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Esos tres componentes dominan en el gobierno de Daniel Ortega, los cuales no son la vía acertada, pues más bien refuerzan conceptos que han prevalecido en el país, y deben erradicarse si hablan de construir un sistema de justicia social.


La regalía a los pobres es la expresión cristiana del gobierno, se entrega durante un ritual cuyo discurso es inspiración bíblica, de contenido mesiánico, con un dios representado en el presidente Ortega.


Quien vive en la pobreza, por supuesto, agarra lo que le regalan. Mientras, los regalones esperan que con ello la persona beneficiada muestre gratitud ante la benevolencia y jure venerar al protector.


No creo que los regalos sean un medio para convencer a las personas, aun cuando estoy seguro de algunos resultados positivos para los ricos durante la historia feudal y cristiana de Nicaragua, en esa relación de poder entre patrones y pobres.


El equipo de ideólogos del FSLN, si es que existe, está convencido de que si ese método dio réditos a los ricos y poderosos en aquella época, sigue siendo válido en las relaciones de poder en Nicaragua. Pueden equivocarse, a largo plazo son otros los intereses de la sociedad nicaragüense. La historia de rebeliones cívicas y guerras lo demuestra.


Aun cuando parte de la población pobre conciba la bondad del patrón y gobernante, y le disculpe el enriquecimiento desmedido; otros pobres y no pobres muestran indignación ante la corrupción de los funcionarios estatales.


Aunque no sea la mayoría, un grupo influyente de nicaragüenses denuncia públicamente las injusticias que se comenten y va animando al pueblo a que se manifieste contra ellas. Corrupción existe en este gobierno, y muy poco, casi nada se hace para erradicarla, pues garantiza lealtades e ingresos para “el partido”.

Corruptos sin castigo
Los medios de comunicación muestran evidencia de actos corruptos, sin embargo no proceden judicialmente las autoridades del sistema encargadas de garantizar el bien público. Prevalece inmunidad, impunidad y descaro.


Los actuales gobernantes no son la excepción, los danielistas aplican un modelo tradicional de hacer política. Creen que el pueblo no tiene memoria o a lo mejor creen que no piensa, que su ignorancia académica, es ignorancia plena. Además consideran que pidiendo perdón, es borrón y cuenta nueva. La sociedad olvidará las robaderas.


En Matagalpa, donde vivo, una ciudad con cien mil habitantes, cantidad de personas que me encuentro en calles y comunidades rurales, saben de los actos de corrupción de autoridades locales y nacionales. Algunos los justifican, la mayoría los condenan.


La gente conoce a personas corruptas que han sido y son funcionarios estatales y municipales, que caminan campantes exhibiendo la riqueza obtenida; la gente ve el uso de bienes públicos para el enriquecimiento. Sabe del tráfico de influencias, de cómo unos pocos se benefician con salarios extraordinarias y puestos de trabajo.


Digo salarios extraordinarios en comparación con los ingresos menores de la mayoría de trabajadores. Así como sube la espuma candente en la olla de frijoles, suben las cuentas bancarias de los ladrones. Porque además de firmar por un buen salario, utilizan la influencia de su cargo en el Estado para aumentar sus ingresos a través de negocios personales.
En estos pueblos pequeños la tradición oral funciona, la sociedad no se ha individualizado, es común ver en calles y caminos, buses y taxis, parques, restaurantes y cantinas, a grupos de personas comentando los actos delictivos de funcionarios. Es secreto a voces.


Las personas sacan cuentas de cómo vivía antes ese funcionario, y cómo ha subido su nivel de consumo a partir de la entrega partidaria y gubernamental, y cómo ha cambiado o fortalecido su personalidad en el poder, y el provecho que le saca a su lealtad con el jefe, en todos los niveles.


Es una cadena social, engrandecida con eslabones de lealtad y complicidad, que este gobierno no quiere romper, ni construir con otro modelo, el de la eficiencia y honradez, porque implica pensar y criticar, fomentar la autoridad para cuestionar al aprovechado de los bienes del pueblo.


El pueblo nicaragüense conoce a funcionarios que les pagan por trabajar en el Estado, no cumplen con sus horarios, dedican parte de su tiempo a negocios particulares, utilizan los medios del trabajo, y hasta hay quienes reciben salario y no aparecen por las oficinas donde se les paga, pues están en las del partido o en las del jefe.

Represión velada o directa al inconforme

Se equivocan los danielistas si creen que la mayoría de las personas reaccionan complacientes con la corrupción, a cambio de regalías; más aún si consideran que la represión en el Estado y las calles va a someter a la sociedad nicaragüense.


En las oficinas estatales obligan a trabajadores a pagar cuota partidaria, amparados en la entrega masiva de militancia, sin embargo hay trabajadores que recibieron el carnet por mantener su trabajo y se molestan tener que pagar.


El colmo es que, además los trabajadores deben costear transporte para las marchas partidarias, y someterse a la presión de los jefes que velada o directamente les amenazan con el despido si no son leales y sumisos. Es decir, el trabajo no es un derecho sino una concesión porque sos fiel y financias al partido gobernante.


Diferente sería si el trabajador por voluntad cotiza en el partido, sin someterse a presiones en su trabajo, y que su crecimiento salarial y estabilidad laboral sea a partir de su eficiencia. Pero, reitero, la represión domina el escenario.


Sino veamos las protestas de los empleados, son reprimidas. Además, quienes son corridos pasan meses sin recibir sus prestaciones sociales, una actitud cruel contra quien vive de su salario. La injusticia y ese tipo de relación obrero patronal es inevitablemente rechazada, aunque sea en silencio.


Aún cuando los sindicatos sandinistas no se rebelan a los directivos del partido que además son sus jefes políticos y gubernamentales, se encuentran molestos con los procedimientos y la falta de beneficios para los trabajadores mientras la canasta básica cada día está más cara.


La represión en las calles, a los protestantes o manifestantes con otras ideas, igual causa enojo, pues en este país cada persona en privado o públicamente debería salir a las calles y ejercer su derecho a la expresión o rebeldía cívica.


Así es que las regalías a los pobres, puede ser un mecanismo para conseguir votos, pero no creo que los garantice viendo la corrupción estatal y la represión a los derechos y libertades, pues genera miseria, descontento y temor en la persona que no logra mejoría en su vida económica y social.


Y si así fuese cómo se garantiza el poder, pues las transformaciones que se anuncian oficialmente para cambiar el sistema jamás van a prosperar, seguirá siendo la visión de los políticos empresarios de este país que nos mantienen en miseria y nos obligan a la rebeldía.

*Director Centro de Comunicación y Estudios Sociales (CESOS)
http://sergiosimpson.blogspot.com/