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“Veintiséis años son toda una vida”, me comentó mi mama, después de almorzar. Pensaba en vos, en que este 5 de febrero de 2011 se cumplen 26 años de tu sacrificio. De tu caída en combate en el cerro El Ventarrón, luchando en desventaja militar, aferrado únicamente a las convicciones, a los sueños, a la utopía.


El cadáver de mi hermano llegó dentro de un ataúd rústico, de pino labrado. En el hospital militar de Apanás lo habían preparado y vestido con un uniforme nuevo, camuflado, de los que usaban los Cachorros del Servicio Militar. Cuando cayó, mi hermano menor, Álvaro José, del signo Acuario, cumpliría tan solo 23 años. No era militar, pero sí militante del Frente Sandinista.


Le faltaba poco para graduarse de Licenciado en Economía, en la UNAN Managua, y se fue voluntario a los cortes de café a Jinotega, zona de guerra, junto al contingente del Recinto Universitario “Carlos Fonseca”. Estaba ubicado en la finca Las Lajas.
Esa mañana del 6 de febrero de 1985, desperté cargando una horrible sensación de angustia. Yo estaba en una finca de algodón, en la zona de Tisma, al frente de un contingente de cortadores de Carazo y recuerdo que de pronto me vi impulsado a preparar mi mochila.


Esperé. Minutos después, por el radiocomunicador, avisaron que pasarían por mí. En un vehículo Niva, soviético, me trasladaron hasta la carretera a Masaya, donde abordé un bus. Llegué luego a Managua, a la sede nacional de la Juventud Sandinista, donde trabajaba mi hermana mayor. Ella estaba en el despacho de Carlos Carrión, llorando, y al verme entrar corrió a abrazarme y me dijo lo que más temía: “Álvaro está muerto, lo mató la Contra”.


Horas después, frente a la propia puerta de la casa de mi mamá, recibimos abrazados su cadáver. Recuerdo que lo trasladaron en una camioneta de tina y lo lloramos a gritos, en plena calle de Colonial Los Robles. Desde entonces, un aire de tristeza y de dolor quedó impregnado en aquella casa. Un sentimiento de pérdida, de luto, que se acentúa en fechas como hoy.


Aquel diciembre de 1984 fue la segunda Navidad que pasaríamos físicamente separados. La primera vez fue en 1975 y tratamos de reducir la distancia y la sensación de separación con cartas y postales, que llegaban tardíamente.


En 1984, las comunicaciones no habían cambiado notablemente como ahora. La tecnología móvil ni soñaba llegar, menos el Internet. Así que de vos sabíamos por las cartas que llegaban a las manos de mi mama.


Esas cartas, escritas con una letrita chiquitita, que en ocasiones costaba tanto interpretar y entender, están resguardadas en un mueble que mi mama destinó para tus pertenencias personales: diario, botas de hule, canasto de café, pañoletas. Y, de la época del colegio, tus medallas deportivas, los números con los que corrías, tus zapatillas Adidas.


Mi hermano y yo muy pocas veces nos separamos. Entramos juntos al kinder, en el colegio Calasanz de El Carmen y muchos años después nos bachilleramos en el Colegio de los Padres Escolapios. Regresamos juntos a Nicaragua, días después del célebre 19 de Julio, y nos incorporamos de inmediato a la Revolución.


Durante la Cruzada de Alfabetización permanecimos en Siuna un tiempo y luego a mí me trasladaron a Rosita. Nos reencontramos en Puerto Cabezas, poco antes de abordar los barcos camaroneros que nos trajeron de regreso primero al Rama, y luego a Managua. Juntos entramos a la ciudad, orgullosos del deber cumplido.


Después de casarnos, terminamos compartiendo la misma casa. Ambos con un hijo. Álvaro Emilio y Carlos Roberto.
Adolescentes, parrandeamos juntos con los broderes de Altamira y del colegio; luego pusimos serenatas con nuestro primo, Eduardo; bailamos y ya ebrios, admitíamos que pese a las diferencias de carácter y de personalidad, nos queríamos mucho, nos extrañábamos.


El último recuerdo que conservo corresponde a cuando lo llevé a la UCA, para reunirse con los otros cortadores de café. Iba caminando con una enorme mochila en la espalda. Luego, horas después, fuimos a despedirnos de él y del contingente, acompañados de Álvaro Emilio. Nunca se me cruzó por la mente que no volvería a verlo.


Cuando pienso en sacrificios como el de mi hermano, o de “Baquita”, de Marlon Zelaya y de muchísimos compañeros más, recuerdo un poema que citaba una novela de Luis Rogelio Noguera, escritor cubano ya muerto, que decía: Nosotros, los sobrevivientes, a quiénes debemos la sobre-vida. Quién recibió la bala que iba destinada a mí….?.
Estos años extras se los debemos a compañeros como vos, que ofrendaron lo más valioso del ser humano, la propia vida. Estamos en deuda eterna con ellos.


Veintiséis años son toda una vida. Cierto. Y sin vos, son una eternidad.