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El ascenso del sandinismo como corriente política al gobierno nicaragüense en 1979 fue resultado de un proceso sociohistórico que significó un cúmulo de avances y retrocesos, desembocando en una experiencia de nuevo tipo en el convulsionado continente de la época.


A este período se le ha categorizado a nivel local y regional, tanto en el calor de la revolución, como desde una mirada retrospectiva, como una ruptura histórica y cultural, dada la trascendencia de su práctica emancipadora, la cual integró de manera novedosa a las formas políticas tradicionales, referentes socioculturales como la teología de la liberación, la educación popular y el nacionalismo emancipador, y a su vez a la política concreta y transformadora del imaginario social.

El conflicto

De manera extremadamente sintética, podríamos decir que la confrontación derivada de una política nacional antiimperialista en el marco de la disputa por las zonas de influencia mundial de la guerra fría y las propias contradicciones sociales internas, abonaron a que luego de una década de transformaciones económicas y sociales, el país retomara el rumbo de subordinación a la política capitalista, esta vez no bajo la figura de una dictadura militar, sino a través de elecciones como punto culminante de un desgaste social y político en todos los estratos sociales y en la misma clase política.


A pesar de los esfuerzos autocríticos que de manera más o menos rigurosa han surgido por parte de los actores que protagonizaron ese período, aun es una asignatura pendiente profundizar en un balance responsable que renuncie a las simples descripciones o relatos y se atreva a visibilizar desde la izquierda misma los fallos con las misma intensidad con que se refieren los aciertos.


Lo cierto es que a partir de 1990 Nicaragua dio un giro vertiginoso hacia un modelo social neoliberal, a tono con la tendencia inminente latinoamericana. Más allá de las definiciones de la filosofía liberal –ahora plasmadas en la libertad de mercado- , las reformas estructurales y la retórica oficial, es innegable que la conciencia colectiva de un par de generaciones fue invadida por nuevas representaciones y concepciones de lo social. Las ciencias sociales mismas no pudieron escapar de este fenómeno, y el avance que representó la teorización social sistemática, aun con sus matices en cuanto a los niveles de criticidad, sufrió un retroceso, y pasó a jugar un rol legitimador del status quo. Esta situación prevalece en la actualidad.


Como hemos acotado, no podemos desvincular las encrucijadas que significó esta ruptura a nivel nacional del contexto internacional. Otra parte importante de dicho escenario fue la redefinición a nivel mundial de los partidos políticos y movimientos antisistémicos, posterior a la caída del muro de Berlín, quienes vieron cuestionadas no sólo sus estrategias, sino sus propia naturaleza y lectura de lo social, hasta entonces marcadas con la impronta de la teoría marxista. Los resultados de esta redefinición fueron diversos, sin embargo prevaleció la moderación de los discursos y lo más importante de las prácticas organizativas, así como el descenso de la movilización social.

La necesidad de re-definiciones
Estos acontecimientos no serían de mayor interés de las ciencias sociales si se quedaran en simples manejos mecánicos de grupos reducidos que no aterrizan en lo cotidiano. Pero asistimos realmente a la construcción de proyectos políticos nacionales arraigados tanto a nivel ideológico como cultural y social, con nuevos fundamentos y por consiguiente con nuevas prácticas.
En el caso de Nicaragua, el FSLN pasó de ser una organización político-militar de vanguardia en el gobierno a un partido político con vocación electoral.


Este cambio constituye a su vez una proyección de una nueva visión de la sociedad y de los mecanismos para su transformación. Por tanto, un segmento importante de la sociedad nicaragüense empezó a diseñar en el día a día de forma más o menos consciente, nuevas rutas para el cambio. El trabajo de base hasta entonces conocido, pasó a ser un trabajo exclusivamente electoral, y la contradicción de clase no fue el eje central del discurso político, reduciéndose significativamente a un cuestionamiento moral de los adversarios y el reavivamiento de las nostalgias del pasado.


Otros segmentos, más críticos, que no compartían la mutación de propósitos y tácticas del FSLN, promovió la construcción de corrientes tanto a nivel interno como externo, apuntando a radicalizar o democratizar, respectivamente, la práctica del sandinismo.

Nuevos escenarios y viejas contradicciones

En 2006, el FSLN regresó al gobierno, como producto de una apuesta pragmática, flexible y audaz al juego político-electoral, en la negociación de espacios institucionales que poco a poco configuraron la posibilidad real de tomar el control del Estado. Este acontecimiento coincidió con que los segmentos políticos surgidos en el seno del sandinismo tradicional, retomaran protagonismo, ahora en un choque frontal con sus antiguos referentes.


Defendemos la tesis de que estas contradicciones entre “direcciones políticas”, ha sido también una contradicción entre lecturas de lo social y por tanto, entre colectivos sociales que tienen en común una matriz de pensamiento sociopolítico, lo cual nos lleva a indagar sobre dicho pensamiento y su nivel de influencia en la sociedad nicaragüense, sus matices, aprehensiones, implicaciones, alcances en el tiempo, expresiones concretas, propuestas, y aun más importante su relación dinámica con los fenómenos sociales de la Nicaragua del presente, con las nuevas sociabilidades, sin obviar el contexto diametralmente distinto al de décadas pasadas en un continente de clara disposición contra hegemónica.


Nos surgen para el presente algunas interrogantes: ¿Qué nivel de relevancia tiene el sandinismo del presente en su sentido más estricto sobre la práctica social nicaragüense? (Valores, principios antisistémicos, anticapitalismo, anti imperialismo, nacionalismo. ¿Cuál es la propuesta teórica y práctica del sandinismo para el nuevo siglo XXI en Nicaragua? ¿Cuáles son las expresiones organizativas del sandinismo que pueden servir como referencias de dichas prácticas sociales?


Urge la construcción de movimientos sociales y políticos que den respuesta a éstas y otras cuestiones y que no respondan a los modelos convencionales en cuanto a estructura y organicidad, sino que se basen en la idea de la horizontalidad en oposición al centralismo, circunscrita en el debate de los movimientos sociales a nivel regional.


Sumado a esto, retomar la concepción anti-capitalista y anti-imperialista, elementos que hasta ahora han sido tímidamente defendidos y hasta traicionados por el sandinismo tradicional: Rechazo al autoritarismo, el sectarismo y caudillismo, así como la renuncia al providencialismo, considerados a la luz de la historia nicaragüense, puntos neurálgicos e imprescindibles en la construcción de nuevas fuerzas políticas y sociales.


La distancia entre los planteamientos de algunas organizaciones con relativa presencia pública y su concreción real, forman parte de una dialéctica relación entre teoría y práctica que antes de ser un obstáculo alienta al acompañamiento de sus experiencias y empujar sus legítimas banderas.