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Impresionante ha sido la cantidad de denuncias publicadas por EL NUEVO DIARIO de lo que al parecer son las tropelías del titular de una de las más neurálgicas instituciones del Estado nicaragüense, yerros que, de ser ciertos, ponen en duda la pregonada revolución de la honradez y la honestidad del servidor público, virtudes publicitadas con ahínco y a granel desde las tribunas oficiales. Los hechos denunciados conllevan en su naturaleza la terquedad con la que se enraíza la mala hierba, y una vez más, es expuesto en la palestra pública, ese incordio que en nuestra historia ha representado el concepto de bucaneros que algunos tienen de lo que es el Estado en este terruño en permanente vísperas de ser país, tanto que algunos lo llaman el “país de mañana”, porque, además, casi todo lo dejamos para mañana.


Hace varios años, en una comparecencia de prensa, ante cámaras y periodistas, Arnoldo Alemán, tijera en mano y cínica sonrisa, cortó el plástico de una tarjeta de crédito, intentando crear con ello el símbolo de honestidad, y la imagen de honradez y transparencia que caracterizarían su gestión de gobierno. Poco tiempo después, los saldos de sus tarjetas, utilizadas en sitios de lujos y placeres de medio mundo, más los atracos desvelados por su sucesor, erizaron a la población entera, y más al desmedrado presupuesto general del “mañana country”. Y este comportamiento de los caporales es de vieja data, incluso en una ocasión vendieron por tres millones de dólares al país con todo y gente. Así ha sido siempre; basta una mirada retrospectiva para ver la corrupción -estatal y privada- reproduciéndose hasta el infinito, como imágenes proyectadas en espejos, al mejor estilo de Dalí.        


Los atracos contra la institucionalidad han sido misceláneos, y con taumaturgia incluida. Éste es el único país del mundo donde de la noche a la mañana, y hasta el día de hoy, desaparecieron las locomotoras del ferrocarril, con rieles y durmientes incluidos, prestidigitación que jamás logró el mundialmente famoso mago David Copperfield. Por ello, cada gobierno de turno persigue a los malandrines del período anterior, pero ya el botín ha cruzado las fronteras. No sé si el Estado recupera lo robado, encarcela a los culpables o negocia, en procura de réditos políticos, pero siempre hay gente en fuga. Recién se ha dicho que procesarán a cuarenta y seis personas (como en los tiempos del viejo Alí Babá), por la quiebra de uno de los bancos… y faltan más.


Y para escarnio nuestro nos hemos acostumbrado, y hasta hacemos guasa con este tipo de conducta. Alguien me contó que, poco antes de iniciar uno de estos últimos gobiernos, el director de una oficina empacó todos los equipos que le habían asignado con la indudable intención de llevárselos “porque el nuevo director es un gran ladrón”. Sin embargo, lejos estoy de afirmar que todos los trabajadores del Estado están contaminados con el virus de la ratería. Al contrario. Hay centenares de hombres y mujeres que personifican, en su vivir y laborar, ejemplos de dignidad, honestidad y transparencia, actitudes que han impedido que esos valores se extingan. Parte de esa reserva moral nicaragüense y solidaria con el pueblo es la que ha denunciado el latrocinio de antes y de ahora, para que sepamos cómo es que se administran nuestros caudales.


Y las paradojas siempre muestran sus risas burlescas, y en vez de honrar al personal que ha denunciado estos atropellos, se les ha despedido, recurriendo incluso a viejos y manidos argumentos, como ser asalariados de la Central de Inteligencia Americana (CIA). La inmensa mayoría vivimos bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, pero cuando oscurece hemos visto brillar a las luciérnagas y sabemos por dónde les sale el brillo. En mi carácter de ciudadano del “mañana country” solicito al gobierno que no deje este expediente para mañana. En caso contrario, que le confieran una Medalla al Mérito al “ilustre” personaje.