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Es normal que en los partidos políticos se note unidad entre el discurso oficial que expresan sus jefes y el discurso que, como un eco, repiten sus partidarios. Esa unidad, sin embargo, no refleja sus respectivos intereses económicos y sociales, ni tienen iguales formas de expresión, las cuales, a su vez, revelan desigualdad cultural. Además de esta diferencia, cada uno recibe el estímulo de sus propias condiciones materiales de vida, y la percepción que cada grupo tiene sobre un mismo asunto –más la elaboración ideológica que cada quien le hace—, impiden que lo interpreten y lo sientan de la misma manera.


No es raro, entonces, que entre ellos haya contradicciones, aunque no siempre afloran hacia el público. Para Daniel Ortega y su grupo más cercano, la continuidad no representa lo mismo que para sus partidarios de las bases. Todos están por la reelección, pero la reelección no significa continuidad para todos.


Comencemos por el hecho de que las primeras víctimas de las ambiciones reeleccionistas de Ortega han sido sus propios compañeros de partido. Los que por capacidad, aptitud, idoneidad, legítima aspiración y derecho han querido ser candidatos a la presidencia de la república por el que fue FSLN. (Ahora, la anulación de los cuadros es total). ¿Por qué? Porque han pretendido la continuidad de las reformas revolucionarias en democracia, y a Daniel sólo le interesa el continuismo de su poder personal autoritario. Aquí resalta la diferencia práctica entre continuidad y continuismo. Veamos cada concepto en las versiones de diccionario:


Continuidad: “cualidad de continuo; circunstancia de ocurrir o realizarse una cosa sin interrupción.” Ésta es la idea que animó a quienes fueron defenestrados, y seguramente es la idea de la base del orteguismo actual, pero ésta sufre el espejismo de que este gobierno representa la continuidad de la revolución sandinista. En muchos casos, es un espejismo sincero, honesto, idealista. En cambio, para Ortega y sus secuaces, la continuidad no les interesa, sino como consigna demagógica de que ellos impulsan la “segunda etapa de la revolución”. Lo que ellos buscan, en realidad, es el continuismo, o sea: la “ausencia de cambios o renovación en un proceso o situación, particularmente política.” Más claro, imposible: Ortega sólo busca su reelección para seguir con su proyecto político individual, por extensión familiar y por conveniencia grupal.


Después de quienes aspiraron a ser candidatos, y por ello Ortega los expulsó o marginó, en la lista de sus víctimas siguen quienes han tenido una visión y opción de continuidad democrática, aunque nunca aspiraron a ser sustitutos de su candidatura.
A Ortega les están inflando su ego quienes por una infinidad de razones –más que todo, la razón económica—, apoyan su proyecto político y lo defienden. Al lado de los oportunistas que le hacen la corte a Daniel, se ubican los reproductores de su discurso en la base, y creen que van tras objetivos sanos y hasta piensan que, ciertamente, el orteguismo busca la continuidad de la revolución del 79. Por lo tanto, no distinguen el continuismo en la ilegal reelección de Ortega de sus ambiciones, y repiten mecánicamente la parte del discurso oficial contra los que se oponen: “enemigos de la revolución”, y “agentes de la derecha y del imperialismo.”


No hay razones ni argumentos inteligentes que puedan contrastar las denuncias de corrupción, por demás, fundadas en los hechos comprobados y comprobables. De ahí, que trabajan tras la ilusión de que, lo de Ortega –en primer lugar su reelección—, es un proyecto transformador. Hacen cuentas galanas, además, con las vaquitas, los chanchitos, las gallinitas y los milagrosos planes para acabar con la pobreza, algo tan de moda en boca del mundo oficial de todos los países, grandes y chicos, desarrollados y enrollados por el atraso.


Aun haciendo la concesión de que sus reformas sociales están cerca de la realidad, incluso que son ya una realidad, a cualquiera le asalta una inquietud: ¿equivale tanta belleza a la pérdida de los derechos democráticos, las libertades públicas, la dignidad personal y la justicia? ¿Es necesario renunciar al derecho de un trabajo digno y justamente remunerado, a cambio de las humillaciones que dan la dependencia del “partido” y de la voluntad de cualquier burócrata prepotente, además de ladrón, que manipulan todo a su gusto?


No hay mucho que decir para darse cuenta de hasta qué punto la base del orteguismo no alcanza ver con claridad –y algunas veces— tampoco con sospecha, la magnitud del enriquecimiento personal, familiar y grupal del orteguismo con la colaboración venezolana. Un negocio con beneficios de oscuros destinos y de una confusa relación personal, partidaria y estatal bajo las consignas latinoamericanistas de la solidaridad del Alba.


Aun menos claras son las adquisiciones de propiedades multimillonarias como hoteles, haciendas, mansiones compradas o construidas al gusto de los recién estrenados millonarios con asiento en cualquier corporación, empresas, instituciones públicas o el “partido”. ¡Todo un complejo laberíntico que envidiaría el mismo Dédalo!


Aunque exista una masa de ingenuos o “creyentes del agua clara” del orteguismo, es más que obvio que no puede haber compatibilidad entre su concepto de continuidad y la práctica del continuismo orteguista. Esa es la visión que el orteguismo no deja de ofrecer con sus violaciones a la Constitución, la búsqueda de su continuismo y no la continuidad de ninguna revolución, lo cual no puede ocultar con su multimillonaria y ofensiva propaganda.


Daniel Ortega está a punto de proclamar otra “victoria” contra las leyes y la Constitución y, por lo mismo, contra Nicaragua y los nicaragüenses, con la colaboración de la oposición oficial de Arnoldo Alemán, apéndice de los planes de Ortega, con su habitual hipocresía de cara al público y sus negocios políticos por debajo de la mesa. Éste va también tras su propio continuismo de segunda categoría: diputaciones, magistraturas y toda clase de prebendas.


Al otro sector de oposición, tan heterogéneo como dividido, le está cogiendo la noche con su unidad, y se encuentra aprisionado entre los métodos tradicionales, personalistas, y el círculo de hierro de las ilegalidades del sistema electoral vigente. Buscar la unidad mecánica en estas condiciones no le serviría de nada a la visión del pueblo; y la unidad total, es imposible.


Pero podría ser opción si, al menos, pretendiera la continuidad de las reformas democráticas frustradas; no dejar en el aire objetivos mínimos por los que se ha luchado históricamente: un país con gobiernos libres de oportunistas; un verdadero orden constitucional; freno y castigo de la corrupción; retornar en proyectos sociales al pueblo lo que le han robado; reformas sociales sin demagogia; ley electoral democrática y separación efectiva de los Poderes del Estado. Sólo para empezar. ¿Podrán?