• |
  • |

Desde la América española se puede hacer la traza de la prolongada presencia árabe en España. Forma parte de la rica mezcla genética y cultural latinoamericana. Más allá del álgebra, aparece en el idioma la arquitectura o la gastronomía. En palabras cotidianas, como aceite y ojalá, en el arroz con leche y en los jardines internos del diseño de las casas coloniales.


Los pueblos latinoamericanos y árabes comparten un atraso político medieval en relación con el conocimiento de la democracia. Tal vez por eso, las revoluciones que se producen en estos países terminan sustituyendo regímenes malvados por otros similares o peores. Tal es el caso de Irán, Cuba, Libia, Nicaragua o Venezuela.


Viendo la tempestad sobre el mundo árabe, es más fácil entender porqué en América Latina la dictadura cubana y sus obstinados aprendices en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador disipan sin contemplaciones cualquier brisita contestataria que la disidencia se atreva a soplar.


El estalinismo tropical de estos gobiernos ejerce con mayor o menor eficiencia, como en las fenecidas dictaduras comunistas de Europa, un férreo control político de la sociedad por pulgada cuadrada, 24 horas al día, los 7 días de la semana, sin feriados. En su masivo espionaje no hay lugar para las sorpresas.


Se calcula que la tenebrosa Staci llegó a emplear cien mil espías para 17 millones de alemanes. Una proporción de 1/170, que hizo ver infinitesimales las cifras que usó la KGB o la Gestapo. Pero cuando a esta nómina se le suman la red de soplones, “orejas” y similares, la estimación es aterradora, un espía por cada 56 habitantes.


Es factible que después de medio siglo, la proporción de agentes y chivatos políticos en Cuba sea todavía más aberrante. A Fariñas y las Damas de Blanco pareciera los acosan cien por cabeza. Su único delito, además de luchar cívicamente por la libertad, es poner en práctica la máxima de Rosa Luxemburgo: “El acto más revolucionario es decir lo que uno piensa”.


Quizás por esa dedicación al espionaje colectivo, entre otros males que la dictadura ha impuesto, es que se decía de la isla, antes de que el régimen consintiera la alucinante novedad capitalista de que un cubano pueda contratar a otro, que Cuba era el único país del mundo donde “se podía vivir sin trabajar”.


La historia derribó el muro de Berlín, pero no la inquebrantable sumisión dogmática de una izquierda estalinista, que se niega a reconocer las dictaduras y los crímenes cometidos en nombre de su ortodoxia. La justicia argentina por ejemplo, condenó a Videla, pero no se ocupa de unas 13,000 víctimas que dejó el terrorismo del ERP en la década del 70.


La indulgencia contra los horrores del absolutismo político cobija también las atrocidades del islamismo radical. De un desquiciado antiimperialismo contra Estados Unidos y una inexplicable fobia contra Israel, nace una solidaridad de esta izquierda, no con los pueblos de Irán, Libia, Cuba o Venezuela, sino con sus dictadores.


Así, ignoran o calumnian a Orlando Zapata como ayer lo hicieron con Margarete Buber-Neumann. Igual difaman a Robert Redeker o a Talisma Nasrin.


Mientras los pueblos árabes intentan salir de regimenes autocráticos, algunos pueblos latinoamericanos parecieran intentar todo lo contrario. Poca resistencia encuentran en el camino de su perpetuación al poder, los gobernantes seguidores de Castro. Unos con más “éxito” que otros, van con saña tiránica atropellando la libertad y la democracia, convirtiendo sus sistemas de justicia en espantajos legales y sus Constituciones en papel higiénico.


Es descorazonador el oscurantismo que predomina en estas débiles y serviles sociedades de la región. Chávez, después de 12 años de arbitrariedades y fracaso económico, ostenta cerca del 50% del voto. Ortega con un gobierno de facto, abiertamente corrupto, dos períodos funestos y una guerra a cuestas, organiza elecciones ilícitas pretendiendo reelegirse, acto explícitamente prohibido por la Constitución.


Sin embargo, en las profundidades lamosas de la dictadura castrista, donde generaciones han fenecido sin conocer el mundo, la historia se niega a detener su marcha. Yoani Sánchez afirma que la desilusión va ganado la partida en la isla, que muchos pasan de delatar a conspirar, que “el número de insatisfechos aumenta, pero el grupo de los que aplaude no gana nuevas almas”.


Y agrega: “Como en un reloj de arena, cada día cientos de partículas de desengañados va a parar al sitio contrario donde una vez estuvieron. Caen al montículo que formamos los escépticos, los excluidos y los indiferentes. Ya no hay retorno, porque ninguna mano podrá darle vuelta al reloj”.


Es porfiada la lucha de la humanidad por liberarse. Pareciera que en el alma de los pueblos subyace, conviviendo pared con pared; como el instinto y la inteligencia en el cerebro humano, el anhelo de libertad y el ímpetu de resistencia de cada nación.
La historia no hace excepciones, no importa el signo político ni el tiempo que dure una tiranía, irremediablemente terminará por extenuarse.