importancia el protagonismo del Instituto de Turismo en la búsqueda de amarrar nuestros disueltos barrios a un plan. Al fin y al cabo, los visitantes extranjeros buscan un destino atractivo no sólo por sus playas o ecosistemas, paisajes o historia, sino por algo tan esencial: la armonía de la ciudad, con sus plazas y calles donde caminar y sentir el país. Es decir, participar del concierto de su gente.


La ciudad es el reflejo de la sociedad. De ahí este amago de ciudad llamada capital que nos describe plenamente: amago de revolución, amago de democracia, amago de justicia, amago de transparencia electoral…